sábado, 27 de abril de 2013

Amor eterno (Parte 1)

Me gusta la idea del eterno retorno, me da la certeza de que se repetirá (por siempre, en algún plano) el momento en el que conocí a Luisa. A diferencia de las demás, mi vida no ha tenido momentos muy relevantes, soy un tipo de carácter sencillo: jamás le he pedido demasiado a la vida. No es que no tenga ambiciones, simplemente, soy feliz con lo poco que la vida me ha ofrecido sin que yo le haya solicitado algo, de lunes a sábado, despertar a la una de la tarde, calentar una sopa Campbell's y acompañarla con una Coca-Cola,  hacer un largo viaje en autobús hacia la fábrica en la que trabajo de diez de la noche a siete de la mañana, estar siempre atento en mi casilla de vigilancia, escuchar viejas canciones en estaciones de amplitud modulada mientras hierve el agua para mi sopa Maruchan en la pequeña parrilla que me permiten tener, terminar mi turno, comer una torta de tamal afuera de la empresa, volver a tomar el autobús y despertar, de nuevo a la 1 de la tarde; los domingos, cada quince días, la rutina cambia un poco: visito a mi hija. Luisa tiene 22 años y aún me recibe, ignoro si lo hace con gusto, tal vez ella tiene la debilidad de tener una compasión demasiado frágil. 


Jamás he sido padre, tampoco buen marido, y mucho menos, buen hombre; Luisa siempre mereció más. ¿Qué veía en mi? Jamás fui un hombre atractivo, soy de naturaleza imbécil y jamás he tenido ambiciones serias; tal vez fue el idealismo de juventud, coincidimos en circunstancias, en tiempos y en espacios: éramos parte de la misma congregación. Yo cursaba el cuarto año del seminario, ella trabajaba de costurera en la fábrica en la que, irónicamente, ahora trabajo yo. Los arrebatos carnales hicieron sus fechorías y la dejé embarazada, sus padres la corrieron de su casa y la obligaron a abortar cuando se enteraron de que la criatura que esperaba había sido concebida por un seminarista. Yo le pedí que lo hiciera, yendo contra lo que en ese entonces creía; amaba tanto a esa mujer que, tal vez, esa fue la primera ocasión en la que le fallé a las Luisas, renegué de la existencia de mi propia hija, producto de evasión de responsabilidad ante las divergencias de la vida. Por segunda vez en mi vida, yo también me tuve que ir de casa, aunque en la primera, nunca fui bienvenido, porque jamás fue mi casa. Mi madre, si se le puede llamar así, fue soltera, se juntó con un señor de apellido Jiménez, tuvo a mi media hermana, (hija del señor Jiménez) y se fueron los tres, a mi me dejaron de encargo con mi abuela. Aún recuerdo ese desasosiego eterno en el traspatio de la pequeña casa de mi abuela, esperando, a que, quizás, mi madre viniera por mi: nunca volví a saber de ellos. En esos años, tuve fortuna de no caer en el vicio. Por las mañanas, asistía a la escuela, era un alumno de excelencia, tenía la idea de querer «ser alguien en la vida», por las tardes y noches, trabajaba descargando camiones de fruta en el mercado, ganaba poco, pero era lo suficiente para pagar mis gastos, mi abuela jamás hizo algo por mi; en su casa vivía con mi tía Gertrudis, quien siempre la incitó para que me tratara mal, mi abuela no era mala persona, pero le tenía fobia a mi tía Gertrudis, muchas veces, con lo poco que ganaba nos mantuvimos los tres; la tía Gertrudis era famosa en el barrio por ser fichera en el bar «La Esmeralda», para su mala fortuna, hacía mucho que sus buenos tiempos habían pasado. Sin madre, sin padre, viviendo en un hogar que jamás fue mío, me vi obligado a buscar consuelo, cualquier pizca de amor era suficiente para mi y así llegué a la iglesia.

A mi abuela le gustaba la idea, y siendo sincero, al principio también a mi. Acaba de cumplir quince años cuando me volví monaguillo, por esos días, la tía Gertrudis se fue al otro lado con Rodolfo, el cantinero de «La Esmeralda». Por primera vez en mi vida, sentí un poco de amor,  mi abuela se sentía orgullosa de mi porque el padre Mario le hablaba maravillas de mi: le decía que era un joven muy educado, estudioso y trabajador; a mi abuela jamás le dieron halagos sobre sus hijos, todos fueron unos malditos que al final la dejaron sola, quizás por eso nos dimos cuenta que éramos muy similares, ambos teníamos la mala fortuna de ser abandonados: ella fue huérfana, enviudó a los 28 años, tuvo cuatro hijos: uno apareció muerto en el canal, otro simplemente se fue, harto de las condiciones en las que vivía, mi madre fue con el señor Jiménez y la tía Gertrudis recién se había ido con Rodolfo. Recuerdos esos años con mucha nostalgia, hasta ese momento, habían sido los más claros de mi vida. Los primeros dos años del seminario fueron muy enriquecedores y los recuerdo con particular esmero, el tercer año fue magnífico, porque así conocí a Luisa. Como mencione anteriormente, Luisa era costurera, y en una ocasión, cosió un mantel para el atrio de la iglesia, yo lo recibí, y juro por lo poco que ésta vida me ha dado, que fue amor a primera vista. Mis ojos se posaron sobre aquella mujer de piel trigueña, cabello largo y lacio, y ojos muy negros. Vestía una blusa blanca y una falda larga de color amarillo gerbera, sus labios, sutilmente matizados de carmín. Sus blandos pechos reposando sobre un vientre que hablaba de un futuro fecundo: ¿Por qué los hijos de Dios no podíamos ser invitados a la fiesta del pecado? Esa noche, mientras oraba, decidí hablar con Dios, le preguntaba sobre el pecado, sobre mi temor a volver a ser abandonado, tenía temor a su amor eterno e incondicional, a su gracia divina, a su eterna compasión: Dios era mi padre, a él le debía todo: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados», y Dios era mi único consuelo; «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», y la pureza de mi alma era lo que más deseaba, porque realmente deseaba poder ver a mi Santo Padre». La existencia de Luisa tambaleaba todo lo que yo creía respecto al pecado, tal vez Luisa sería la que me consolaría, tal vez, ella sería mi Dios. Tenía fe en ella, aunque sólo la hubiese visto por un instante, pero sabía que ese instante sería determinante en mi vida. Hasta que llegó el domingo, no hice nada más que pensar en aquella mujer, de la que aún ignoraba su nombre. Sabía que iría a misa, la busqué entre la gente, y terminando la ceremonia, decidí seguirla a su casa para decirle que si podía coser de nuevo el mantel del atrio, pues yo lo había rasgado, a propósito, para tener una excusa de encuentro. Sucedió aquél momento que siempre será imprescindible, saber que éste encuentro también será determinante en su existencia, no sé cómo sucedió, durante todo un año, hasta su maculada concepción, vivimos momentos bastante tormentosos y llenos de pasión. 


Toda esa magia se esfumó en menos de dos semanas, mi abuela comenzó a enfermar, y al poco tiempo, falleció: parecía ser una maldición que Dios me había enviado, era una prueba para mi fe, que hacía tiempo que ya no era en él, era a Luisa. Luisa no me había abandonado, pero me exigía dejar el seminario, porque no pensaba abortar: dijo que si no abandonaba el seminario, me escapaba con ella y teníamos a la niña, ella se suicidaría. ¿Mi Dios eterno que me mandaba una prueba de su celosa inmisericordia ante la infidelidad o el amor más dulce y compasivo que había, hasta ese momento, experimentado? Me decidí por Luisa y abandoné el seminario. Al morir mi abuela, habitamos su casa, era un gran apoyo: yo me ganaba la vida trabajando de albañil. Un buen día  la tía Gertrudis volvió del otro lado y nos pidió, a la mala, la casa; un día encontramos nuestras cosas arrumbadas afuera de ella. No eran muchas, todo cupo en un hatillo; esa misma noche nos vinimos a la ciudad. Ropa, 500 pesos y una biblia eran todas nuestras pertenencias, mi mujer estaba embarazada, a punto de parir. No teníamos dónde caer muertos, la primera noche la pasamos en la Central de Autobuses. Éramos una versión moderna de María y José en un mundo que carecía, completamente, de buenos samaritanos. Conseguí un pobre empleo de cargador en un mercado, donde afortunadamente, conocí a Manuel, quien sin nada a cambio, nos dio asilo hasta que nació Luisa. 

(Continuará) [...]

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