sábado, 12 de mayo de 2012

La Conquête (Parte 2)


Fue muy complicado sacar las llaves del bolsillo de mi abrigo contigo entre mis brazos, afortunadamente, eres pequeña y pesas muy poco. Sostenía tu parte superior con mi brazo izquierdo y el resto lo sostenía apoyando tu cuerpo contra la pared que solía ser blanca pero que el tiempo y el descuido la habían tornado gris, con cautela introduje mi mano derecha en el bolsillo de mi abrigo y con mayor precaución introduje las dos llaves en sus cerraduras correspondientes. Tuve cuidado de tu cabeza, entré de lado y con tus pies empujé la puerta al girar la perilla: sucedió el milagro. Mágicamente despertaste al momento en que, a obscuras, te postré sobre mi viejo sillón de mimbre en el que suelo sentarme a leer. No actuaste con extrañeza, no te sentías acosada; al contrario, me pediste que te sirviera un vaso de leche, te contesté que no bebía leche; me miraste con esos ojos de niña caprichosa, que después comprendí, que sueles hacer cuando no obtienes. -Entonces prepárame un café. -imperaste con un tono de seguridad-. -Tampoco bebo café. -te respondí con cierto sentimiento de mal anfitrión-. -Entonces ¿qué demonios son consumes? -me cuestionaste violentamente-. No fumas, no tomas leche y tampoco bebes café. -Quiero un vaso de agua. -Concluiste-. Fui a la cocineta por tu vaso de agua, abrí el grifo, y mientras se llenaba el vaso pensaba en lo que te diría cuando lo terminaras de beber, era incómodo tenerte en mi sitio sin razón aparente, soy propenso a necesitar razones. No dijiste palabra alguna mientras esperabas y me sorprendió que sacaras un cigarrillo y comenzaras a fumarlo dentro del apartamento, según yo, tu falta de fuego y de tabaco eran las razones por las me que habías hablado y por lo que salimos de aquél bar de la Rue Lepic, decidí no interrogarte, comenzaba a comprender la atipicidad del momento, si sólo hubieses querido pasar la noche conmigo, me lo habrías pedido directamente. Así que al salir de la cocineta fui directamente a la alacena por un cenicero y te lo entregué al momento de darte el vaso de agua, noté que ya habías utilizado como cenicero el pisapapeles con forma de plato dórico que detiene mis notas y que descansa sobre el descansabrazos de mi sillón de mimbre. Al darte el cenicero y el vaso de agua sonreíste satisfechamente y sin cruzar palabra me senté en el gastado diván que hacía pocos días que había comprado en Porte de Vanves.

La alineación del diván me permitía tenerte frente a frente, había concluido por completo el efecto del alcohol y tenía muchas preguntas, pero no quería las respuestas. -Bien, y ¿cuál es tu nombre? -te interrogué con cierto aniquilamiento situacional-. -Me llamo Madeleine; Agnes-Madeleine, pero me conocen, simplemente, como Madele. Pensé en lo atípico y cacofónico de tu nombre compuesto y repliqué: -Un placer conocerte Madele, mi nombre es José María, en francés equivaldría a Joseph-Marie, pero nadie me conoce por mi nombre, así que me puedes llamar así, o simplemente, decirme Lope, la contracción de mi apellido. -Qué lindo suena tu nombre español, me gusta tu acento extranjero, es lindo que no hagas la r gutural.

Terminaste tu vaso de agua, no sabía que decirte, vi el reloj y éste marcaba las cinco treinta de la mañana, dentro de poco saldría el sol. Te dije que pronto amanecería y que te recomendaba que pasaras el resto de la velada en el apartamento, acomodé mi cabeza sobre el cojín del diván y me quedé dormido. No supe que hiciste mientras dormía, pero caí fulminado, dormí un buen rato, desperté alrededor de las diez de la mañana, supongo que por el haz de luz que entró al momento que quitaste la cortina y abriste las puertas del balcón de par en par, sonaba La Javanaise, así que supuse que habías puesto tú un disco de Gainsbourg. Te vi sentada en mi sillón mimbre, con cigarrillo en mano, leyendo mi «J'irai cracher sur vos tombes» de Boris Vian, lo que me hacía suponer que habías entrado a mi habitación y que seguramente habías husmeado mi librero. Notaste que desperté y me dijiste, sin tacto, que sobre la mesa había había un flûte relleno de mermelada de naranja y una taza de café con leche. Se me hizo extraño, en mi alacena nunca hay mermelada de naranja, prefiero las baguettes a los flûtes y nunca bebo leche, y mucho menos, café. Me levanté del diván, jalé la silla de la mesa que estaba frente al desayuno que me habías preparado, me sentí, y al momento que mi trasero tocó el asiento grité: - ¡Carajo!, ¡El reporte! Lo debí entregar a las 8 de la mañana y ni siquiera lo terminé anoche, tendré que resignarme. Volteé a mi lado izquierdo y vi tus zapatitos rojos debajo del trinchador donde guardo los mantales y sobre el que reposan mis disco y su dispotivo de audio. Volteé a la derecha, sobre el perchero descansaba tu abrigo y el mio que anoche había dejado sobre la alfombra, miré sobre la mesa y encontré las llaves que suelo dejar sobre la alacena dentro del frutero que nunca tiene frutas, afortunadamente me compraste el periódico, y en su página central dejaste una linda nota que decía: «Tu me dois 20 euros.», me debes veinte euros. ¿Veinte euros por un frasco de mermelada, un frasco de café soluble, dos litros de leche, dos flûtes y Le Figaro? Además, yo nunca compraría Le Figaro, cada mañana voy al kiosko y la señora Labeouf ya me tiene listo Le Canard enchaîné... Sin decir nada te miré fijamente a los ojos, te enseñé la notita y sonreíste, maldita seas, que sonrisa tan hermosa tienes.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Romance del romancero desterrado. (Elegía a Emilio Prados)

(Prados, Moreno Villa y Luis Cernuda, miembros de la generación del 27, exiliados en México)

El pasado 24 de abril se cumplieron 50 años del fallecimiento de éste gran poeta malagueño, un juglar que con su poesía ayudó a sopesar el exilio. No me queda más que rendirle un homenaje mediante una elegía. ¿Por qué la antonomasia de romancero desterrado? Durante su exilio en México, Emilio, escribió el Romance del Desterrado; una de las joyas literarias más valiosas del exilio republicano en México.

Romance del Desterrado - Emilio Prados

Ay, nuevos campos perdidos,
campos de mi mala suerte!
Ahí se quedan tus olivos
y tus naranjas nacientes.

Brilla el agua en tus acéquias,
surcan las tierras tus bueyes
y yo cruzo tus caminos
y jamás volveré a verte.

No tengo casa ni amigo,
ni tengo un lecho caliente,
ni pan que calme mi hambre,
ni palabra que me aliente.

Brilla el agua en tus acequias,
surcan las tierras tus bueyes
y yo cruzo tus caminos
y jamás volveré a verte. 




Romance del romancero desterrado .
(Elegía a Emilio Prados)
Desterrado en México,
farero y su vuelta
de cuerpo perseguido.
Poesía de luz malagueña
llena de gracia típica
andaluza; juglar, Cierta
ocasión tuvo que ir
lejos de su bella tierra
y no recordar aquellas
rimas nocturnas absueltas
de penurias bélicas,
diáfanas lágrimas negras
y nostalgias portuarias,
su vida no fue la misma.
Emilio dejó de ser poeta,
olvidó sus letras ninfas
sin dramáticos destierros
ni tragedias encinta,
Emilio se volvió leyenda,
leyenda advenediza,
un republicano sin lid:
“roja sangrienta agonía,
sumisión azafranada,
subyugación púrpura.”
Blanca melancolía tenía
cuando recordaba su mar,
su sol y esa playa linda;
dulce Peñon del Cuervo.
Prados se fue sin propina
y moriría extenuado
donde un día yo nacería.

martes, 8 de mayo de 2012

La Conquête (Parte 1)



Caminan por el Pont de l'Archevêché, le sonríes, él toma tu mano y parece que olvidas la cantidad de candados, con iniciales distintas, que has colgado del enrejado que limita el borde del puente. Recuerdo cuando colgamos el nuestro: amarramos un pañuelo blanco, con poca fuerza, pues no somos malos atando, lancé la llave al Sena y me sentí importante por un instante. Hoy soy un espectador de tu eterno retorno, estoy sentado en la rivera del Sena, miro hacia el puente y te veo pasar: es una linda tarde de martes, el reloj marca las 5 menos 10 (no cambias ni los horarios), vistes aquella gabardina de poliéster rojo que sueles vestir en los meses de entretiempo, tu cabeza es rematada por tu lindo canotier de cinta azul que te da un aire a Coco Channel, proteges tus lindos ojos con tus pequeñas gafas rojas; apuesto que tu cabello despide un aroma entre lavanda y Gauloises, prefieres el tabaco negro al dulce, tu cabello castaño rompe el viento; sigues sonriendo, él sigue tomando tu mano. 


Me pregunto cual será el tema de su conversación, él parece algo idiota, espero que, por mi autoestima, me equivoque. Soy un voyeur que se excita pensando en lo que le dirás, mientras hacen el amor, cuando subas a su lecho: ¿en qué barrio vivirá?, ¿Montmartre, Latino, tal vez en Le Marais? No sé, pero te puedo decir que Montmartre ahora me parece algo vacío, las lilas que sembraste en el balcón se han secado, nuestro gato adoptivo no ha vuelto por su lata de atún y ya no suena el disco de Ferré, intrepretando poemas de Baudelaire, que tanto te gusta. También me pregunto si será inmigrante, tienes un gran historial con ellos: recuerdo a Medvédev el pianista ruso, al corso Francheschi, al croata Zukovic y a Matinelli el argentino (¿o era uruguayo), por el que casi termino deportado. Siempre me dijiste que te enamoraba mi acento latino, que te apasionaba mi cultura mestiza y que enloquecías con mi temperamento pasional, que por paradigma, asignaste a mi nacionalidad; a pesar de ello, nunca te gustó mi poesía pasional, sólo me decías que me veía sensual escribiéndola, sé que no era por tus escasos conocimientos de español porque incluso cuando te escribía en francés opinabas lo mismo, la única pasión que te conquistaba era aquella que surgía entre las sábanas, aunque irónicamente, todo haya nacido de la literatura.  ¿Recuerdas cuando te conocí aquella noche en la Rue Lepic?  Yo bebía un vaso de absenta mientras trataba de concentrarme en mi reporte doctoral que tenía que entregar a la mañana siguiente , me pediste un cigarrillo y te contesté que no fumaba: aún tengo en mis ojos tu cara de sorpresa al escuchar mi respuesta. Sin consultarme te sentaste a mi lado, te sorprendió mi buen francés y me interrogaste sobre mi nacionalidad, arrebataste mis pocas lineas escritas y me cuestionaste si era estudiante de letras, contesté afirmativamente, tomaste una servilleta y me pediste que te compusiera algo, no lo hice, te dije que solamente lo haría si hacías lo mismo. Media hora después ya estábamos intercambiando besos con más furia y pasión que si fueran escritos, había perdido noción del tiempo y de la razón por la cual estaba en aquel bar, pedimos una botella de pinot noir y la noche se fue entre besos, risas y boberías que escribíamos sobre un papel. Me sorprendió tu sentido literario, de no ser por el alcohol lo habría tachado de mal gusto, no podía notar estilo alguno y habían palabras vulgares en todas las oraciones que componías. Supuse que ya estabas harta del juego y la botella estaba vacía, solicité la cuenta, dejé 20 euros en el mostrador y me pediste que te acompañara a buscar cigarrillos en la madrugada parisina. 

Salimos del bar, caminamos por la Rue Lepic hasta la Rue Tholozé, donde giramos a la izquierda. Frente al Hotel Des Arts me dijiste que ya no podías más, te recargaste sobre la pared, te deslizaste sobre ella hasta caer al suelo, entré en pánico: ni siquiera sabía tu nombre, hacían dos horas que te conocía, ahora estabas inconsciente en el piso, eran las 4 de la madrugada, a la mañana siguiente tenía que entregar mi reporte y no tenía idea de donde habitabas, así que te cargué, tomé un taxi en el Hotel Des Arts, entre el taxista y yo te acomodamos en la parte trasera del Citroën. Subí en la parte delantera y le pedí que conduciera hasta mi lecho en la Rue de Richelieu, tras un breve recorrido y soportando el silencio incómodo del conductor que presumía sobre el retrovisor una foto de Le Pen, descendimos del taxi y te cargué hasta el tercer piso de aquél viejo inmueble en el que mal vivía mientras terminaba mi doctorado en letras en París...

martes, 1 de mayo de 2012

Defensores de la tierra.


Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo.” - Mikhail Bakunin.  


Defensores de la tierra.

Nacimos sin tierra, moriremos por ella.
Padecen mis manos por tanto labrar,
a golpes de sol siego dehesas bermellas,
bermellas por sangre, sangre de callar.

Nuestra espiga es para la doncella,
perversa tropelía que nos hace robar,
robamos por hambre, penuria plebeya;
sus cereales están sucios de domar.

Nos levantaremos, nos liberaremos
de tanta injusticia y sumisión,
la ansiada libertad conseguiremos.

Hasta nunca maldita subyugación,
los campesinos nos emanciparemos.
¡Viva nuestra anhelada emancipación!