martes, 8 de mayo de 2012

La Conquête (Parte 1)



Caminan por el Pont de l'Archevêché, le sonríes, él toma tu mano y parece que olvidas la cantidad de candados, con iniciales distintas, que has colgado del enrejado que limita el borde del puente. Recuerdo cuando colgamos el nuestro: amarramos un pañuelo blanco, con poca fuerza, pues no somos malos atando, lancé la llave al Sena y me sentí importante por un instante. Hoy soy un espectador de tu eterno retorno, estoy sentado en la rivera del Sena, miro hacia el puente y te veo pasar: es una linda tarde de martes, el reloj marca las 5 menos 10 (no cambias ni los horarios), vistes aquella gabardina de poliéster rojo que sueles vestir en los meses de entretiempo, tu cabeza es rematada por tu lindo canotier de cinta azul que te da un aire a Coco Channel, proteges tus lindos ojos con tus pequeñas gafas rojas; apuesto que tu cabello despide un aroma entre lavanda y Gauloises, prefieres el tabaco negro al dulce, tu cabello castaño rompe el viento; sigues sonriendo, él sigue tomando tu mano. 


Me pregunto cual será el tema de su conversación, él parece algo idiota, espero que, por mi autoestima, me equivoque. Soy un voyeur que se excita pensando en lo que le dirás, mientras hacen el amor, cuando subas a su lecho: ¿en qué barrio vivirá?, ¿Montmartre, Latino, tal vez en Le Marais? No sé, pero te puedo decir que Montmartre ahora me parece algo vacío, las lilas que sembraste en el balcón se han secado, nuestro gato adoptivo no ha vuelto por su lata de atún y ya no suena el disco de Ferré, intrepretando poemas de Baudelaire, que tanto te gusta. También me pregunto si será inmigrante, tienes un gran historial con ellos: recuerdo a Medvédev el pianista ruso, al corso Francheschi, al croata Zukovic y a Matinelli el argentino (¿o era uruguayo), por el que casi termino deportado. Siempre me dijiste que te enamoraba mi acento latino, que te apasionaba mi cultura mestiza y que enloquecías con mi temperamento pasional, que por paradigma, asignaste a mi nacionalidad; a pesar de ello, nunca te gustó mi poesía pasional, sólo me decías que me veía sensual escribiéndola, sé que no era por tus escasos conocimientos de español porque incluso cuando te escribía en francés opinabas lo mismo, la única pasión que te conquistaba era aquella que surgía entre las sábanas, aunque irónicamente, todo haya nacido de la literatura.  ¿Recuerdas cuando te conocí aquella noche en la Rue Lepic?  Yo bebía un vaso de absenta mientras trataba de concentrarme en mi reporte doctoral que tenía que entregar a la mañana siguiente , me pediste un cigarrillo y te contesté que no fumaba: aún tengo en mis ojos tu cara de sorpresa al escuchar mi respuesta. Sin consultarme te sentaste a mi lado, te sorprendió mi buen francés y me interrogaste sobre mi nacionalidad, arrebataste mis pocas lineas escritas y me cuestionaste si era estudiante de letras, contesté afirmativamente, tomaste una servilleta y me pediste que te compusiera algo, no lo hice, te dije que solamente lo haría si hacías lo mismo. Media hora después ya estábamos intercambiando besos con más furia y pasión que si fueran escritos, había perdido noción del tiempo y de la razón por la cual estaba en aquel bar, pedimos una botella de pinot noir y la noche se fue entre besos, risas y boberías que escribíamos sobre un papel. Me sorprendió tu sentido literario, de no ser por el alcohol lo habría tachado de mal gusto, no podía notar estilo alguno y habían palabras vulgares en todas las oraciones que componías. Supuse que ya estabas harta del juego y la botella estaba vacía, solicité la cuenta, dejé 20 euros en el mostrador y me pediste que te acompañara a buscar cigarrillos en la madrugada parisina. 

Salimos del bar, caminamos por la Rue Lepic hasta la Rue Tholozé, donde giramos a la izquierda. Frente al Hotel Des Arts me dijiste que ya no podías más, te recargaste sobre la pared, te deslizaste sobre ella hasta caer al suelo, entré en pánico: ni siquiera sabía tu nombre, hacían dos horas que te conocía, ahora estabas inconsciente en el piso, eran las 4 de la madrugada, a la mañana siguiente tenía que entregar mi reporte y no tenía idea de donde habitabas, así que te cargué, tomé un taxi en el Hotel Des Arts, entre el taxista y yo te acomodamos en la parte trasera del Citroën. Subí en la parte delantera y le pedí que conduciera hasta mi lecho en la Rue de Richelieu, tras un breve recorrido y soportando el silencio incómodo del conductor que presumía sobre el retrovisor una foto de Le Pen, descendimos del taxi y te cargué hasta el tercer piso de aquél viejo inmueble en el que mal vivía mientras terminaba mi doctorado en letras en París...

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