miércoles, 10 de octubre de 2012

Esa noche abrió mis ojos.




Esa noche abrió mis ojos.

04:15 a.m, muerto de frío; sentado en el borde de la fuente olvidada que se ubica en un callejón desolado del casco viejo de mi ciudad. Sale vapor de ella, la temperatura del agua es superior a la del ambiente y me es inevitable sumergir mis manos yertas en esa especie de pequeño mar calmo. Suena el ringtone de mi celular y demoro en atender la llamada, quiero disfrutar los primeros acordes de This Night Has Opened My Eyes de los Smiths, leo su nombre en la pantalla del aparato y contesto:
̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣—Te dije que vinieras, llevo horas esperando—. Dijo su voz plagada de clichés de intrigas y misterios.
Sabes que no me gusta tener que localizarte, pero esta vez me tienes preocupada, aún no apareces—. 
Cambió a un tono que seguía sin mostrar la preocupación adecuada a lo que trató de decirme.
Lo siento, no vi pertinente visitarte ésta noche, me falta valor—. Contesté seguro, a pesar del frío y de mi estado de ánimo, apenas terminé mi intervención y estrepitosamente su voz interrumpió el diálogo que pretendía continuar:
Sabes que siempre te espero con la ventana abierta y que, en el lado derecho de mi cama, guardo tu lugar, realmente quiero que estés aquí.
¿Hablabas en serio cuando me dijiste que querías que saltara por tu ventana al estilo de Otto de Los Amantes del Círculo Polar?— Le pregunté, tratando de moldear mi voz y evitando sonar hostil; sollozó y continuó, aumentando la violencia de su reclamo:
Pensé que eras valiente y que todo lo que me dijiste era con intención de que sucediera, pero veo que no; eres cobarde y no tienes palabra. Tienes muchas palabras para tenerme cual Penélope esperándote acurrucada en mi cama a la expectativa de que saltes y te acuestes a mi lado derecho—. Sin más terminó la llamada. 

Me lamenté unos segundos, me encontraba sentado, titiritando, en ese borde de cantera desgastada porque había decidido ir a visitarla, pero no consideré que ella hablara en serio. Es muy complicado que pueda percibir cuando la gente afirma o pide y que realmente no tiene intenciones que suceda. Si siempre me guiara con lo que dice la gente, tendría muy buenas relaciones con amigos del pasado con los que he quedado para tomar unas cervezas o con la ex-novia con la que prometí tener un viaje carretero al estilo Thelma y Louise. Declaramos muchas cosas y nunca definimos el sentido, siempre lo relegamos al sentido común, y al menos de mi parte, sé que no sucederá. Sería como pedirle matrimonio a esa muchacha de ojos tristes con la que prometí encontrarme, cuando pasen los años y estemos cansados del mundo, en Trafalgar Square. Siguiendo mi intuición ,que a veces confundo con aquello que no haría siguiendo mi lógica tradicional, decidí salir de mi casa al filo de la media noche después de que ella me indicara por messenger que la fuera a visitar.  

Tomé un suéter, salí a la calle, paré un taxi y le dije al conductor que me condujera a casa de ella. El viaje fue breve, a pesar de que no es una distancia muy corta, pagué el importe, descendí de ese Tsuru aromatizado con esencia de vainilla y me congelé unos instantes frente a su casa. Según el instructivo que me había dado horas antes en nuestra rutinaria charla vía messenger, tendría que ir al callejón que da a la parte lateral de su casa, escalar un pequeño muro, llegar al patio trasero y, con cautela, subir la escalera de caracol que utilizan para subir a la azotea. Nada de eso, me postré delante del árbol que da hacia la salida de su cochera y me intimidé por la cantidad de luces que aún permanecían encendidas. En un momento de incertidumbre con sabor a miedo, decidí continuar sobre la acera en la que se ubica el callejón indicado en el instructivo. Me topé al callejón, pero decidí seguir caminando en linea recta, caminé unos 200 metros y entré a un pequeño minisuper que, para mi sorpresa, seguía abierto a pesar de ser poco más de la media noche. El olor penetrante de la fruta, del día que recién finalizaba, se mezclaba con el de los químicos de limpieza que se venden en grandes bidones de plástico y con el de las corrientes croquetas para perro que se desparraman de esas débiles cajas de cartón, la luz amarilla y tenue que se reflejaba en el viejo enfriador de Coca-Cola le daba ese toque de magia que rara vez se encuentra en los lugares cotidianos:

Ya no puedo vender cerveza, son más de las 12—. Dijo una vieja de cabello blanco, con voz enérgica y cara de pocos amigos, al ver que me acercaba al enfriador de Coca-Cola que realmente estaba relleno de caguamas. No le contesté, apenas volteé lo suficiente para ver su rostro.
Me sentí presionado para comprar, y conjugado con mi nerviosismo por lo que tenía que hacer y con mi timidez, casi paranoica, que surge después de la media noche, ocasionó que rápidamente y  de forma casi mecánica tomara un Orange Crushal tiempo y de lata, que encontré en un estante lleno de refrescos. Mi torpeza y  la actitud de mosqueo que auto percibí, ocasionó que me pusiera aún más nervioso. Caminé al mostrador, pregunté el precio y me sentí ridículo; tanto tiempo de silencio había ocasionado que no me saliera la voz. La señora dijo $7.50, saqué de mi bolsa el importe exacto, puse las monedas sobre esa tabla gastada de madera que estaba debajo de esas ridículas rejas de metal hechas para servir de protección en caso de asalto y sin más, di las gracias y caminé con sentido a su casa.

Camino a mi objetivo, pensaba en lo arriesgado que sería cumplir con la misión, pero sabía que le molestaría que no la hiciera. Entre olor a tacos al pastor y otros antojitos nocturnos, pensaba en la siguiente escena: Yo, subiendo la escalera de su casa, siendo observado por los ojos rabiosos de su padre, su rostro de sorpresa y de furia al verme allí, parado en la escalera de su casa, visitando a su princesa.  Mi imagen mental tenía todos los detalles para que me intimidara: su ridícula pijama con estampados de algún equipo de fútbol americano, el relamido de su bigote al finalizar su grito lleno de insultos, que diría al verme y antes de ir por su escopeta de caza. Después el grito chillón de su madre diciéndole: —¿Qué sucede, mi amor?—. y para finalizar, el gato burlón que camina de azotea en azotea indicándome lo ridícula que será mi muerte.

Me paré frente a su casa, vi la hora en mi celular: 01:02 a.m, las luces estaban apagadas y decidí encaminarme hacia el callejón que da hacia la parte lateral de su casa. Apenas llegaba la luz de la farola que se ubica en la esquina del mismo callejón, pero del otro lado de la calle sobre la que se encuentra su casa, los tacos al pastor y el minisuper. Lo primero que encontré fue un gran contenedor de basura del que no podría determinar su color, la oscuridad del callejón lo impediría. Me fui internando en el lóbrego pasadizo, de un lado tenía la pared de la casa de sus vecinos, de la cual colgaba un gran higuera, que pude determinar gracias a que pisé un higo y su suave textura hizo que me preguntara lo que había pisado, me animé a investigar porque sabía que no eran heces de perro, crujió al momento en que mis pies se postraron sobre aquella materia misteriosa. Llegué al pequeño muro que había indicado, ni tan pequeño, medía más de 2 metros y medio, soy un hombre alto, 1.95, y mis brazos no alcanzaban su borde más alto. Eso, sumado con mi temor, mi nerviosismo y lo ridículo que me sentía, ocasionó que decidiera abortar la misión. Para examinar, saqué el celular de mi bolsillo y con su débil luz, traté de ver la altura real del sitio. Al salir de ese sitio, un gato saltó sobre los contenedores de basura y se me pusieron los pelos de punta. Continué caminando por su calle hasta la avenida principal, las luces de los coches indicaban que era viernes, el tránsito era constante.
Llegué a la avenida y decidí cenar algo, fue fácil encontrar un lugar, mi hambre era grande, mi presupuesto corto, por lo tanto, disminuyeron mis exigencias gastronómicas.  Arribé a esa taquería oaxaqueña para borrachos que se ubica en la delimitación del centro histórico y su colonia, supongo que es de oaxaqueños por el nombre y por la apariencia de la gente que labora allí, y es de borrachos porque es la única taquería, en la ciudad, abierta hasta las 5 de la mañana. Me senté en una de esas mesas de plástico blanco con propaganda impresa de cerveza Carta Blanca, ¿por qué Carta Blanca, si no la venden en mi ciudad? (tampoco en Oaxaca), ordené 9 tacos, 6 de bistec y 3 de pastor. Afortunadamente, para mi bolsillo, en esa taquería de mala muerte, los tacos se venden a 3 por 10 pesos, la pequeña mesera de piel morena y cabello negro como el barro que se elabora en su Estado natal, pequeña por su estatura, me tomó la orden, no ordené bebida, porque recordé que en un bolsillo de mi sudadera, guardaba el Orange Crush que había comprado para matar el tiempo. Saqué la lata, la puse sobre la mesa, y de forma odiosa, la mesera me dijo que no podía introdujir bebidas ajenas al local (sic), no le dije nada, entendía que era su trabajo y recordé la ocasión en la que siendo mesero, le escupí al té chai de un cliente porque había sido grosero conmigo al indicarle que en el establecimiento no se podía fumar. Me trajo mis tacos y saboreé esa carne horrorosa, de dudosa procedencia, con mucho limón y guacamole licuado.

Terminé, pedí la cuenta y al momento de sacar el dinero, noté que mi billete había desaparecido. ¡No podía ser peor!, moría de pena, no tenía idea de lo que tendría que hacer. No tengo familia en la ciudad, y si la tuviera, no son horas para pedir ayuda, no cuento con tarjeta de débito, mucho menos de crédito y tendría que ir a mi casa por dinero. Busqué el billete en todas mis bolsas, sabiendo que era inútil, siempre guardo mis billetes en la bolsa izquierda de mi pantalón, en la derecha siempre guardo mis llaves. Pensé en dónde pude haberlo extraviado, a pesar de que era en vano, no sabía si lo extravié al momento de pagar el taxi, cuando compré el Orange Crush  o cuando saqué el celular para alumbrar el muro de su casa. Muerto de pena, le dije a la mesera que había extraviado mi dinero. No cargo cartera, sé que debería tener una. Me dijo que no me preocupara, pero que le dejara algo de valor y una identificación, lo único de valor superior a mi cuenta, $3o pesos, que cargo es mi celular, que es uno de esos que la vox populi a denominado “del Oxxo” y sólo cargo identificación cuando es necesario, afortunadamente, tuve un momento de lucidez y me le acerqué a un joven con apariencia de godinez que cenaba solo en una mesa cerca de los baños. Le pregunté si tenía Telcelobviamente me vio con cara de muérete, no son horas, ni el lugar, para hacer cambios de compañía de telefonía móvil. Soy pésimo para hablar con desconocidos, y mas en situaciones de alta pena, le dije:
Te seré franco—. Después me di cuenta que era innecesario mostrar esa franqueza.
—No tengo para pagar la cuenta, perdí mi cartera. Si tienes
Telcel, en Plan Amigo, te transfiero $150 pesos a cambio de $100—. Le pedí $100 pensando en el importe del taxi que tendría que pagar para volver a casa.

El joven godinez me dijo que sí, lo cual me sorprendió y alivió mi gran pena interior. Al momento de comenzar la transferencia de saldo, no podía recordar ni el número para enviar el mensaje, ni el procedimiento. Dichosamente, pude recordarlo. Le pedí su número, me lo dio, tecleé lo siguiente y lo envié al 7373: 442 371 32 43 100. Al poco tiempo, me llegó un mensaje diciendo que no se podía transferir mi saldo, no podía ser peor, tuve que consultar mi saldo y noté que era de $55, por lo que tuve que disculparme y sólo pedirle el importe de mi cuenta. Repetí el procedimiento y en esa ocasión fue satisfactorio. El oficinista amablemente sacó tres monedas de $10 pesos, las tomé, le dije gracias a la cajara y se las di.
Saliendo de esa taquería de mala muerte comencé a preguntarme donde debería pasar la noche. Decidí caminar hacia el centro de la ciudad, atravesé esas calles que de día están llenas de movimiento, pero que por las noches están muertas y también por esa que de día están muertas pero que por las noches están llenas de ruido, autos y gente. Crucé la calle principal y en la esquina de un Oxxo me encontré con un grupo de travestis que me dijeron algo pero que decidí ignorar, para mi mala fortuna, sólo faltaba que me persiguieran y que me filerearan para después mancillarme. Afortunadamente no fue así, caminar por esas calles, de mala fama, a altas horas de la noche nunca estuvo en mi itinerario de vida. Andar por esas aceras estrechas, caminando sobre cloacas malolientes y esquinas mudas en las que dentro de pocas horas se improvisarán puestos de tamales y donde las doñas indígenas pondrán sus largos manteles de tela colorida para ofrecer hierbas medicinales y frutos silvestre, hace que el temor disminuya, a pesar de que mi respiración se aceleraba a cada instante.

Salí de ese barrio populoso de día y sombrío de noche, llegué a la avenida principal de esta parte de la ciudad, la crucé y por fin pisé tierra conocida. Ya estaba en el Centro Histórico, continué por la misma calle de cloacas malolientes y me percaté que de noche, esa parte de la calle no cambia a la de la calle anterior. En la banqueta del otro lado, caminaba un señor que vestía camisa de cuadros, pensé que quizás se encontraría en una situación similar a la mía y traté de imaginar su historia, pensé en los detalles de su historia: Posiblemente, salió de uno de esos hoteles baratos que se encuentran sobre ésta calle. Pensé en dos posibles escenarios: acaba de contratar a una prostituta y vuelve a casa, pero lo descarté porque lo lógico sería pasar la noche allí, después pensé en que quizás salía porque tenía esposa y precisaba volver a casa. El señor no se veía con buena pinta, y traté de crearle un escenario con menos carga de prejuicios, pues su facha: camisa de cuadros, vientre chelero, pantalón de gabardina, cerca de 50 años y que posiblemente huele a loción corriente mezclada con alcohol de la misma calidad, me hizo ver que soy un gran tipo para retratar personajes tipo. Después añadí que posiblemente trabaja de godinez en el despacho de su compadre, que tiene que humillarse con su amigo para pagar el internet que utilizan sus dos hijas para utilizar su Metroflog, que asisten a un bachillerato técnico, que escuchan reggeaton y música de banda, que posiblemente quedarán embarazadas en poco tiempo, que su esposa lo engaña con su primo y que no tiene más motivación para evitar el suicidio que gastar lo poco que le queda para él en una prostituta que siempre le hace el feo cuando él le pide besos, pero que no le dice nada, cuando por 100 pesos extras, lo deja venirse en su cara y en reunirse con sus amigos en la cantina de muerte lenta, que se ubica cerca de allí, en la que los jueves, por 50 pesos, puedes tomar dos cervezas y comer una comida de tres tiempos que finaliza con un delicioso chamorro adobado. Posteriormente me di cuenta que aún no cambiaba el prejuicio y pensé que quizás es un tipo que trabaja en el hotel y que camina hacia la avenida para tomar un taxi, me pareció que mi personaje tipo anterior era más acordé y agregué que no salió del hotel, sino que atravesaría la avenida para encontrase con los travestis que, minutos antes, había encontrado afuera del Oxxo.  Terminé de imaginar la historia y cuando me di cuenta, me encontraba frente a la plaza en la que en su subsuelo se ubica un estacionamiento que está abierto las 24 horas. Inicialmente la idea era caminar hasta mi casa, que aún estaba lejos, pero el cansancio y mi miedo por caminar por rumbos desolados era mayor que mi pena por pernoctar en la vía pública.

Me senté en una banca de la plaza y decidí pernoctar en ella, tomé un par de cartones que estaban debajo del bote de basura que se sitúa en la esquina suroriente de la plaza, lo puse uno sobre la banca y el otro lo improvisé como cobija, como almohada tomé una pelota desinflada que encontré entre las plantas de ornato de una maceta. Me coloqué los audífonos, empecé a escuchar un playlist de Bob Dylan y a propósito comencé con Like a rolling stonedebo confesar que me encantan los momentos cargados de clichés literarios. Terminó la canción y volvió a mi mente la historia de aquél señor, que de alguna manera, tenía el tipo de vida más miserable que yo podía tener, hice cuentas: una prostituta decente, $700, una habitación en un hotel de ese tipo, $200 la noche, el taxi de la prostituta, $50, la comida semanal con los amigos, $200, la cuenta de internet de sus hijas, $700, tomando en cuenta que también tienen contrato telefónico con Telmex, los gastos necesarios para poder pagar prostitutas sin ser considerado un patán, comida, luz, agua y extras, $3000 mensuales. En total, todo eso sumaba cerca de $5000, $1500 más de lo que yo gano en la librería en la que trabajo después de ir a la facultad, donde gano menos que de mesero o de bellboy, pero donde tengo la vaga creencia de que un día allí conoceré un editor y se animará a publicar mis relatos, aún sabiendo que difícilmente, iba a suceder. La única forma de ganar un dinero extra era sacando, clandestinamente, libros muy vendidos o libros que nos solicitaban en la facultad y venderlos a precio más bajo entre mis amigos o quien resultara interesado, no podía anunciarlos, en la librería llevan un estricto control y me da miedo hurtar libros de Filosofía, para mi suerte, el compañero con quien rolo turno también estudia Filosofía, por lo que con él no hay peligro, pues él también es sospechoso. Con los Bestsellers no hay problema, son robados muy a menudo. Éste mes hurtaron dos Rayuelas, seis libros variados de Murakami y 3 ejemplares de La Insoportable Levedad del Ser; por mucho, Kundera, Cortázar y Murakami son los más robados. En el mes de su muerte, Carlos Fuentes fue el más robado, en el mes de su Nobel, lo fue Vargas Llosa. Cuando trabajas en una librería es fácil conocer los gustos de las ratas de librería, muy distintas a los ratones de biblioteca, en la librería donde laboro suele robar un anarcosindicalista, siempre desaparecen libros relacionados a ello, desde Bakunin hasta Chomsky.

Ese pensamiento hizo que viera mi realidad: Tengo 25 años y apenas estudio el primer semestre de Filosofía, salgo con una chica de 17 que apenas terminará la prepa, vivo en una ciudad que no es la mía y en la que yo sé que no pasaré mucho tiempo. Estudio Filosofía pero carezco talento y tengo montones de libros sin leer, suelo leer autores que no comprendo y  me gusta presumir libros que jamás he leído. Que muero de envidia de uno de mis amigos, que también estudia Filosofía, pero que realmente sabe lo que hace, que es de mi edad y que está por concluir, que habla 4 idiomas y que sus padres lo apoyan de tiempo completo. Me daba rabia pensar en él, lo imaginaba en su cama, quizás teniendo sexo con alguna chica francesa que llegó de intercambio. Yo, en cambio, estaba pernoctando en una plaza pública, quizás no era vagabundo por convicción y que por azar terminé allí, pero algo en mi vida estaba mal, descubrí que quizás estaba viviendo algo que en otras circunstancias me encantaría vivir, pero que mi pequeña burguesía me lo impedía. Ese reallity-checkla intensa iluminación de la plaza, mis ganas de orinar  y que cerca se encontraba durmiendo un grupo de vagabundos, lo que me intimidó, hizo que me levantara de la banca y continuara caminando, decidí bajar al estacionamiento para pasar al baño, lavarme la cara y prepararme para una larga noche. Me preguntaba si el baño se encontraba abierto, vi el reloj y eran las 03:24 a.m, después me enteré que tanto el estacionamiento, como el baño, están abierto las 24 horas.

Generalmente, tienes que pagar para pasar, yo no tenía ni un peso, por lo que agradecí que a esa hora no hubiera nadie vigilando y cobrando en la entrada. Al subir las escaleras, hacia la plaza, vi una pelea de juniors borrachos que salían de un antro que se sitúa enfrente. Sus novias gritaban, los amigos más o menos sobrios, trataban de calmarlos, uno de los tipos me gritó algo, yo lo ignoré y caminé en sentido contrario, hacia el jardín histórico de la ciudad que se sitúa al poniente, al final de un pasaje de adoquín, donde se encuentra la farmacia en la que fuera de ella, y de día, un marimbista ciego interpreta un repertorio de bellas canciones chiapanecas.  Allí también vi movimiento de gente cotidiana, un matrimonio caminaba cargando bolsas, de nuevo pensé en hacer una historia, pero la temperatura, que descendía, hacía que sólo me preocupara por encontrar un sitio decente en el que pudiera pasar la noche.

El jardín del que les hablaba, ya estaba ocupado. En sus bancas pernoctaban indigentes y marías con sus respectivas crías, el olor a orines era intenso, entonces quedó descartado. Entonces opté por buscar un sitio más seguro y sólo en el que pudiera pasar la noche y protegerme del frío, ya no pensaba en dormir. Pensé en un cajero automático, ya tenía uno en la mente, uno que se encuentra sobre la calle del jardín en dirección al norte, caminé poco más de 100 metros, a causa del frío, del dolor y del hormigueo que comenzaba a paralizar mis piernas, me senté en una banca de cantera que está empotrada en la pared de una casona que se encuentra frente al bistrot al que suelo ir con mi amigo de la facultad al que le tengo envidia y donde una vez  encontré a mi amor platónico platicando con el imbécil de mi amigo que después sería su novio y que la cambiaría por una mujer a la que embaracé y que le haría creer que el hijo realmente era suyo. Entre el bistrot y la casona hay un callejón en el que me han sucedido infinidad de cosas, hoy de nuevo estaba allí, pero por primera vez era de madrugada y también, por vez primera, estaba sentado en esa banca de cantera de que no había percatado su existencia. Comencé a divagar; sin cigarrillos, ni café, no tuve que matar el lugar común debido a la falta de dinero y al horario.   De día, frente a la banca, suelen haber dos mesas que pertenecen al bistrot, cuando tengo dinero, me gusta leer mis libros que, sinceramente, no entiendo. Pido un café americano, no le pongo azúcar, a pesar de que me sepa a rayos, saco mi cajetilla de Lucky Strikes, a pesar de que prefiero infinitamente a los Marlboro rojos, y sólo leo en caso de que pase alguna chica que me resulte interesante, mientras eso no sucede, me gusta ver la textura del papel, principalmente de los editados por Alfaguara. Me veía ahí, sentado y solo, fingiendo que no pasaba nada, que todo lo tenía bajo control, que era un hombre guapo e interesante para las mujeres, más profundo que los demás por ser estudiante de Filosofía, sin dinero, pero tratando de darle su toque bohemio, a pesar de que había comprobado que me sentía fatal al no tener nada. Vi mi ropa, mis camisas deslavadas y mis pantalones rotos: ¿qué necesidad?, recordaba cuando tenía que vestir traje para ser bellboy y para ocasiones especiales en la cafetería. No me disgustaba vestir traje, ya era mayor para cambiar de licenciatura, ¿qué solución había si realmente lo que me mueve es el dinero?  Antes de mi culturalización era un vago egresado de una secundaria pública que en su vida había tomado un libro, ahora los tomo, pero no los leo. Comencé a investigar de libros porque me enamoré perdidamente de una intelectual a la que solía citar en ese bistrot, escucho música que a veces no me gusta, pero que me hace ser diferente, detesto a aquellos que saben lo que dicen que no tienen que fingir, que pueden decir la expresión «dialéctica» sin sentirse ignorantes. Cuando soy descubierto, trato de ser visceral con los conceptos y me burlo de quienes los aplican correctamente, no tengo opinión, sigo la de los que considero, intelectualmente, superiores a mi. Maquillo mi desconocimiento con opiniones poco moderadas, a veces utilizo palabras altisonantes para mostrarme visceral. Siendo sincero, nunca lo había notado.
Recordé que sobre ese pasaje hay un hostal en el que trabaja un compañero del hotel de cadena, en el que solía trabajar de bellboyme lamenté por no haberlo pensando antes y decidí caminar hacia allí, estaba cerrado, ni siquiera había alguien en la recepción. El frío cada vez era menos soportable y no tenía con qué abrigarme, desesperado, me senté en la fuente de cantera, metí mis manos al agua, que para mi sorpresa estaba más caliente que el ambiente, vi el reloj, eran 4:14 a.m y yo sólo esperaba el amanecer y así poder caminar a casa. Me senté, en su borde, suena This night has opened my eyes de ringtone, de lo poco placentero que me había sucedido en la noche, demoré en atender su llamada, fingí que todo era normal y que felizmente estaba acostado en mi cama. Por primera vez no detesté su maldita llamada de madrugada, esa noche había abierto mis ojos.

Colgó su llamada, no habían pasado más de 5 minutos, metí mis manos en mis bolsillos para matar el frío y descubrí que el derecho estaba roto, como por arte de magia, sentí algo pinchado mis piernas, metí más mi mano, empujé y por la parte baja de mi pantalón salió el billete de $500 que había tomado antes de salir de casa. No me sorprendí, me sentí privilegiado,de madrugada, el dinero no sirve de mucho, todo está cerrado, puedes tener hambre, pero a pesar de que estés dispuesto a pagar, los demás no están dispuestos a venderte. Caminé, de nuevo, hacia el jardín plagado de indigentes y marías, puse el billete en el bote de limosna que uno de ellos tenía cerca de su cartón y decidí caminar a casa, llegué hasta donde mis piernas y el frío lo permitieron, me senté en una banca del paseo del río y descansé un poco. Dormí cerca de una hora, comenzaba el trajín mañanero, las ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, cantaría Sabina. Yo agregaría al sin hogar, al vagabundo y al que abre los ojos al mundo por vez primera. Esa noche abrió mis ojos y no debería dormir de nuevo. El cielo era muy oscuro, señal de que se aproximaba el amanecer, en pocos minutos, el cielo se tornó púrpura y por el Este aparecieron las primeras llamaradas fulgurantes. Me levanté y no sentí el regreso a casa, a pesar de que era de subida, con un sol casi radiante llegué a mi casa tras una hora de ardua caminata, encontré a mis vecinos preparándose para ir a trabajar, puse la llave en la cerradura de mi casa, apenas la abrí y sentí una paz interior, un gran alivio y sabía que no sólo era por haber llegado sano y salvo, sabía que mi vida había cambiado, ahora sólo tenía que comprobarlo. Subí a mi cuarto, apenas me acosté en la cama, caí dormido, desperté hasta las tres de la tarde. 

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