jueves, 25 de abril de 2013

María


A María le obsesionaba la idea de la inexistencia del tiempo, le repulsaba la concepción de un mundo periódico e inmiscuido en la afable idea de la sucesión de instantes. María quería capturar los momentos como si sus sentidos fueran una cámara fotográfica; quería congelar, en su percepción, el devenir del que nos habló Heráclito. El agridulce sabor de una manzana verde, el olor a tierra mojada, la nota sostenida que altera las tonalidades del bebop, una palabra en un poema de Borges, de Baudelaire, o de Rimbaud; todas esas sensaciones que perecen en una sucesión (siendo muy ambiciosos) de instantes.


María no sentía el paso de los años, su cuerpo, que, naturalmente, envejecía, parecía ser el único receptor «cronológico» de los efectos de su existencia; pero el alma de María parecía haber vivido miles de años, aunque su acta de nacimiento diga que nació en 1993. Era envidiable la avidez que mostraba ante la idea de no pensar en el reloj, ella sólo pasaba, y trataba de capturar el instante, por tal razón, había adquirido una memoria envidiable. Podía describir, de una manera sumamente precisa, y de forma verbal, las sensaciones: María decía que su primer orgasmo fue muy similar a la primera vez que pudo contemplar el cáliz de una rosa sin pétalos; sus metáforas, siendo sensatos, nos son incompresibles. Nuestras percepciones varían enormemente, pero cuando María hablaba de las suyas, transmitía a descripción perfecta, que tanto buscamos los escritores. Su pasión por lo sensible era vívida, llena de sensaciones que para los mortales simplemente es una pasión, una bonita descripción. ¿Qué sentía el cuerpo de María al contemplar cualquier cosa?, ¿Por qué, para ella, algo tan trivial como la tapa de un tarro de pomada podía ser todo un deleite de sensaciones? El mundo de María estaba estructurado con las mismas figuras que el nuestro, pero parecía que ella concebía otra dimensión, la dimensión del sentir. María, nunca lo mencionó, aunque me parece la única explicación para describir su perspectiva, podía sentir la esencia de un tetraedro, podía vibrar con la energía de un cuerpo ajeno, el orgasmo de María no sólo era de María, absorbía toda la energía que existía en ese espacio: los espíritus muertos de las sábanas, los sonidos almacenados en las paredes, las pasiones que corrían por el torrente de su amante, de igual forma, podía sentir el sabor de esa tierra negra y húmeda de la que brotó el champinón que comió en la merienda, sentía el dolor del bandoneón cuando escuchaba un tango llorón, las cuitas del poema del poeta trasnochado con el que durmió la noche pasada.

Un día, que no tenía nada en especial, me enteré leyendo el periódico que una joven de dieciocho años había muerto tras sacarse los ojos con los vidrios de un espejo que previamente rompió con el rostro, posteriormente, clavó un trozo de cristal en su yugular. Me sorprendí, y supuse que había sido María: No me pregunto cuál fue el motivo de su suicidio, lo que me hace recordar a esa intrigante joven es:¿qué vio en aquél espejo?, ¿qué sintió?, o tal vez, simplemente, ¿le llegó su hora y no pudo matar al reloj?

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