domingo, 25 de noviembre de 2012

Hoy, como casi siempre.

Hoy, como casi siempre, amanecí de mal humor. Esta vez había algo distinto, el subconsciente (a modo de sueño) me acababa de señalar aquello de lo que no me había percatado: ¿Tan contradictorio puedo ser entre lo que manifiesto y lo que puedo hacer? Esta vez, sí lo sé, y sí, sí lo puedo ser.

Y es que me duele pretender un «amor» civilizado: matar al amargado y a la mala persona que suelo ser; duele porque tal vez esa sea una forma alejarte. Quizás, te hice caer en desamor, y toda la «buena» imagen que tenías, murió: eso es lo que soy, y lo que siempre fui: soy una mala persona. Podría decirte, ególatramente, que no lo percibo así, que nunca pierdo: no me duele perder por ti; es que llenas de luz mi oscura forma de ver la vida, llenas de tacto mi visceral trato a la gente, llenas de silencio los gritos de una quimera encadenada que vomita palabras. Me duele tu premeditada indiferencia, pero me duele más el no poder ni siquiera saber que es lo que pretendes: estoy derrotado, y los corazones rotos, como me dijiste, no sólo duran cinco minutos cuando crees haber visto la revelación.

Y tal vez sea un acto de fe, un reflejo de poeta trasnochado. Pero el Dios bajó del Olimpo para internarse en los mares de tus misterios para poder crecer; si te vas, ese es mi consuelo: me has mostrado que, tal vez, la gente puede cambiar y estoy comenzando por mi mismo. Cuando fui martillo no tuve piedad, ahora que soy yelmo, preciso paciencia. Puede ser que ya hayas emprendido tu vuelo, que sólo hayas sido un ave de paso, un amor de una vez, pero esa vez abrió ese candado que creí blindado: anteponerme ante alguien.

¿De qué sirve saber tanto si no se puede sentir? Esa pregunta ya la pude resolver: ¿sabes cómo? chocando contra esa enorme pared que has puesto entre nosotros, ese silencio de hielo que no dice nada, esas manos yertas que no revelan sus mapas, esos labios que se esconden entre junglas de dudas, miedos y tabúes.

Cómo me gustaría amarte, cómo me gustaría perderme, cómo me gustaría cumplir aquello que predicaba Benedetti: Quererte sin preguntas, que tu me quieras sin respuestas, si tan sólo se pudiera obtener lo que se quiere...

Hoy, como casi siempre, soy consciente de lo contradictorio de mi existencia, pero hoy hay algo distinto, hoy me interesa que no siga siendo así.

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