jueves, 18 de julio de 2013

Las Moscas



Inevitables golosas,

que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,

me evocáis todas las cosas.

Antonio Machado

Era un sábado sin pena ni gloria, el reloj marcaba las 15:32. Una mosca de gran tamaño – de esas que hacen mucho ruido al volar y que suelen aparecer en el momento menos pertinente-- se postró en el antebrazo de Alfonso, mientras descansaba tirado en el sillón -- Pensé en escribir «sofá», pero el termino siempre termina siendo muy odioso, sobre todo cuando se es mexicano-- la presencia de aquél ruidoso insecto incrementó su agobio y estrepitosamente se levantó para intentar asesinarla, tomó la revista literaria –editada por alguna universidad autónoma-- que Eva había dejado sobre la mesita de centro e intentó darle un golpe, la mosca levantó vuelo y se postró en el techo. Alfonso no tenía ganas de buscar el matamoscas --que cada vez es menos preciso--, parecería que las moscas ya ubican la forma del matamoscas y desarrollan, instintivamente, un sensor que les alerta del peligro. Puso los ojos en el techo, esa mosca tenía algo peculiar y no era precisamente su gran tamaño, ni el verde metálico de tórax. La contempló prolongadamente, como si en ella habitara un pedazo de su alma. Pensaba en como sería nuestra filosofía si nosotros fuéramos moscas y si las moscas fueran nosotros: ¿sentiríamos la misma angustia ante la muerte?, ¿nos preocuparía, de igual forma, el paso del tiempo?, ¿creeríamos en el porvenir? Alfonso imaginó una antiquísima tradición muscaria en la que se promete que en la próxima vida vivirás eternamente comiendo mierda y cadáveres en descomposición, por esa promesa, algunas moscas se quedan inmóviles , simplemente esperando el impacto asesino de una mano humana, seres que ellas consideran deplorables pero a la necesariamente innecesarios. Otro corriente de la filosofía muscaria propone que no hay más que ser mosca, «ser mosca» es lo único que puede haber y cuando mueren, regresan siendo la misma mosca, asesinada de la misma forma en la misma realidad. Por eso, esas moscas viven huyendo de los humanos y sólo los molestan cuando saben que son vulnerables, cuando están dormidos, por ejemplo. Aún así, no huyen de la muerte: las moscas jamás huyen de la muerte, ni de la propia ni de la ajena, todas filosofías muscarias tienen ese punto en común, y por eso, las moscas no pueden conocer la muerte natural. Una mosca que no muere asesinada, no es mosca. La mosca que muere de muerte natural tuvo un vida sin sentido, fue una mosca perezosa, una mosca que no hacía lo que una mosca más disfruta: no respetar ni los párpados de los muertos, como bien dijo Machado en aquél hermoso poema.

Las moscas que creen en en el «porvenir muscario» piensan que si la muerte las pesca atrapadas en alguna telaraña o en la boca pegajosa de una rana, el animal que las cace reencarnará en mosca y por eso no ele guardan rencor: ellas irán a su «paraíso», quien cace una mosca tendrá la misma oportunidad. Visto desde una postra antropomórfica, ésta creencia es una tontería, pero no podría existir mayor justicia divina. Las moscas no son las únicas que piensan eso, también algunas especies de ratas, mosquitos y cucarachas creen en lo mismo, afirman que ese es el mecanismo de reencarnación en la naturaleza, uno reencarna en lo que asesina. La ley divina establece que se reencarnará en el animal que más pasiones despierte en el asesino –las pasiones no pueden ser positivas, ni negativas; son pasiones la repulsión y el placer--, --el termino asesino se emplea sin la connotación humanista que solemos utilizar, por eso no utilizo los eufemismos «cazador» o «depredador»-- Así que el humano que más carne devore terminará siendo res, cerdo, pollo o pez; pero si tiene una afición por asesinar moscas, mosca será su destino. Mi vecina gorda que siempre viste de amarillo, que tiene los sillones forrados de plástico grueso y que siempre anda con matamoscas en mano, ya puede imaginar su destino; así mismo mi sobrino que disfruta torturar a las hormigas tapando sus hormigueros y quemándolas bajo el haz incandescente de su lupa. Quizás por eso existan muchas moscas y cucarachas, quizás por eso nos den asco; también, quizás, por eso, le tengamos pavor a la mierda y a todo aquello en lo que exista aquello que llamamos «fauna nociva».

Alfonso, después de imaginar aquello sintió terror, observó con gran respeto a la mosca que se postró sobre la mesita y le propinó tremendo golpe. La mosca «agonizó», sacudió sus alitas y posiblemente comenzó su viaje, Alfonso no supo que idea sobre la muerte tenía la mosca que recién había asesinado, pero si creía en el «porvenir muscario», seguramente le estaba haciendo un favor. Si era de aquellas moscas que sólo disfrutan ser moscas y creen en el «eterno retorno», él sería el justiciero divino de aquél pequeño insecto, una especie de Dios.

Aquella noche, Alfonso se despertó a mitad de la madrugada. Escuchó el zumbido de una mosca, él sabía que ese zumbido era especial; la buscó por todos lados y no la encontró, angustiado, decidió volver a la cama. Subiendo las escaleras, resbaló; cayó de cabeza, se golpeó la nuca y murió.