domingo, 13 de enero de 2013

Los Huesos (Viaje sin vuelta)



Siempre me intrigaron los viajes por carreteras sin sentido de vuelta, estrechas como la pequeña linea que nos separa del mundo muerto: el mundo de desconocido, de lo fatal, de lo que preferimos no enterarnos. La tarde caía, los rayos casi inertes del sol deslumbraban a María que conducía con inquietante cautela; había algo en el aire, esos haces de luz, violentamente rojos, que chocaban con el cielo violáceo que cubría de intrigas el manto que nos cobijaba. La luz cegadora penetraba el parabrisas del viejo Ford Maverick rojo, del 76', que tantos kilómetros recorrió junto a mi padre; que sólo nos dejó, como herencia, este potente vehículo y nuestra pequeña casa. María me pidió que sacara de la guantera sus flamantes Wayfarer tortuga, y pisó el acelerador. Escuchábamos un cassette de compilados, grabado por nuestro padre, de la psicodelia de los 60's : Doors, Buffalo Springfield, Jefferson Airplane, Janis Joplin, Cream y otros. El «soundtrack» animaba a María para que pisara más el acelerador, el «brum brum» del motor combinaba perfectamente con el órgano Hammond que armoniza «Break on through (to the otherside)», la noche seguía cayendo, María se quitó los lentes y encendió las luces, y así avanzamos varios kilómetros, de pronto, a lo lejos, notamos que un arcaico camión de redilas había detenido, casi de golpe, su marcha. María cerró el escape, frenó con motor, bajó las velocidades y frenó. El camión obstruía el camino, y apagó su stop: no se escuchaban voces. No podíamos rebasar al camión, la carretera no tenía acotamiento, de un lado, un voladero, y del otro, un oscuro bosque que conducía a «quién-sabe-dónde». La temperatura comenzaba a descender y la luz prácticamente desaparecía. Encendí la luz del interior del auto, mientras María buscaba su Zippo, dentro de los bolsillo de su chaqueta, para encender un cigarro. Tomé la linterna que guardamos dentro de la guantera y le dije a mi hermana:

-Deberíamos bajar a ver que sucede, quizás tienen una falla mecánica o algo.
-¿Deberíamos?, yo me quedo aquí, hace mucho frío allá afuera y está muy oscuro, no arreglaríamos nada.
-De todos modos, tengo que bajar. Necesito estirar las piernas, orinar y sacar, de la cajuela, mi suéter. No pienso dejarte sola aquí, siempre tenemos que tomar precauciones.

María accedió, le pasé la linterna y le dije: 

-Mantén encendida las luces y alúmbrame mientras voy a orinar. Ella no dijo nada, siguió sacando humo.

Descendimos del auto, saqué mi suéter de la cajuela y caminé hacia el árbol más cercano a la carretera; me sorprendió la oscuridad que había en ese bosque, de no ser por la linterna, y por las luces del auto, juro que estaríamos en oscuridad total: no había luna, el cielo estaba aborregado y eran pocas las estrellas que se asomaban para ser admiradas por los humanos. En el bosque nunca hay silencio, se escuchaba el canto de los grillos, el aleteo de los pájaros que trasnochaban en el árbol que orinaba, el mecer de las ramas, el viento, que era el factor principal del descenso de la temperatura. Caminé hacia María y le pedí un cigarro:

-Pero tú no fumas, -  me dijo de una forma tajante.

-Ya sé que no, pero se me antojó: hace frío, y te mentiría si te digo que no estoy nervioso.

-No me lo tienes que decir, siempre has sido un miedoso. Cuando éramos niños, siempre eras el primero en salir corriendo cuando jugábamos a las escondidas, de noche, la huerta de mi tía Carmen.
Recuerdo, incluso, que una vez, siendo adolescentes, me pediste permiso de dormir en mi cuarto porque viste una película que te dio mucho miedo.

No le dije nada, me dio el cigarro, lo encendió, tomé la linterna y caminé hacia el abismo para ver, con mejor ángulo, el cielo. Las nubes pasaban muy rápido, no había luna; sólo monte y nubes bajas, y más allá del monte y de las nubes bajas, más montes y nubes bajas. Ya no me importaba la tecnología, hacían dos noches que no teníamos señal en los celulares, que recargábamos en el enchufe del auto, por si la pescábamos. Éste camino no tenía sentido de vuelta, realmente no lo necesitábamos, aunque tampoco íbamos a ninguna parte; nadie nos esperaba en el lugar de partimos, nadie nos espera en el lugar al que vamos, porque no vamos a ninguna parte. Hace una semana salimos de nuestra ciudad y hemos manejado sin rumbo, sólo tenemos el dinero suficiente para rellenar nuestro tanque de gasolina, unas 100 veces, y para comer en restaurantes de carretera. Cargamos, en la cajuela, una tienda de campaña, dos sacos de dormir, dos garrafones de agua, varias latas, un botiquín de emergencias, una lámpara Coleman, repelente de insectos y un protector solar.  Le grité a María: -Ven, tienes que ver la inmensidad de éste paisaje. Ella vino, y de nuevo, no dijo mucho: buscó su Zippo, en los bolsillos de su chamarra, encendió otro cigarro y ambos consumimos nuestros «tacos de cáncer» mientras admirábamos ese mar de montes y nubes. Sin decir nada, ella volvió al auto. Sentí esa sensación de volver a los «seguro» y también caminé el auto. Me senté en el asiento del conductor, María se había sentado a mi lado, reclinó su asiento, tomó la cobija que teníamos en el asiento de atrás y cerró los ojos. Yo apagué las luces del auto, también recliné mi asiento y cerré los ojos. Había olvidado la razón por la cuál estábamos detenidos en medio de una carretera olvidada, en medio del bosque, en medio de un mar de montes, en medio de la nada. En un polo en el que todo conduce a lo desconocido, a lo maravilloso: a lo siniestro.

Desperté, no tuve idea de cuanto tiempo había pasado y sentí a la desesperación, que hasta ese momento no había aparecido, de estar atrapados en medio de la nada. Me temblaban las piernas, sacudía las manos y el miedo se apoderaba de mi, en un desliz, desperté a María y le dije que ya había sido suficiente tiempo, que debíamos ir a investigar que sucedía con el camión que detenía nuestro viaje. María me miró con cara de enojo y me dijo:

-No pasa nada, tarde que temprano, tendrá que moverse. ¿Tienes prisa?

Su pregunta activó todas las defensas que mi cuerpo siempre confunde: no sé distinguir, al instinto, del miedo. Sabía que ella tenía razón, no le dije nada. Cerré los ojos y me propuse dormir, en mi cabeza retumbaba, casi como un mantra, lo siguiente: «Mañana, cuando haya luz, te despiertas y si el camión sigue, averiguas que sucede. Tal vez, sin que lo notemos, el camión se irá, y si viene un auto tras de nosotros, seguramente nos tocará el claxon y despertaremos». Ese era otro miedo que tenía, que llegara otro auto y nos chocara por alcance; pensaba que con las luces nos distinguiría, pero el miedo pudo más que yo, y encendí los cuartos, a disgusto de María, que hizo un puchero cuando notó que me levanté para encenderlos. De nuevo, perdí noción del tiempo, y por fin, casi me decidía a tomar la lámpara y a investigar que sucedió con el camión. Pensaba en muchas hipótesis y en ninguna a la vez, todo era incierto. Pensaba en que no debía dejar sola a María, aún sabiendo que ella no se molestaría por ello, al contrario, me diría ridículo si le dijera que esa era una de las razones por las cuales no bajaba; ella lo tomaría como una excusa para ocultar mi miedo a la duda. 

La duda me comió las ansias, tomé valor, agarré la linterna y me atreví a bajar del auto, no pude, la puerta estaba bloqueada. Después no supe que pasó, desperté y estaba amaneciendo: los vidrios del auto estaban completamente empañados, activé los limpiadores para ver al frente, no había nada adelante de nosotros. Miré a mi derecha y no estaba María. Bajé del auto, miré hacia atrás y había una gran fila de autos tocándome el claxon. Ya no había bosque, ni mar de montes, ni Maverick rojo 76'. Me encontré debajo de un semáforo, dentro de un Ford Focus blanco 2008, en un concurrido cruce de una caótica avenida de la ciudad de la que había «huido».

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