domingo, 12 de agosto de 2012

La habitación del Súcubo.

Canta Albert Pla:

« Sols hi ha un home que recordin les iaies ,les iaies més velles, que recordin com se'ls amorrava a les calces quan elles eren joves. Sols hi ha un home que recordin les iaies que recordin com desperta les nenes quan deixen de ser nenes.»
(« Hay sólo un hombre que recuerden las abuelas, las abuelas más viejas. Sólo hay un hombre que recuerdan les amorraba a las bragas cuando ellas eran jóvenes. Sólo hay un hombre que recuerden cómo despiertan las niñas cuando dejan de ser niñas.»)

Cuando el eco del deseo nos rebasa, y la realidad juega a tambalearnos las nostalgias, nace el anhelo más puro: el experimentar lo que no es, y que nunca será, nuestro. Quizás todo es un reflejo de ceguera involuntaria: no queremos ver que deseamos por necesidad, ni que necesitamos para desear. Evidentemente, es una completa perogrullada, pero, tal vez, sea la única explicación del deseo: ¿Puede ser el deseo el artífice de nuestras más siniestras locuras?, ¿Es el deseo una de nuestras mayores necesidades vitales? La experiencia de Oriol quizás nos pueda contestar. 

El absurdo del mundo, y el falso misticismo, provocaron que Oriol sacara, de la alacena, la botella de Koskenkorva que su hermana le trajo de Finlandia. El Koskenkorva es una especie de vodka, típicamente finlandés, que quema al tracto gastroinstestinal desde el primer  contacto de la bebida con la boca. Oriol quería embriagarse, el peso del mundo cada vez era mayor y él no quiere ser un nuevo Atlas, así que decidió abrir la botella y beberla hasta el hartazgo, para sopesar el inmenso peso de la culpa que surge por desear aquello que no se tiene, pero que se ama por mera antonomasia. Colocó la botella sobre el respaldo de su reposet, caminó hacia su reproductor de música, conectó su iPod y seleccionó el playlist para las noches de alcohol y reflexión: una lista llena de canciones de Cohen, Waits, Sabina, Goyeneche, Chavela Vargas  que finaliza con canciones tradicionales catalanas que le enseñó su abuelo y que suele interpretar en su acordeón diatónico. Volvió al reposet y guardó la botella entre sus brazos, imaginándola como esa teta materna que tanto le dolió dejar, cabe señalar que Oriol detesta su madre, a pesar de que está muerta, y que piensa que la gran mayoría de los males son producto del control materno, que el suele llamar "tetomanía". Comenzó a beber de la botella, un trago tras otro, esa bebida similar al agua lo quemaba, pero justamente era lo que buscaba, el playlist corría; terminaron los cuatro tracks de Waits ,que había seleccionado, y no notó cuando la voz aguardientosa de Waits fue cambiada por la voz tabacalizada de Cohen. La botella seguía vaciándose, hasta que se derramó completamente sobre su pecho, Oriol no protestó y se quedó dormido.

La madrugada transcurría dentro del lúgubre manto de la soledad que no se tiene a quien contar y llegaron las imágenes que sólo aparecen cuando nos desprendemos de nuestra consciencia: las pasiones prohibidas, los besos anhelados, los actos psicópatas, los deseos culposos, los cadáveres exquisitos que escribimos en sábanas y no en papel. La sala de la casa de Oriol, que todavía mantiene la decoración hecha por su difunta madre, y en la que transcurría su desgracia etílica, fue cambiada por la habitación de la cual preferiría no conocer sus secretos,  allí estaba él, como un espectador más: como aquél taurómano que observa la faena desde la barrera de toriles. La habitación roja se ampliaba como un caleidoscopio al ser girado: de fondo, una pared rojo que recordaba la escenografía de alguna representación vodevil de La Divina Comedia; frente a ella, una cama semidesnuda que presumía sus sábanas de satén aperlado dignas de alguna puta aristocrática; al lado, un buró de caoba pintado con laca negra sobre el cual descansaban una lámpara y una botella de tequila barato. Oriol entró en pánico, por su perspectiva visual era complicado determinar su posición, así que decidió entrar en la habitación para descubrir, en primera persona, sus secretos; era un lugar completamente desconocido, pero igualmente excitante. Se recostó sobre las sábanas de satén y notó el espejo que reposaba sobre el techo tirolado con pasta blanca, no vio su reflejo, lo cuál alarmó, en primera instancia, su situación: Escuchó pasos, risas, sollozos y alaridos, dignos de alguna comedia veneciana del siglo XVII, al voltear hacia la orilla izquierda de la habitación, encontró su botella de Koskenkorva descansando por el reposet de su sala y que alguna vez le perteneció a su abuela. Se sentó allí, y confiado por su invisibilidad, se arriesgo a presenciar, morbosamente, lo que acontecería. 


El silencio evolucionó en el vació solemne que suele existir antes de que comience una ópera, chilló la puerta y entró un hombre rubio, con músculos marcados y rostro casanovesco. Con un lenguaje incomprensible llamó a su concubina, la cual resultó ser su compañera de tertulias, esa a la que le ha dedicado muchos versos, y también a esa, que desea embriagar con los licores de la pasión. Oriol se sorprendió al verla, ella vestía un liguero, incorporado a un corset, de seda negra que remataba en unas medias que recordaban las piernas de un ave dispuesta a volar muy lejos tras robar la comida de un nido de un pájaro más pequeño. Allí estaba ella sensual y amenazante, emitiendo un candor que sólo emiten las vírgenes más anheladas, el hubiese estado dispuesto a muchas cosas por ser el protagonista, y aunque sabía que ésta noche sería un simple espectador, la sensual imagen que presenciaba vigorizaba sus pasiones más carnales, sin embargo, no envidiaba al que hoy satisfacería a su musa. Comenzó la lid, como una obertura de Verdi: juguetonamente, pero sin perder el oficio. El casanova comenzó a besar el cuello de esa mujer fatal, sonreían y disfrutaban, pero no despertaban ningún tipo de envidia en nuestro entrometido protagonista. Ella quitó la camisa de su semental, que tenía un cuerpo muy torneado, el la tomó de las piernas y la subió a sus caderas, se besaban con pasión, Oriol tomaba otro trago de Koskenkorva, ella rasguñaba la espalda de su macho, mientras él comenzaba a desnudar ese cuerpo infernal de esa lasciva dama: primero descubrió su espalda, mientras detenía con su pecho los senos de ella, posteriormente comenzó a tocarlos y a lamer esos pezones tenues. Oriol no sentía ningún tipo de excitación sexual, su mente estaba casi en blanco y reflexionaba sobre lo que observaba, dos cuerpos desalmados buscando paz en la guerra, el playboy introdujo sus dedos en las bragas de la Circe de Oriol y ella tuvo una reacción que remitía al Súcubo que solían ilustrarse en las representaciones demoníacas que hacían los pintores eclesiásticos medievales. Por fin la bajó de sus caderas, a Oriol le sorprendía la fuerza de ese hombre, ni en sueños Oriol podría sostener, por tanto tiempo sobre sus brazos.

Se postraron en la cama, y sin tacto alguno, tiraron las delicadas sábanas de satén. Ella también, sin sofisticación alguna, quitó el pantalón de su hombre y comenzó a devorar su falo. Él parecía una estatua, tanta musculatura lo privaba de sentir, pero sabía muy bien lo que hacía, se aprovechaba de su víctima que buscaba exactamente lo mismo: buscar paz en la guerra. Hubo un cambio de posición, desnudó completamente a la consorte, y de nuevo, sin tacto alguno, empezó a penetrarla. Oriol se mantenía reflexivo, notaba lo absurdo de la situación y comenzaba a preguntarse si debería tener algún tipo de reacción: celos, furia, envidia. Camus le había enseñado, vía Meursault, que no existe mayor crimen que llorar en el funeral de su madre; Oriol tampoco lo hizo. Ahora se encontraba en una situación igualmente absurda: Si esa mujer es su máximo deseo, y ahora la tiene enfrente y desnuda, siendo complacida por su amante: ¿por qué no experimenta ninguna clase de celos?, ¿es también un crimen?

 La musa de Oriol gemía, cada vez más fuerte, el semental la penetraba con mayor vehemencia, pero distaba el paroxismo, los ojos de ambos amantes eran grises: estaban llenos de simulaciones, de culpas, de roles y frases hechas. Ella llegó a su orgasmo, físicamente complacida, pero era evidentemente que no podía ser complacida más allá de su cuerpo, él tardó un poco más, se desprendió de la vulva, que anhelaba Oriol, y caminó hacia el baño, que estaba justamente frente al reposet de Oriol, por lo que vio pasar frente a él al cuerpo desnudo del tipo que complace a su musa; no sintió asco, al inicio se sintió culpable por que quizás debería parecerle una escena agradable, después comprendió que no era ningún tipo de desviación homosexual, pues al verlos descubrió que mucha veces es mejor el deseo que la experimentación. 

La moradora de la habitación del Súcubo se levantó, caminó hacia el perchero que estaba en contra esquina al palco de nuestro quasi-voyeurista, Oriol observaba esas nalgas recién tomadas, esos pechos recién complacidos, ese cuerpo recién enloquecido y respiraba ese olor a sexo ajeno, por fin sintió excitación, su musa llegó al perchero, accidentalmente se cayó su bolsa al piso, por lo que pudo contemplar ese culo con mayor detenimiento, ella abrió su bolsa, sacó de ella una cajetilla de Lucky Strike, un Zippo rojo y un libro, tomó un cigarrillo, lo encendió con su Zippo, dio una bocanada, tomó la cajetilla, el Zippo y el libro. Caminó hacia la cama, se acostó en el lado derecho, pegada al buró, se metió entre las sabanas de satén aperlado, puso la cajetilla y el Zippo sobre el buró, en el cual estaba expectante la botella de tequila barato que permanecía cerrada debajo de un lámpara. Mientras colocaba sus vicios junto a la botella de tequila, descansaba sobre sus senos el libro que había tomado. Siguió dando bocanadas, su amante volvió a pesar frente a Oriol y se quedó mirando, fijamente, el reposet, su amante lo ignoró, ella seguía dando bocanadas, abrió su libro. Él, extrañado, volvió a la cama, apagó la luz, ella encendió la lámpara, Oriol notó que leía El Decamarón de Bocaccio, cláico que hacía no mucho que comentado con ella [...]

Oriol de pronto despertó por un que vibraba su celular, lo tomó y se sorprendió al notar que había entablado una conversación, vía SMS, con su compañera de tertulias. El último mensaje recibido era un alarde, enviado desde el número de su compañera, el cual describía lo privilegiado que era al ser su amante, extrañado por la redacción, Oriol revisó el restos de los mensajes: Descubrió que él había comenzado, por efecto del alcohol le envió un SMS diciéndole a su musa que él era feliz haciéndola suya en versos. Ella contestó con cierta indiferencia, supongo que le comentó a su amante, él, molesto, comenzó a detallar lo que Oriol anhelaba, Oriol concluyó con lo siguiente: «Podrás darle su mejor orgasmo, yo puedo escribirle los mejores versos».

Malditas alucinaciones hipnogógicas. 

  





No hay comentarios:

Publicar un comentario