miércoles, 12 de junio de 2013

Sin título

La noche languidece en sus cuitas sempiternas,
destellos de mañana se vislumbran en el horizonte.
El mañana no llega, siempre se es hoy.

Cada alba es un mar de tedio,
cada rayo de Sol es el mismo;
mañana, en el poniente, se repetirá la historia.

No hay futuro,
mucho menos porvenir,
mañana el Sol también se pondrá en el Oeste,
amanecerá por el oriente y todo seguirá igual.

El porvenir es la gran mentira de los dioses,
la falacia más mortífera para no velar
por nuestra propia existencia.

domingo, 9 de junio de 2013

El Abismo


No soporto la angustia. Paso el tiempo, si es que aún existe, reflexionando sobre el trágico fin que me espera. Soy consciente de la eterna repetición, de saber que cada instante que he vivido, en éste lugar, se repetirá perpetuamente. ¿Mi desgracia? Haber caído en éste abismo y sobrevivir: ¿Dónde está Dios cuando más lo necesito?, ¿Dónde está su gracia divina a la que soy acreedor por no vivir en el pecado?, ¿De qué me sirve la vida si jamás podré salir de aquí? No sé cuanto tiempo ha transcurrido desde que caminaba, para dar una misa, de Santa María a San Blas. Corté vereda, para llegar más rápido, cuando de pronto, tras cruzar la loma, el piso se desplomó y me hundí en el vacío durante un tiempo que me fue eterno.


Súbitamente toqué el fondo, no sé cuántos metros caí; la luz que entra por la boca del abismo se ve muy alta, la inmensa oscuridad del sitio me impide calcular, con certeza, una aproximación. No sé cuanto tiempo lleve aquí, pueden ser años, o tal vez, unas horas. El único parámetro que tengo para medir el tiempo es la pequeña luz que entra por la boca del abismo, cuando caí supuse que viéndola podría calcular el tiempo transcurrido: la luz jamás se ha apagado. No sé cuál sería mi reacción si la luz llegase a apagarse: la oscuridad sería lo único, la soledad sería eterna. La luz me hace reflexionar sobre la esperanza, que dicen: nunca se apaga. La luz tal vez sea mi esperanza para ser rescatado, por más que grite, jamás seré escuchado, allá arriba vivimos gritando y jamás nos escuchan, ¿cómo lo harían estando sumergido en las entrañas del subsuelo? La esperanza es mi angustia, si me sintiera condenado, tal vez, podría decidir mi muerte. Jamás me he alimentado, no he sentido hambre; eso me hace creer que llevo poco tiempo; no sé si he dormido, el silencio es tan abrumador que en ocasiones olvido mi consciencia. La noche me daría tranquilidad, tal vez ahora mismo sea de noche y esa luz sea la del la luna, me sentiría tranquilo: nos quedaría la gracia de lo perecedero, del tiempo.

Al inicio recé, mis plegarias Dios no las escucho, por eso ahora contemplo; tal vez, su santísima voluntad me quiere tener vivo, pero, ¿vivo para qué?, ¿Para que contradiga su omnipotente palabra? Quizás el milagro sea que esté vivo, si logro salir de aquí, solamente me dedicaré a pecar. ¿Qué es el pecado si Dios no escucha a los Bienaventurados? Pienso en Job, pienso en los mártires, pienso en los hombres justos que han sido asesinados en nombre de Dios; si Dios es omnipotente, el sigue reinando en las tinieblas, el abismo también es su dominio. «Padre nuestro, que estás en el cielo», muy lejos de nosotros, el único milagro que espero es mi muerte, el cese de ésta angustia, de ésta oscuridad que me engaña diciendo que puede haber una salida, sabiendo, aún, que ni con toda la fe del universo podré ser rescatado. Mis barbas siguen creciendo, mi cuerpo aún no languidece: sigo esperando el fin, sigo esperando la gracia divina. Aquí no hay ni tiempo, ni Dios, ni existencia: estoy solo, abandonado con mis demonios. ¿Cuál es el pecado de los justos? Jamás hablar con sus demonios, estar esperando el porvenir, siempre pensar en la esperanza; jamás admitir nuestra propia muerte. ¿Qué hacemos cuando la gracia divina de Dios es que estemos vivos si lo único que deseamos es la muerte? El abismo es eterno, tan profundo como la angustia, interminable como la desesperación: el abismo se asemeja demasiado a Dios, sólo que él si es visible.


miércoles, 5 de junio de 2013

Mátame.


Mátame, pero promete que después morirás conmigo;
que ni el mañana, ni el pasado importan,
que el presente es inexistente,
porque somos eternos.

Mátame, pero no olvides despertarme del sueño eterno,
teje un maraña de sueños blancos,
de vidas llenas de instantes raudos,
de colores perennes, de voces profundas,
de gritos desesperados que puedan salvarme del devenir de la angustia.

Mátame, pero antes, deja que te desnude el alma;
que mis dedos, llenos de sucesos,
transmuten tus instantes,
hasta que sean gotas de lluvia en el mar de nuestro infinito.

Mátame, pero jura que no existe el tiempo,
que la muerte es insignificante,
que el camino de la trascendencia es real,
que yo soy tú, y tú eres yo;
porque somos cálices de sangre,
porque somos la misma substancia,
porque nacimos del mismo delirio.