jueves, 24 de enero de 2013

Acuérdate


Acuérdate de nuestro altar de muertos, de la blusa carmesí que tanto te gustaba vestir cuando salíamos a caminar por el Centro Histórico, de la paciencia que tanto me reclamabas, de los gritos que te echaba cada vez que, dentro del auto, encendías un cigarro. Ya no hay poemas de Goytisolo, ni mañanas nubladas de sexo, Truffaut y earl grey. Ahora, todos los días son soleados, el té siempre se toma helado, me aburre la Nouvelle Vague; mejor no hablar del sexo. Podría recriminarte por tu súbita partida, pero la esperaba desde la primera noche que pasamos juntos, igual que siempre, no amanecimos juntos, cuando el reloj marcó las tres de la mañana, me pediste que llamara un taxi; no te miento, prefiero las partidas de madrugada al temor de amanecer con una mujer a mi lado. Prefería tus mañanas, vernos antes de la entrada a la escuela en algún punto intermedio. Los semestres con días nublados, sin duda alguna, fueron en los que tuve peores notas; imagino que tú también. Insisto, no te culpo, así son los espíritus libres, por eso no habría de quererte, pero lo hice. 

Sobre mi mesa de noche, sigue nuestro bonsái que imita al trébol de Macedonio Fernández (¿recuerdas la sincronía que tuvimos cuando vimos aquella película chilena?) Te informo que sigue más vivo que nunca; eso sucede cuando domesticas al gorrión feral, cuando el clima es bueno, y no hay tormentas al estilo Brassens, cuando Lovecraft sea ha cansado de comer Whiskas y demanda una lata de atún, o peor aún, rasca en la nevera para que le de un filete de róbalo. Algún día ese bonsái morirá, no sé si eso pase con tu recuerdo. 

«Yo no creía en sueños, una vez te soñé; ahora no despierto, para ver, si otra vez te encuentro». 

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