martes, 23 de abril de 2013

El arte de huir. (Parte 1)

Hablar de huir es hablar de no continuar; la continuidad es asunto de tiempo.

Parecería que el hombre vive escapando, si no es físicamente, lo es emocionalmente, incluso, intelectualmente. Huir para volver a huir, tenemos miles de ejemplos literarios, casi todos los clásicos hablan de huidas: El viaje redondo de Odiseo, partiendo de Ítaca; los descensos y ascensos de Dante; las locuras del Quijote; por mencionar algunos. La huida es inherente al género humano, ¿por qué?, nos asusta el letargo, el tedio; no soportamos la aparente estaticidad, olvidamos el devenir: quedarnos es sufrir; partir también lo es: ¿qué sería del exilio sin la melancolía?, ¿qué sería de la partida sin el olvido?; ¿cómo cambiamos permaneciendo? Se huye por curiosidad, por sed de experiencia, por miedo a la monotonía y por la siempre «complicada» pasión. La pasión es el motor de la huida; los animales huyen por instinto, los humanos por pasión. La huida es un arte porque la huida denota virtud; aunque el ser vivirá huyendo, si logra transgredir el vicio de la autodestrucción, tomará lo aprendido en los constantes escapes, y eso es llamado experiencia. Hablo de experiencia en el sentido de conocimiento que comúnmente es ligado al tiempo y no es así: un niño de 10 años que ha vivido huyendo, en constante cambio, tiene mayor «experiencia» que alguien de 90 que siempre tuvo miedo de huir, que jamás rompió sus cadenas y vio la huida como un defecto.

Odiseo jamás dejó a Penélope, los prófugos que huyen con motivo, si a algo le temen, es al olvido. Hay quién le teme tanto al olvido que prefiere aferrarse a lo conocido; que pretende que un momento sea perpetuo; forja rutinas, forja hábitos que ciegan lo cruda que puede llegar a ser la existencia, y en un momento de crisis, puede, por fin, abandonarlo todo: esa es la importancia de las crisis, son cambios forzados, huidas obligatorias que obligan a volver a huir; el que no vuelve a huir, no aprendió nada de la primera huida. Mencionaba que huíamos por pasión, y nuestra pasión es ambición, la ambición es una forma impura de la voluntad. La huida es virtud cuando es voluntaria, la huida no voluntaria, que evoluciona en huida voluntaria, sí es virtud. La virtud está en la huida que se efectúa sin esperar el porvenir, la decisión que tiene la suficiente voluntad para admitir que ese escape, no traerá cosas mejores y significará otra huida; es el devenir, somos ríos que algún día llegarán al mar; no podemos hacer que el agua deje de correr, la única forma es quitando el agua. Por nuestros causes corren pasiones, pasiones que son claras cuando son voluntarias, cuando el ser puede decidir por sí, que es consciente de su escape, consciente de que el cambio no es positivo, ni negativo; sólo es cambio. Siempre habrá crisis, podrá existir la alegría; la felicidad es una meta inútil, la permanencia es una meta aún más inútil, nada es perenne en la existencia del ser-en-sí. Algunas doctrinas, como la budista, plantean que el objetivo de la vida es dejar de huir, desaparecer; desvanecer la existencia: dejar de ser. Son doctrinas basadas en el arte de la huida, si no se aprende, se seguirá huyendo; el objetivo no es consolidarse, es desvanecerse. La búsqueda de la estabilidad es un vicio, tenemos que equilibrar la huida con la experiencia, esa es la virtud.

Un hombre que no huya jamás se reinventará, jamás quemará a sus ídolos; jamás cuestionará su existencia; olvidará que todo es un ciclo dialéctico: la huida es dialéctica, porque es una réplica, y esa réplica será la réplica de la réplica. El problema es emocional, le tenemos miedo al olvido, al abandono, a ser olvidados, a ser abandonados, y esa es una particularidad humana, que con trabajo se puede cambiar. Una voluntad fuerte no le temerá al olvido, tampoco al abandono, pero atesorará la experiencia; porque eso es lo que forma al ser.

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