martes, 30 de abril de 2013

Borges: la anarquía como virtud.


Comentario crítico a «La filosofía política de Jorge Luis Borges», publicado por Martín Krause en la revista «La Ilustración Liberal»:




El lugar común de la investigación literaria en la obra de Jorge Luis Borges siempre recae en el «análisis» metafísico de sus proyecciones existenciales. Son muy conocidas, y muy bien documentadas, las cuestiones filosóficas que el gran genio argentino planteó a lo largo de su obra; temáticas tan diversas como la inexistencia del espacio y del tiempo —en «El jardín de los senderos que se bifurcan»— o la infinitud del conocimiento —«La biblioteca de Babel»— hasta poemas dedicados a filósofos —a Spinoza, Schopenhauer y Heráclito—. El análisis filosófico de la obra de Jorge Luis Borges, generalmente, se concentra en cuestiones ontológicas, hermenéuticas e incluso, morbosamente, «esotéricas» o «herméticas». Martín Krause, en su artículo, nos muestra una faceta menos conocida, pero no por ello menos fecunda, del trabajo filosófico de Borges: su vinculación con la política y su filosofía.

La obra de Jorge Luis Borges ha sido atacada por todos los frentes políticos, una reacción casi natural contra alguien que negaba la existencia de las masas: fue un escritor incómodo para la derecha, también lo fue para la izquierda, incluso fue señalado como reaccionario y su obra que, a mi parecer, fue la más revolucionaria en las letras en español desde Cervantes, fue considerada como obra burguesa y en contra de los ideales revolucionarios por negar los conceptos dogmáticos del socialismo. El problema político de Borges trasciende de las posiciones e ideologías en un compás político. Borges, escéptico por naturaleza, siempre desconfío del gobierno, entendido como el poder de masas que impone, pero no por ello, de la autodeterminación del ser para «gobernarse», mediante un gobierno completamente individual, sin ningún tipo atadura de masas , completamente circunstancial, por tanto, distinto al de cualquier otro ser.

Borges consideró que lo único que podríamos llegar a conocer, y según él, eso es demasiado ambicioso, es una perspectiva individual de la realidad; matiz básico para comprender su incomprendida «posición» política. Resulta inútil tratar de entender las problemáticas políticas de Borges a partir de los parámetros comunes de la «ciencia» política, por ello es preciso dar un salto a las cuestiones ontológicas que siempre antepuso a lo externo, a aquello que él consideró innecesario, pero que sin embargo, de algún modo, determina: lo único que existe es el ser-en-sí, cualquier cosa ajena al ser-en-sí, es inexistente, por ello, resulta imposible establecer ideas de masas; una posición ideológica o pragmática varía en su concepción, enormemente, de individuo en individuo, por ello, cada quién tomará las circunstancias que le correspondan a su existencia; cualquier concepto generalizado de grupo, para Borges, es inexistente, por lo cual, se justifica su posición que no responde a una ideología de masas, sino a una interpretación de las circunstancias individuales de cada ser-en-sí.

El planteamiento político de Borges refuta a todo aquello que, per sé, se considere no individual; el número de conceptos, de todos los conceptos, es directamente proporcional al número de seres-en-sí, por lo tanto, es imposible hablar de conceptos generales, incluso aquello sería una particularidad para el ser-en-sí ,que en este caso, es Borges. En el mundo borgiano, desde mi perspectiva, los países son infinitos, las ideologías también, y por ello, rechaza ferozmente al dogmatismo y a la imposición de una ética política que trate a los individuos como meros integrantes de una masa, por ello, tampoco cree en la democracia, como tampoco cree en ningún sistema político, todo aquello queda inutilizado si lo único existente es el ser-en-sí. Partiendo de la idea anterior, se consideraría a Borges como un anarquista puro, difiero de la opinión de Krause basada en una definición de diccionario: sólo existe un anarquismo, que no tiene que ver con Estados y mucho menos con gobiernos: el anarquismo es la inexistencia de todo aquello que no sea el individuo y sus convicciones y sus voluntades. Incluso lo que se considera «anarco-comunismo» o «anarquismo libertario» no es anarquía porque la anarquía implica que el individuo se asuma con una posición similar a la de Borges, y en esos casos, coexisten factores generales: una ética universal que establezca un comportamiento sistematizado en un orden de uso y costumbre y que no distinga de lo circunstancial. Borges se autodenomina anarquista, y siguiendo el factor humano de la contradicción y de sus circunstancias, lo era: para Borges, Borges era anarquista y estoy seguro que él lo cuestionaría, Borges, según Borges, es todo lo que se diga de él: Borges era fascista, Borges era libertario, Borges era un loco; Borges era Borges, y el problema esencial de la política de Estado es que en ella nadie es, ni nada eres: todos somos o todos son, y si llegamos a ser, aunque nos consideren «individuos» estamos en función de una relación no individual que el Estado denomina «ciudadanía»; la individualidad, incluso en posiciones opuestas dentro del compás político, es vista como un enemigo: el fascismo sostenía que nada puede existir más allá del estado; el comunismo sostenía lo mismo pero imponiendo un código universal que regiría la «emancipación». En política, los «anarquismos» se oponen a los totalitarismos, pero realmente no son anarquismos porque aún existen figuras de poder, no estatales, pero si gubernamentales y de grupo. La individualidad no puede existir para la política porque es una disciplina de masas y tal vez por eso, a Borges, siempre le negaron el Nobel. El pensamiento de masas y la no convicción del individuo conducen a un desconocimiento total de las circunstancias de cada ser-en-sí, la empatía -principio básico del «quehacer» político- no es posible porque como dijo el gran poeta Campoamor:

«En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira».




La filosofía política de Jorge Luis Borges.


Publicado por Martín Krause en la revista «La Ilustración Liberal», No. 12: http://www.ilustracionliberal.com/12/la-filosofia-politica-de-jorge-luis-borges-martin-krause.html

Borges y la política han dado mucho que hablar, pero la atención que sus opiniones en tal sentido generaran se han referido generalmente a la anécdota de aquél personaje que poca atención prestaba a las noticias diarias y que basaba buena parte de las mismas en criterios estéticos, y particularmente épicos: desde su admiración por los militares patrios y su lucha por la independencia y libertad argentinas hasta su afiliación al Partido Conservador porque sólo los caballeros se suman a las causas perdidas.

Sin embargo, y pese a que pueden encontrarse en su historia decisiones y opiniones políticas diversas, y hasta contrapuestas, es opinión de quien escribe que existe una clara filosofía política en Borges, la que se mantuvo durante el trascurso de su larga vida sin modificaciones y es intención de este artículo presentarla.

Libre albedrío e individualismo

Sorprendía a muchos el escepticismo de Borges sobre el libre albedrío, pero esto nunca significó que cayera por eso en las redes del determinismo. Su posición podría sintetizarse de la siguiente forma: el ser humano no existe fuera de las relaciones causa-efecto; está determinado pero le resulta imposible saber qué es lo que lo determina entre las innumerables causas existentes. En sus palabras: "Uno siente que el Universo responde a un dibujo. Las cosas no son absolutamente arbitrarias: hay cuatro estaciones, nuestra vida va pasando por etapas: nacimiento, niñez, juventud... Podrían ser indicios de que hay una trama, de que este mundo no es caótico sino laberíntico. Es como el libre albedrío. Posiblemente no exista, pero uno no puede pensar que en este momento no es libre ¿no?"[1]

Y también: "...si me dicen que todo mi pasado ha sido fatal, ha sido obligatorio, no me importa; pero si me dicen que yo, en este momento, no puedo obrar con libertad, me desespero."[2]

Esta capacidad de accionar libremente lleva a Borges a lo que en las ciencias sociales se denomina individualismo metodológico, el cual descarta de plano la "hipóstasis" de ciertos conceptos, es decir hacer sujetos de existencia real a ideas tales como "la sociedad", "el pueblo", "la nación", "la clase obrera" y otros: "... la muchedumbre es una entidad ficticia, lo que realmente existe es cada individuo."[4] , "yo creo que sólo existen los individuos: todo lo demás, las nacionalidades y las clases sociales son meras comodidades intelectuales."[4] , "Las masas son una entidad abstracta y posiblemente irreal. Suponer la existencia de la masa es como suponer que todas las personas cuyo nombre empieza con la letra "b" forman una sociedad."[5]

Inclusive tiene una página literaria específica sobre el tema, "Tú"[6], que comienza "Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra. Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible. No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño que anoche soñaste".

Este enfoque se extiende a su idea de "patria", más venerada por Borges por la epopeya histórica que como concepto social. Así en la "Elegía de la Patria"[7] culmina:

Cifras rojas de los aniversarios,
Pompas de mármol, arduos monumentos,
Pompas de la palabra, parlamentos,
Centenarios y sesquicentenarios,
Son la ceniza apenas, la soflama
De los vestigios de esa antigua llama

Patria, País, Estado

Borges tuvo muchas patrias, si bien nunca pensó en desprenderse de ésta, llevando la concepción individualista también a este campo. Le preguntan, "¿cuántas Argentinas hay? ¿Más de una?", y contesta "Muchas, tantas como individuos. Los países son falsos, los individuos quizás no lo sean -si es que el individuo es el mismo al cabo de muchos años." [8]

Gustaba de "coleccionar" patrias (Argentina, Uruguay, Suiza, Inglaterra, entre otras) y descreía de las fronteras y los países: "Desdichadamente para los hombres, el planeta ha sido parcelado en países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de una mitología particular, de derechos, de agravios, de fronteras, de banderas, de escudos y de mapas. Mientras dure este arbitrario estado de cosas, serán inevitables las guerras."[9] "Soy un cosmopolita que atraviesa fronteras porque no le gustan" [10]

El libre albedrío y el individualismo le permitían desplegar una preocupación ética, individualista, como no puede ser de otra forma, "...creo que si cada uno de nosotros pensara en ser un hombre ético, y tratara de serlo, ya habríamos hecho mucho; ya que al fin de todo, la suma de las conductas depende de cada individuo." [11]

Y al pretender buscar lo máximo de individuo y el mínimo de Estado, descreía profundamente de éste:

"El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo; en la lucha contra ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes." [12]

"...se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo 'quede abandonado al caos, o a circunstancias individuales'; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza siendo una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión." [13]

Sin dejar de ser optimista pensando que algún día ya no existirían más. Pregunta el personaje Eudoro Acevedo:

"¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más completa que este resumen." [14]

Y dice Borges "... para mí el Estado es el enemigo común ahora; yo querría -eso lo he dicho muchas veces- un mínimo de Estado y un máximo de individuo. Pero, quizá sea preciso esperar... no sé si algunos decenios o algunos siglos -lo cual históricamente no es nada-, aunque yo, ciertamente no llegaré a ese mundo sin Estados. Para eso se necesitaría una humanidad ética, y además, una humanidad intelectualmente más fuerte de lo que es ahora, de lo que somos nosotros; ya que, sin duda, somos muy inmorales y muy poco inteligentes comparados con esos hombres del porvenir, por eso estoy de acuerdo con la frase: "Yo creo dogmáticamente en el progreso". [15]

"Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos." [16]

Política y democracia

El descreimiento del Estado no podía sino estar acompañando por una baja consideración de la política, algo que, tal vez no entonces, comparten muchos de los argentinos de hoy. Le dicen que no tiene una buena opinión de los políticos, contesta:

- "No. En primer lugar no son hombres éticos; son hombres que han contraído el hábito de mentir, el hábito de sobornar, el hábito de sonreír todo el tiempo, el hábito de quedar bien con todo el mundo, el hábito de la popularidad....

La profesión de los políticos es mentir. El caso de un rey es distinto; un rey es alguien que recibe ese destino, y luego debe cumplirlo. Un político no; un político debe fingir todo el tiempo, debe sonreír, simular cortesía, debe someterse melancólicamente a los cócteles, a los actos oficiales, a las fechas patrias." [17]

"Creo que ningún político puede ser una persona totalmente sincera. Un político está buscando siempre electores y dice lo que esperan que diga. En el caso de un discurso político los que opinan son los oyentes, más que el orador. El orador es una especie de espejo o eco de lo que los demás piensan. Si no es así, fracasa." [18]

"...yo diría que los políticos vendrían a ser los últimos plagiarios, los últimos discípulos de los escritores. Pero, generalmente con un siglo de atraso, o un poco más también, sí. Porque todo lo que se llama actualidad es realmente.... y, es un museo, usualmente arcaico. Ahora estamos todos embelesados con la democracia; bueno, todo eso nos lleva a Paine, a Jefferson, a aquello que pudo ser una pasión cuando Walt Whitman escribió sus Hojas de Hierba. Año de 1855. Todo eso es la actualidad; de modo que los políticos serían lectores atrasados, ¿no?, lectores anticuados, lectores de viejas bibliotecas..." [19]

Su acendrado individualismo lo llevaba hasta dudar de la posibilidad de la representación, y de la misma democracia, pero no por promover las dictaduras o las monarquías siendo que pensaba que lo importante no eran los sistemas políticos sino los individuos y sus valores. Dice en El Libro de Arena

"Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelanda?" [20]

Y su opinión sobre la democracia es bien conocida: Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística." [21]

Volviendo a creer más en los individuos que en los gobiernos "Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos" [22]

Borges libertario

En sus propias palabras, Borges se consideraba un anarquista, si bien pacífico: "actualmente yo me definiría como un inofensivo anarquista; es decir, un hombre que quiere un mínimo de gobierno y un máximo de individuo." [23]

"Soy anarquista. Siempre ha creído fervorosamente en el anarquismo. Y en esto sigo las ideas de mi padre. Es decir, estoy en contra de los gobiernos, más aún cuando son dictaduras, y de los estados". [24]

Pero esa definición de "anarquista pacífico" era presentada para diferenciarse del anarquismo violento de fines del siglo XIX y principios del XX. En la actualidad su posición sería clasificada como de "libertario", ya que el ideal de su admirado Spencer ha sido recreado en este siglo por Popper, Hayek, Nozick o Mises.

El diccionario define la anarquía como "falta de todo gobierno en un estado", o "desorden, confusión, por ausencia o flaqueza de la autoridad pública". Teniendo en cuenta esto, Borges no sería estrictamente "anarquista" si lo interpretamos como la falta completa de normas y orden, sino un "libertario" , palabra que define actualmente a un rango amplio de posiciones que se extienden desde la preferencia por un estado mínimo hasta pequeñas agencias en competencia.

Dicha filosofía política pondría a Borges a contrapelo de la sociedad argentina, la que ante la bancarrota del Estado espera aun salvarse a través del mismo y de los políticos que lo manejan o de otros que puedan llegar. Sin embargo, Borges pensaba que el argentino es esencialmente individualista:

"El argentino hallaría su símbolo en el gaucho y no en el militar, porque el valor cifrado en aquel por las tradiciones orales no esta al servicio de una causa y es puro. El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes; el argentino a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano." [25]

Martín Krause,

[1]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 179.

[2]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 152.

[3]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985, p. 36.

[4]Revista Siete Días. Buenos Aires, 23 de Abril de 1973, año VI, nº 310, págs. 55 a 59; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997).

[5]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 126.

[6]El Oro de los Tigres, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 489.

[7]La Moneda de Hierro, Obras Completas, Tomo II (Buenos Aires, Emecé Editores), p. 129.

[8]Revista Ambiente, Buenos Aires, Febrero de 1984. Espacio Editora, págs. 27 a 32; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[9]Pilar Bravo & Mario Paoletti, Borges Verbal, (Buenos Aires: Emecé Editores, 1999), p. 147.

[10]La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, México, D.F., nº 8, Agosto de 19856, pág. 92; en Mateo, Fernando, El Otro Borges (Buenos Aires: Editorial Equis, 1997)

[11]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, Reencuentro: Diálogos Inéditos (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1999, p. 157.

[12]Jorge Luis Borges, Nuestro pobre individualismo, Obras Completas II (Emecé Editores; Barcelona, 1996), p. 37.

[13]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 207.

[14]Jorge Luis Borges, El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 55.

[15]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 220.

[16]Jorge Luis Borges, El Informe de Brodie, Obras Completas II (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 399.

[17]Roberto Alifano, El humor de Borges, (Buenos Aires: Ediciones Proa, 1995), p. 132-133.

[18]Diálogos Borges-Sábato, compaginados por Orlando Barone (Buenos Aires: Emecé, 1976), p. 75.

[19]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo II (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1998, p. 129.

[20]Jorge Luis Borges, El libro de Arena, Obras Completas, Tomo III, (Barcelona: Emecé Editores, 1996), p. 24.

[21]Jorge Luis Borges, La moneda de hierro:, Obras Completas III (Barcelona, Emecé Editores, 1996), p.121.

[22]Sorrentino, Fernando, Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (Buenos Aires: El Ateneo, 1996), p. 119.

[23]Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, En Diálogo I (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1985, p. 59.

domingo, 28 de abril de 2013

Perpetuo ensueño. (Soneto)


Quizás en este plano, nunca nos encontraremos; 
deseo, algún día, determinar mi existir.
Deseo porque no te recuerdo, no sabemos,
aun así, vivimos intentando descubrir.

En éste lúgubre mundo todo es «creemos»,
no existen certezas suficientes de vivir,
no somos, no conocemos, sin embargo, «habremos»:
¿tanto te espero para que no puedas venir?

Si bien no quiero, aún, impacientemente, te espero;
hallar a la musa perfecta no es más que un sueño,
un sueño lánguido, un suspiro perecedero.

Esperaré a encontrarte, sin poner empeño:
es una empresa inútil, un anhelo somero.
Continuaré escribiéndote, mi perpetuo ensueño. 


sábado, 27 de abril de 2013

Amor eterno (Parte 1)

Me gusta la idea del eterno retorno, me da la certeza de que se repetirá (por siempre, en algún plano) el momento en el que conocí a Luisa. A diferencia de las demás, mi vida no ha tenido momentos muy relevantes, soy un tipo de carácter sencillo: jamás le he pedido demasiado a la vida. No es que no tenga ambiciones, simplemente, soy feliz con lo poco que la vida me ha ofrecido sin que yo le haya solicitado algo, de lunes a sábado, despertar a la una de la tarde, calentar una sopa Campbell's y acompañarla con una Coca-Cola,  hacer un largo viaje en autobús hacia la fábrica en la que trabajo de diez de la noche a siete de la mañana, estar siempre atento en mi casilla de vigilancia, escuchar viejas canciones en estaciones de amplitud modulada mientras hierve el agua para mi sopa Maruchan en la pequeña parrilla que me permiten tener, terminar mi turno, comer una torta de tamal afuera de la empresa, volver a tomar el autobús y despertar, de nuevo a la 1 de la tarde; los domingos, cada quince días, la rutina cambia un poco: visito a mi hija. Luisa tiene 22 años y aún me recibe, ignoro si lo hace con gusto, tal vez ella tiene la debilidad de tener una compasión demasiado frágil. 


Jamás he sido padre, tampoco buen marido, y mucho menos, buen hombre; Luisa siempre mereció más. ¿Qué veía en mi? Jamás fui un hombre atractivo, soy de naturaleza imbécil y jamás he tenido ambiciones serias; tal vez fue el idealismo de juventud, coincidimos en circunstancias, en tiempos y en espacios: éramos parte de la misma congregación. Yo cursaba el cuarto año del seminario, ella trabajaba de costurera en la fábrica en la que, irónicamente, ahora trabajo yo. Los arrebatos carnales hicieron sus fechorías y la dejé embarazada, sus padres la corrieron de su casa y la obligaron a abortar cuando se enteraron de que la criatura que esperaba había sido concebida por un seminarista. Yo le pedí que lo hiciera, yendo contra lo que en ese entonces creía; amaba tanto a esa mujer que, tal vez, esa fue la primera ocasión en la que le fallé a las Luisas, renegué de la existencia de mi propia hija, producto de evasión de responsabilidad ante las divergencias de la vida. Por segunda vez en mi vida, yo también me tuve que ir de casa, aunque en la primera, nunca fui bienvenido, porque jamás fue mi casa. Mi madre, si se le puede llamar así, fue soltera, se juntó con un señor de apellido Jiménez, tuvo a mi media hermana, (hija del señor Jiménez) y se fueron los tres, a mi me dejaron de encargo con mi abuela. Aún recuerdo ese desasosiego eterno en el traspatio de la pequeña casa de mi abuela, esperando, a que, quizás, mi madre viniera por mi: nunca volví a saber de ellos. En esos años, tuve fortuna de no caer en el vicio. Por las mañanas, asistía a la escuela, era un alumno de excelencia, tenía la idea de querer «ser alguien en la vida», por las tardes y noches, trabajaba descargando camiones de fruta en el mercado, ganaba poco, pero era lo suficiente para pagar mis gastos, mi abuela jamás hizo algo por mi; en su casa vivía con mi tía Gertrudis, quien siempre la incitó para que me tratara mal, mi abuela no era mala persona, pero le tenía fobia a mi tía Gertrudis, muchas veces, con lo poco que ganaba nos mantuvimos los tres; la tía Gertrudis era famosa en el barrio por ser fichera en el bar «La Esmeralda», para su mala fortuna, hacía mucho que sus buenos tiempos habían pasado. Sin madre, sin padre, viviendo en un hogar que jamás fue mío, me vi obligado a buscar consuelo, cualquier pizca de amor era suficiente para mi y así llegué a la iglesia.

A mi abuela le gustaba la idea, y siendo sincero, al principio también a mi. Acaba de cumplir quince años cuando me volví monaguillo, por esos días, la tía Gertrudis se fue al otro lado con Rodolfo, el cantinero de «La Esmeralda». Por primera vez en mi vida, sentí un poco de amor,  mi abuela se sentía orgullosa de mi porque el padre Mario le hablaba maravillas de mi: le decía que era un joven muy educado, estudioso y trabajador; a mi abuela jamás le dieron halagos sobre sus hijos, todos fueron unos malditos que al final la dejaron sola, quizás por eso nos dimos cuenta que éramos muy similares, ambos teníamos la mala fortuna de ser abandonados: ella fue huérfana, enviudó a los 28 años, tuvo cuatro hijos: uno apareció muerto en el canal, otro simplemente se fue, harto de las condiciones en las que vivía, mi madre fue con el señor Jiménez y la tía Gertrudis recién se había ido con Rodolfo. Recuerdos esos años con mucha nostalgia, hasta ese momento, habían sido los más claros de mi vida. Los primeros dos años del seminario fueron muy enriquecedores y los recuerdo con particular esmero, el tercer año fue magnífico, porque así conocí a Luisa. Como mencione anteriormente, Luisa era costurera, y en una ocasión, cosió un mantel para el atrio de la iglesia, yo lo recibí, y juro por lo poco que ésta vida me ha dado, que fue amor a primera vista. Mis ojos se posaron sobre aquella mujer de piel trigueña, cabello largo y lacio, y ojos muy negros. Vestía una blusa blanca y una falda larga de color amarillo gerbera, sus labios, sutilmente matizados de carmín. Sus blandos pechos reposando sobre un vientre que hablaba de un futuro fecundo: ¿Por qué los hijos de Dios no podíamos ser invitados a la fiesta del pecado? Esa noche, mientras oraba, decidí hablar con Dios, le preguntaba sobre el pecado, sobre mi temor a volver a ser abandonado, tenía temor a su amor eterno e incondicional, a su gracia divina, a su eterna compasión: Dios era mi padre, a él le debía todo: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados», y Dios era mi único consuelo; «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», y la pureza de mi alma era lo que más deseaba, porque realmente deseaba poder ver a mi Santo Padre». La existencia de Luisa tambaleaba todo lo que yo creía respecto al pecado, tal vez Luisa sería la que me consolaría, tal vez, ella sería mi Dios. Tenía fe en ella, aunque sólo la hubiese visto por un instante, pero sabía que ese instante sería determinante en mi vida. Hasta que llegó el domingo, no hice nada más que pensar en aquella mujer, de la que aún ignoraba su nombre. Sabía que iría a misa, la busqué entre la gente, y terminando la ceremonia, decidí seguirla a su casa para decirle que si podía coser de nuevo el mantel del atrio, pues yo lo había rasgado, a propósito, para tener una excusa de encuentro. Sucedió aquél momento que siempre será imprescindible, saber que éste encuentro también será determinante en su existencia, no sé cómo sucedió, durante todo un año, hasta su maculada concepción, vivimos momentos bastante tormentosos y llenos de pasión. 


Toda esa magia se esfumó en menos de dos semanas, mi abuela comenzó a enfermar, y al poco tiempo, falleció: parecía ser una maldición que Dios me había enviado, era una prueba para mi fe, que hacía tiempo que ya no era en él, era a Luisa. Luisa no me había abandonado, pero me exigía dejar el seminario, porque no pensaba abortar: dijo que si no abandonaba el seminario, me escapaba con ella y teníamos a la niña, ella se suicidaría. ¿Mi Dios eterno que me mandaba una prueba de su celosa inmisericordia ante la infidelidad o el amor más dulce y compasivo que había, hasta ese momento, experimentado? Me decidí por Luisa y abandoné el seminario. Al morir mi abuela, habitamos su casa, era un gran apoyo: yo me ganaba la vida trabajando de albañil. Un buen día  la tía Gertrudis volvió del otro lado y nos pidió, a la mala, la casa; un día encontramos nuestras cosas arrumbadas afuera de ella. No eran muchas, todo cupo en un hatillo; esa misma noche nos vinimos a la ciudad. Ropa, 500 pesos y una biblia eran todas nuestras pertenencias, mi mujer estaba embarazada, a punto de parir. No teníamos dónde caer muertos, la primera noche la pasamos en la Central de Autobuses. Éramos una versión moderna de María y José en un mundo que carecía, completamente, de buenos samaritanos. Conseguí un pobre empleo de cargador en un mercado, donde afortunadamente, conocí a Manuel, quien sin nada a cambio, nos dio asilo hasta que nació Luisa. 

(Continuará) [...]

jueves, 25 de abril de 2013

María


A María le obsesionaba la idea de la inexistencia del tiempo, le repulsaba la concepción de un mundo periódico e inmiscuido en la afable idea de la sucesión de instantes. María quería capturar los momentos como si sus sentidos fueran una cámara fotográfica; quería congelar, en su percepción, el devenir del que nos habló Heráclito. El agridulce sabor de una manzana verde, el olor a tierra mojada, la nota sostenida que altera las tonalidades del bebop, una palabra en un poema de Borges, de Baudelaire, o de Rimbaud; todas esas sensaciones que perecen en una sucesión (siendo muy ambiciosos) de instantes.


María no sentía el paso de los años, su cuerpo, que, naturalmente, envejecía, parecía ser el único receptor «cronológico» de los efectos de su existencia; pero el alma de María parecía haber vivido miles de años, aunque su acta de nacimiento diga que nació en 1993. Era envidiable la avidez que mostraba ante la idea de no pensar en el reloj, ella sólo pasaba, y trataba de capturar el instante, por tal razón, había adquirido una memoria envidiable. Podía describir, de una manera sumamente precisa, y de forma verbal, las sensaciones: María decía que su primer orgasmo fue muy similar a la primera vez que pudo contemplar el cáliz de una rosa sin pétalos; sus metáforas, siendo sensatos, nos son incompresibles. Nuestras percepciones varían enormemente, pero cuando María hablaba de las suyas, transmitía a descripción perfecta, que tanto buscamos los escritores. Su pasión por lo sensible era vívida, llena de sensaciones que para los mortales simplemente es una pasión, una bonita descripción. ¿Qué sentía el cuerpo de María al contemplar cualquier cosa?, ¿Por qué, para ella, algo tan trivial como la tapa de un tarro de pomada podía ser todo un deleite de sensaciones? El mundo de María estaba estructurado con las mismas figuras que el nuestro, pero parecía que ella concebía otra dimensión, la dimensión del sentir. María, nunca lo mencionó, aunque me parece la única explicación para describir su perspectiva, podía sentir la esencia de un tetraedro, podía vibrar con la energía de un cuerpo ajeno, el orgasmo de María no sólo era de María, absorbía toda la energía que existía en ese espacio: los espíritus muertos de las sábanas, los sonidos almacenados en las paredes, las pasiones que corrían por el torrente de su amante, de igual forma, podía sentir el sabor de esa tierra negra y húmeda de la que brotó el champinón que comió en la merienda, sentía el dolor del bandoneón cuando escuchaba un tango llorón, las cuitas del poema del poeta trasnochado con el que durmió la noche pasada.

Un día, que no tenía nada en especial, me enteré leyendo el periódico que una joven de dieciocho años había muerto tras sacarse los ojos con los vidrios de un espejo que previamente rompió con el rostro, posteriormente, clavó un trozo de cristal en su yugular. Me sorprendí, y supuse que había sido María: No me pregunto cuál fue el motivo de su suicidio, lo que me hace recordar a esa intrigante joven es:¿qué vio en aquél espejo?, ¿qué sintió?, o tal vez, simplemente, ¿le llegó su hora y no pudo matar al reloj?

martes, 23 de abril de 2013

El arte de huir. (Parte 1)

Hablar de huir es hablar de no continuar; la continuidad es asunto de tiempo.

Parecería que el hombre vive escapando, si no es físicamente, lo es emocionalmente, incluso, intelectualmente. Huir para volver a huir, tenemos miles de ejemplos literarios, casi todos los clásicos hablan de huidas: El viaje redondo de Odiseo, partiendo de Ítaca; los descensos y ascensos de Dante; las locuras del Quijote; por mencionar algunos. La huida es inherente al género humano, ¿por qué?, nos asusta el letargo, el tedio; no soportamos la aparente estaticidad, olvidamos el devenir: quedarnos es sufrir; partir también lo es: ¿qué sería del exilio sin la melancolía?, ¿qué sería de la partida sin el olvido?; ¿cómo cambiamos permaneciendo? Se huye por curiosidad, por sed de experiencia, por miedo a la monotonía y por la siempre «complicada» pasión. La pasión es el motor de la huida; los animales huyen por instinto, los humanos por pasión. La huida es un arte porque la huida denota virtud; aunque el ser vivirá huyendo, si logra transgredir el vicio de la autodestrucción, tomará lo aprendido en los constantes escapes, y eso es llamado experiencia. Hablo de experiencia en el sentido de conocimiento que comúnmente es ligado al tiempo y no es así: un niño de 10 años que ha vivido huyendo, en constante cambio, tiene mayor «experiencia» que alguien de 90 que siempre tuvo miedo de huir, que jamás rompió sus cadenas y vio la huida como un defecto.

Odiseo jamás dejó a Penélope, los prófugos que huyen con motivo, si a algo le temen, es al olvido. Hay quién le teme tanto al olvido que prefiere aferrarse a lo conocido; que pretende que un momento sea perpetuo; forja rutinas, forja hábitos que ciegan lo cruda que puede llegar a ser la existencia, y en un momento de crisis, puede, por fin, abandonarlo todo: esa es la importancia de las crisis, son cambios forzados, huidas obligatorias que obligan a volver a huir; el que no vuelve a huir, no aprendió nada de la primera huida. Mencionaba que huíamos por pasión, y nuestra pasión es ambición, la ambición es una forma impura de la voluntad. La huida es virtud cuando es voluntaria, la huida no voluntaria, que evoluciona en huida voluntaria, sí es virtud. La virtud está en la huida que se efectúa sin esperar el porvenir, la decisión que tiene la suficiente voluntad para admitir que ese escape, no traerá cosas mejores y significará otra huida; es el devenir, somos ríos que algún día llegarán al mar; no podemos hacer que el agua deje de correr, la única forma es quitando el agua. Por nuestros causes corren pasiones, pasiones que son claras cuando son voluntarias, cuando el ser puede decidir por sí, que es consciente de su escape, consciente de que el cambio no es positivo, ni negativo; sólo es cambio. Siempre habrá crisis, podrá existir la alegría; la felicidad es una meta inútil, la permanencia es una meta aún más inútil, nada es perenne en la existencia del ser-en-sí. Algunas doctrinas, como la budista, plantean que el objetivo de la vida es dejar de huir, desaparecer; desvanecer la existencia: dejar de ser. Son doctrinas basadas en el arte de la huida, si no se aprende, se seguirá huyendo; el objetivo no es consolidarse, es desvanecerse. La búsqueda de la estabilidad es un vicio, tenemos que equilibrar la huida con la experiencia, esa es la virtud.

Un hombre que no huya jamás se reinventará, jamás quemará a sus ídolos; jamás cuestionará su existencia; olvidará que todo es un ciclo dialéctico: la huida es dialéctica, porque es una réplica, y esa réplica será la réplica de la réplica. El problema es emocional, le tenemos miedo al olvido, al abandono, a ser olvidados, a ser abandonados, y esa es una particularidad humana, que con trabajo se puede cambiar. Una voluntad fuerte no le temerá al olvido, tampoco al abandono, pero atesorará la experiencia; porque eso es lo que forma al ser.

miércoles, 17 de abril de 2013

Experimento literario No. 1


Yendo contra todo principio josémico, hagámos versos libres. 


Esconde
esconde los manos en los bolsillos
que de nada sirven
cuando todo es pecado.

Esconde los labios
en el mundo de los sin-boca
donde no hay besos
y la carne es insípida
ni dulce, ni amarga.

Esconde los ojos
que ya no quieren ver
ni quieren ser vistos
que incluso las cuencas
de los ciegos tiene algo
aunque no existan para ellos
y todo sea
oscuro
imperceptible
tal vez
inexistente.

Encuentra el consuelo en el silencio
que se oculta en el eterno trajín
de un mundo que habla mucho
pero dice poco

donde las palabras se riegan
pero no fecundan.

Encuentra los labios más dulces
en los míos
y piérdete

que mañana seguirá siendo
oscuro
imperceptible
tal vez
inexistente.


lunes, 15 de abril de 2013

Las necesidades.



Algunos vivimos necesitando, no soportamos la soledad. A veces la soledad desespera, parece que su letargo es eterno, que no tenemos nada; nunca estamos solos si sabemos estarlo. Pienso en las musas, en lo difícil que es escribir sin recurrir a ellas; todo es más complicado, las letras son insípidas, incluso, se llega a creer que todo es innecesario; no es depresión, tampoco apatía, simplemente no hay mucho que decir hacia fuera; todo es hacia adentro. He concluido que, erróneamente, vivimos necesitando necesitar, no soportamos ser autosuficientes, la autosuficencia nos demanda algo que jamás arriesgamos: nuestra responsabilidad de existencia. Asumir nuestra autosuficencia es reconocernos libres y dejar de lado todo lo externo: el dinero, la política, el arte, etc. La autosuficencia exige silencio, la autosuficencia es inmóvil, el cambio no existe; todo está resuelto, no hay aspiraciones, tampoco preocupaciones. Quizás el tiempo no existe, y si existe, es imperceptible porque no hay consciencia de velocidad; adquirimos calma y paciencia, ya no nos preocupamos por las existencias ajenas, el ser-en-sí, por fin, llega a ser lo que es. ¿Realmente queremos la autosuficencia, la ansiada ataraxia? No lo sé, allí no existe ni placer ni dolor, ni pena ni glora; sólo se es, sin adjetivos.

Es tan difícil callar esas voces que nos demandan conocer, que nos piden experimentar, que hacen que hagamos las cosas: vivimos de momentos, siempre pensando en los demás; asumir la responsabilidad de la existencia es renunciar a todo lo ajeno al ser-en-sí, superar el dilema del erizo; vivir en soledad, sin necesitar, sin congelarnos. El erizo de Schopenhauer olvidó que ya era algo, y que, de alguna manera, morir congelado era su único destino. 

martes, 9 de abril de 2013

Antes de que te olvide.

Existe un pequeño instante en el que la mirada de dos personas detiene al mundo por un segundo y la pupila archiva ese momento en el baúl de los recuerdos. El enamoramiento a primera vista, desde mi cristal, no es más que eso: no es un enamoramiento idealizado, es la interacción perfecta entre dos miradas, miradas de presente, de instante, que no piensan en el futuro.  Sólo una vez me ha sucedido, aún recuerdo esos ojos; la ventana del Edificio Ermita retumbando por los beats de un intento de DJ que amenizaba, tras la culminación de Motorama, el Festival Antes; las botellas de cerveza Victoria rodando por el piso; la gente extraña que se oculta en esos sitios para salir un poco del mundo. Ella estaba, recargada en la pared; yo, caminando buscando algo que beber, la cerveza se había terminado. No puedo describirla de ningún modo, mi memoria sólo archivó su mirada, que al fin de cuentas, es lo único que importa en esta situación. No sé como me detuve, volteé a mi izquierda, noté una mirada profunda buscando la mía y cedí; nos miramos, no sé cuanto tiempo fue, pero para mi reloj interno fue una eternidad. El miedo hizo su trabajo, ella sonrió; yo no puede hacer lo mismo y terminé el momento, seguí caminando buscando algo de beber; ella ya era parte de mi. 

 Jamás sabré su nombre, jamás conoceré su cara, mucho menos ella sabrá que era ella; quizás, para ella, eso nunca sucedió. El común denominador dice que cuando sucede ese momento mágico, debes ir hacia ella, o mínimo, sonreírle: tal vez así nazca una bella historia de amor; yo no creo en ello, prefiero almacenar el instante y mantenerlo como un suceso inmaculado, como una danza de luces, de metralla, de presente. Le escribo para que no la olvide, para que recuerde que los ojos son el reflejo del alma, y que a veces, podemos verla sin saber más, sin tener que descubrir otras tierras... No habrán corazones rotos, tampoco habrá desilusión, no es amor, es la magia de la mirada; el eterno capricho de la vida, la dicha de los que creen que el presente es lo único existente. No mantengo la esperanza de que ella me recuerde, éste texto la está haciendo inmortal para un simple mortal que no puede callarse los recuerdos.