lunes, 15 de abril de 2013

Las necesidades.



Algunos vivimos necesitando, no soportamos la soledad. A veces la soledad desespera, parece que su letargo es eterno, que no tenemos nada; nunca estamos solos si sabemos estarlo. Pienso en las musas, en lo difícil que es escribir sin recurrir a ellas; todo es más complicado, las letras son insípidas, incluso, se llega a creer que todo es innecesario; no es depresión, tampoco apatía, simplemente no hay mucho que decir hacia fuera; todo es hacia adentro. He concluido que, erróneamente, vivimos necesitando necesitar, no soportamos ser autosuficientes, la autosuficencia nos demanda algo que jamás arriesgamos: nuestra responsabilidad de existencia. Asumir nuestra autosuficencia es reconocernos libres y dejar de lado todo lo externo: el dinero, la política, el arte, etc. La autosuficencia exige silencio, la autosuficencia es inmóvil, el cambio no existe; todo está resuelto, no hay aspiraciones, tampoco preocupaciones. Quizás el tiempo no existe, y si existe, es imperceptible porque no hay consciencia de velocidad; adquirimos calma y paciencia, ya no nos preocupamos por las existencias ajenas, el ser-en-sí, por fin, llega a ser lo que es. ¿Realmente queremos la autosuficencia, la ansiada ataraxia? No lo sé, allí no existe ni placer ni dolor, ni pena ni glora; sólo se es, sin adjetivos.

Es tan difícil callar esas voces que nos demandan conocer, que nos piden experimentar, que hacen que hagamos las cosas: vivimos de momentos, siempre pensando en los demás; asumir la responsabilidad de la existencia es renunciar a todo lo ajeno al ser-en-sí, superar el dilema del erizo; vivir en soledad, sin necesitar, sin congelarnos. El erizo de Schopenhauer olvidó que ya era algo, y que, de alguna manera, morir congelado era su único destino. 

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