martes, 26 de marzo de 2013

La mujer que no quería besos.

«La Boca», Miguel Hernández 


Boca que arrastra mi boca: boca que me has arrastrado: boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos.   
Alba que das a mis noches un resplandor rojo y blanco. 
Boca poblada de bocas: pájaro lleno de pájaros. Canción que vuelve las alas hacia arriba y hacia abajo. Muerte reducida a besos, a sed de morir despacio, das a la grama sangrante dos fúlgidos aletazos. El labio de arriba el cielo y la tierra el otro labio.Beso que rueda en la sombra: beso que viene rodando desde el primer cementerio hasta los últimos astros. Astro que tiene tu boca enmudecido y cerrado hasta que un roce celeste hace que vibren sus párpados.Beso que va a un porvenir de muchachas y muchachos, que no dejarán desiertos ni las calles ni los campos.¡Cuánta boca enterrada, sin boca, desenterramos!Beso en tu boca por ellos, brindo en tu boca por tantos que cayeron sobre el vino de los amorosos vasos. Hoy son recuerdos, recuerdos, besos distantes y amargos.Hundo en tu boca mi vida, oigo rumores de espacios, y el infinito parece que sobre mí se ha volcado.He de volverte a besar, he de volver, hundo, caigo, mientras descienden los siglos hacia los hondos barrancos como una febril nevada de besos y enamorados.Boca que desenterraste el amanecer más claro con tu lengua. Tres palabras, tres fuegos has heredado: vida, muerte, amor. Ahí quedan escritos sobre tus labios.



La boca seca, los labios tiesos, los cuerpos yertos, las almas muertas: así es como muere el sueño. Yo brindé en su boca por tantos; no imaginan cuántas veces estremeció mi aliento leyendo «La Boca» de Miguel Hernández. La boca ya no arrastra mi boca, mi cuerpo ya no arrastra tu cuerpo, somos un cúmulo de situaciones, de inexplicaciones cargadas con balas llenas de letargos, de tedios; tal vez sea por eso que la busco, porque ella no puede vivir en mis sueños. Y no duele cuando te sientes afortunado, afortunado de evolucionar, de crecer, de ser distinto al de antes; duele al saber que ya no podemos sentir, que ya no hay tiempo de amar, que el tren en el que viajamos ya no se detendrá en nuestra estación. Y sí, soy un imbécil por no entender que no se puede viajar en el tiempo; que todo pasa, que nada es estático, que de nada sirve volver a correr mis dedos por una piel que, para éste muerto, está muerta desde hace tiempo, no vamos a revivir; yo no te puedo dar vida, mi calor se pierde como todo lo que te roza, excepto el de él: ¿qué queda de nosotros cuando cuerpo y alma están muertos? Somos dos bultos de carne, carne inanimada, carne sin esencia: sólo carne. Prometo entender que estamos muertos, que hemos transmutado en otro cuerpo, que puede ser lo que era, pero ya no puede ser lo que es. Lo entiendo, no la culpo; la boca granate que ya nadie puede besar, el tibio cáliz que ya no puede serlo. El lánguido devenir de los días continuará con su  eterno curso, tal vez, algún día, la mujer del cuadro de Klimt, vuelva a querer besos. 

jueves, 14 de marzo de 2013

La noche eterna


Para mi gran maestro, a 50 años del inicio de su noche eterna: 


¿Y si se rompe el cristal con el que se mira?,
¿Cambiarían mis singulares circunstancias?,
 No sé, quizás temblarían mis arrogancias;
¿Qué me garantiza que no todo es mentira?

Y en los feroces momentos de brutal ira
afloran las dudas, las múltiples ignorancias;
las sendas que nos llevan por largas distancias;
amplios jardines donde la razón delira.

¿Cómo no dudar de mi efímera existencia?,
¿Cómo navegar sin timón en un mar de dudas?
¿Cómo volver a mis Ítacas, a mis raíces?

Sé que esas respuestas no existen en la ciencia,
mi substancia, mi esencia, seguirán desnudas;
tal vez la respuesta la encuentre en mis narices.