lunes, 19 de marzo de 2012

La noche del Café Antich


Desalentadamente se cubría de nebulosas la noche del Café Antich: las mesas vacías, los manteles sucios, las voces quejumbrosas, los besos a media luz; lo de siempre, lo que resplandece en las tinieblas e ilumina las noches de los corazones dubitativos. Entré al local y percibí en el aire los vapores espesos del tabaco de los cigarrillos que se consumen ,poco a poco, en las manos de aquellos hombres de luz y de sombra, también sentí la brisa del café recién molido que suele darme agruras y que enferma de lugares comunes mis relatos...

Sentí la necesidad de entrar en aquél candor nocturno, tomé asiento en la mesa más apartada, tomé una servilleta y traté de escribir un soneto, esperando encontrar la inspiración en el lugar común; algo borgiano, algo bohemio, algo kitsch; así es el escritor (pos)moderno. Deslicé la mirada sobre la silla con forro de gamuza roja y la vi sentada frente a la barra platicando de no-sé-que-tantas-cosas con un joven que me parecía conocido. Ella portaba un vestido carmín que combinaba con su piel manzana y su roja cabellera suelta me remitía a las ilustraciones de Lilith, yo era todo un voyeurista y esperaba la oscuridad, fingiendo escribir en las servilletas.

De pronto se hizo silencio y podía escuchar con claridad su conversación, discutían sobre literatura, lo que se me hizo excitante en principio, hacían referencias a los grandes y recuerdo que pensaba: «Qué miserable, intelectualoide, no sabe de lo que habla y trata de impresionar a aquella bella dama de la forma más vil que puede existir.» Don Josep Antich, el dueño del lugar y personaje muy conocido en el barrio, pasó frente a mi mesa y le ordené una taza de Lady Grey, me moví a la barra y tomé asiento dos bancos a la izquierda de donde ellos se encontraban. Seguí escuchando su plática y ahora hablaban de Baudelaire y lo ligaban con Rimbaud, moría por entrar a su conversación y seducir a aquella bella dama con mis conocimientos adquiridos en los mis Paraísos Artificiales y en mi Temporada en el Infierno, olvidé por completo lo que pretendía escribir sobre la servilleta y comencé a divagar sobre lo que podría vivir al lado de ella, llegó mi té y me molesté porque me habían servido agua caliente con una bolsa marca Twinings en lugar de una exquisita infusión con bouquet paradisíaco, seguí escuchando su conversación y entonces decidí hacerla de ilustrador y dibujé la silueta de su espalda con suaves trazos de tinta negra, sabía que estaba actuando en la programación bohemia y me auto-asignaba el personaje tipo de "mirón y amante frustrado", comenzaba a ser parte de mi propio relato y ellos también lo eran...

Ordenaron dos tazas de café y yo seguí en lo mio, aunque sentía lo patético que era, mis trazos poseían mis manos y ahora sentía la necesidad de fumar un cigarrillo, a pesar de que yo nunca he sido fumador y que a ser sincero, ignoro como se hace, mi cuerpo era poseído por el lugar común, terminé el dibujo y mis manos escribieron lo siguiente sobre la servilleta:

«Tu piel , brillante como la blanca luz luminiscente y fulgente del amanecer del alba crepuscular me hace soñar ilusionadamente sobre el futuro posterior al pretérito pasado; necesito que me salves y que no me tires sobre las cenizas del cenicero que descansa al lado de tu taza de Kopi Luwak».

Volví a mi, leí la servilleta y automáticamente, en defensa de mi orgullo, dejé sobre la barra un billete de 5 euros y huí del lugar, al llegar al umbral de la puerta me di cuenta de que caía una fuerte tormenta y que tendría que soportar mi crisis literaria por unos minutos más. El joven que acompañaba a aquella mujer sensual salió enfurecido del café y antes de salir me miró con repudio; no le tomé importancia.

Lo vi de reojo, corría bajo la lluvia, trataba de cubrirse con unos diarios que había sacado de su maletín, de pronto sentí una peculiar presencia, era la piel manzana acercándose a mi, podía percibir su aroma a toronjil, la miré anonadado: su ojos de miel, el carmín de su vestido que hacía juego con su piel y sus labios, su escote que invitaba a ser interpretado; -¿usted escribió esto?- Me mostró la servilleta que había olvidado en la barra, bajé la mirada y mi ego intelectual cayó por los suelos:
-Es lo más hermoso que he leído, es tan vanguardista, tan sincero, tan interpretativo, tan figurado, tan profundo; mi nombre es Inés.-

La miré aterrorizado, huí y me interné en las fauces de la húmeda oscuridad de aquella noche.

Llegando a casa noté que no recogí mi cambio, ahora entiendo porqué leyó la servilleta...

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