lunes, 23 de septiembre de 2013

Sobre la revolución y otros menesteres.

En una peña en decadencia, en algún barrio «bohemio», de alguna ciudad, en alguna parte de latinoamérica; dos hombres nostálgicos, frente a dos cervezas, amenizados por canciones de Víctor Jara, narran viejas «glorias». El primer hombre es notablemente más viejo que el otro, las canas y la voz entrecortada por el tabaco, lo delatan. Viste una camisa de algodón con estampado a cuadros y tiene el semblante casi congelado. El segundo hombre derrocha juventud, la cabellera larga lo delata, también los pantalones rotos y la playera negra estampada con la efigie del Ché. Su semblante está lleno de júbilo, de esperanza, también, de arrogancia y egoísmo. El primer hombre le dice:

--Agradezco tu lucha, pero no cometas el mismo error que yo. La revolución no está allá afuera, está aquí.-- El joven, de inmediato cambia su semblante e interroga coléricamente:
--¿Cómo no va a estar aquí, si el hambre, la injusticia, la corrupción, la ignorancia y todo aquello que nos mantiene dormidos, siempre está en todas partes?
-- ¿A caso tienes hambre, eres justo, honesto, conocedor y estás despierto?, ¿No te parece más injusto pretender cambiar el mundo por uno que es como debe de ser, según tú?--, replicó el hombre viejo.
-- Yo no decido que es la justicia, la honestidad y el conocimiento; eso lo determinan los que conocen la injusticia, la deshonestidad y la ignorancia.
El hombre se levanta y dice:

--Anda, ¡Ve a hacer la revolución!, pero antes, vacúnate contra el desencanto; los he visto: son insensatos, autómatas del vicio intelectual, constructores de mitologías, egoístas... Jamás se ocupan de ellos mismos y detestan al hombre libre, casi tanto como aquellos contra los que luchas. Ellos, si triunfan, serán iguales que los cerdos que actualmente gobiernan, y tú envejecerás y jamás te harás cargo de tu existencia. Jamás te preguntarás por qué las cosas están así e intentarás, con tu egoísmo, solucionar aquello que no te compete. Cada quién y sus circunstancias, que las mías, por su culpa, jamás fueron mías e intenté, por mi desdicha, transformarlas en generales. Mi insensatez, se volvió de ellos, la suya, mía. Incluso, las desvirtudes son comunes, ellos no quieren al hombre libre; le temen porque es libre, porque hablará y le dirá a los encadenados que la única liberación está en darse cuenta de que somos libres, de que sólo tenemos que magnificar nuestra condición y que ningún sistema político, ni económico, ni social; nos hará perder nuestras cadenas. La libertad rebasa la muerte, la injusticia y todo aquello que conocemos; la libertad nos hace eternos.

El joven dijo: No soporto tu lenguaje reaccionario: ¡Proletarios del mundo uníos!

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