domingo, 9 de diciembre de 2012

Los vástagos.

La nostalgia y la melancolía, son los vástagos:
decrépitos vástagos de tu flébil recuerdo.
Te disparo versos feroces, como relámpagos,
como palabras violentas que brotan de tu aliento.


 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ven, corazón cobarde.

Me gustaría hacerte mejores versos,
ya lo ves,
no soy un creador de poesía perfecta.

Antes,
me complicaba la vida,
en verso metrificado,
siempre escribía.

He aprendido a hacer cosas más simples,
a no ser tan severo conmigo mismo,
también,
he aprendido a quererte.

Ven, corazón cobarde,
que tengo mucho que ofrecerte,

Ven, corazón cobarde,
que tengo un misterio por revelar.

Ven, corazón cobarde,
que hace frío cuando
te extraño y quiero estar a tu lado.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Espalda blanca.


Mis dedos recorren tu espalda blanca,
te cuento que es muy hermosa,
tú sonríes y me dices que no es cierto.

Deshebro cada poro de piel e intento robar tu alma,
tu alma eterna, tu alma tan volátil; tan cambiante.
Trepo por el vacío de tu pasado,
ni si quiera me atrevo a averiguarlo.

Me sumerjo en tus ojos miopes;
que tal vez son más verdes que hace un momento.
Buceo entre tus extasiadas pupílas,
me matan tus dudas,
me destrozan los fantasmas que habitan
hasta mi rincón más oscuro.

Dentro, todo es caos, pero tu presencia,
podría salvar mi alma.  

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Piensa en mi.

Piensa en mí cuando beses, cuando llores también piensa en mí. Cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin ti. - Agustín Lara

En la posmodernidad, un tweet puede ligar un amor «extraño» con una de las canciones más hermosas del inconsciente colectivo. No sé si ese piensa en mi era para mi, pero lo asumo, porque yo todo el tiempo pienso en ti: tu-sabes-quien-eres.

Ángeles Mastretta también utilizó una canción del «flaco de oro» para titular una de sus novelas: «Arráncame la vida», Ángeles Mastretta y yo no tenemos nada en común, de hecho, nunca he leído nada de ella, y sé que no son buenos los prejuicios, pero su lectores hacen que no se me «antoje» leerlo. 



 Me gustaría ser breve, decirte que el verbo piensa sumado con la palabra «mi», puede ser producto de múltiples polisemias. Piensa en mi (es decir, en tu humilde servidor), para guitarristas, piensa en mi, podría ser una metonimia de pensar de forma «estándar» (La guitarra generalmente se afina en Mi), piensa en Josemi: ese como me gustaría. Decirte que pienses en mi no sería equivalente a decirte que pienses en do, o que pienses en fa: pero te pido que pienses en Josemifasolasi, porque él cumple su cometido.

Me gustan las sincronías; esas canciones, esas frases, esos autores, esos olores, esos sabores, esas palabras que llegan en el momento preciso. Dirás: ¿por qué lo relacionó con la guitarra? Ella fue la que ocasionó todo lo sucedido. Te he platicado de mi tío el ciego, el que es guitarrista: me acerqué a él para que me enseñara una técnica de interpretación de boleros: ¿adivina cuál tocó para ejemplificarme? Piensa en mi. Lo tomé como un mensaje, y si pensaba en ti, ahora lo hago más. Porque te extraño, porque estoy alerta, porque tengo que retratar esos pequeños momento que a veces parecen mentira: ¿recuerdas que un día de eso te hablé camino a tu casa?

Ahora esa canción, es tú canción y puedes estar segura que seguiré pensando en ti; a todo momento, en cada gesto, en cada linea que escriba allí estarás... Siento que ésta entrada está muy incompleta, pero no tengo nada que agregar: seguiré pensando en ti.

Nadie mejor para cantar esa canción que la Vargas:



domingo, 25 de noviembre de 2012

Hoy, como casi siempre.

Hoy, como casi siempre, amanecí de mal humor. Esta vez había algo distinto, el subconsciente (a modo de sueño) me acababa de señalar aquello de lo que no me había percatado: ¿Tan contradictorio puedo ser entre lo que manifiesto y lo que puedo hacer? Esta vez, sí lo sé, y sí, sí lo puedo ser.

Y es que me duele pretender un «amor» civilizado: matar al amargado y a la mala persona que suelo ser; duele porque tal vez esa sea una forma alejarte. Quizás, te hice caer en desamor, y toda la «buena» imagen que tenías, murió: eso es lo que soy, y lo que siempre fui: soy una mala persona. Podría decirte, ególatramente, que no lo percibo así, que nunca pierdo: no me duele perder por ti; es que llenas de luz mi oscura forma de ver la vida, llenas de tacto mi visceral trato a la gente, llenas de silencio los gritos de una quimera encadenada que vomita palabras. Me duele tu premeditada indiferencia, pero me duele más el no poder ni siquiera saber que es lo que pretendes: estoy derrotado, y los corazones rotos, como me dijiste, no sólo duran cinco minutos cuando crees haber visto la revelación.

Y tal vez sea un acto de fe, un reflejo de poeta trasnochado. Pero el Dios bajó del Olimpo para internarse en los mares de tus misterios para poder crecer; si te vas, ese es mi consuelo: me has mostrado que, tal vez, la gente puede cambiar y estoy comenzando por mi mismo. Cuando fui martillo no tuve piedad, ahora que soy yelmo, preciso paciencia. Puede ser que ya hayas emprendido tu vuelo, que sólo hayas sido un ave de paso, un amor de una vez, pero esa vez abrió ese candado que creí blindado: anteponerme ante alguien.

¿De qué sirve saber tanto si no se puede sentir? Esa pregunta ya la pude resolver: ¿sabes cómo? chocando contra esa enorme pared que has puesto entre nosotros, ese silencio de hielo que no dice nada, esas manos yertas que no revelan sus mapas, esos labios que se esconden entre junglas de dudas, miedos y tabúes.

Cómo me gustaría amarte, cómo me gustaría perderme, cómo me gustaría cumplir aquello que predicaba Benedetti: Quererte sin preguntas, que tu me quieras sin respuestas, si tan sólo se pudiera obtener lo que se quiere...

Hoy, como casi siempre, soy consciente de lo contradictorio de mi existencia, pero hoy hay algo distinto, hoy me interesa que no siga siendo así.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Los pájaros de tu boca.

Me contengo de liberar los pájaros de tu boca,
de perturbar esa pasión tan tuya que me atrae como el flautista de Hamelin,
aunque yo no sea una rata.

No saber a donde podemos llegar,
permitir anular mi «pesimismo»;
querer ver el lado más amable de la vida.

Pensar los pasos en falsos,
mantener la mirada fija en tus ojos llenos de mañana,
querer liberar, de nuevo, los pájaros de tu boca y volar...

Volar hacia donde ya no tengo nada que temer,
donde me puedes matar,
donde me puedes renacer.

Donde no importa lo que se sabe,
donde sólo sirve sentir,
saber que estarás allí,
con la llave que me haga liberar los pájaros de tu boca.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El porvenir.

¿Para qué tomar el tiempo, si el tiempo nos tomará a nosotros?

Cuando me siento a escribir, trato de detallar las paradojas más inquietantes de mi mundo: mis contradicciones, mis vicios, mis culpas, mis complejos. Analizo cada palabra de lo que pretendo proyectar, soy severo conmigo mismo. Me molesto cuando no tengo noticia suya en todo el día, estoy al pendiente de su llamado, de esta naciente necesidad por querer estar con ella. Podría blasfemar y jugar al amante idealizado, creer que es un soplo la vida, que algún día volveré con la frente marchita. Hoy, más viejo, más cansado; pretendo que el tiempo y su devenir sean meros espectadores de la obra que presento a cada instante. Busco llenar mi vacío existencial en cada gesto, en cada frase, en cada latido; ocultar mi insensatez con enamoramiento: querer dar lo mejor de mi, ¿qué más puedo ofrecer?

Algún día creí tener respuesta, hoy sólo tengo dudas, y esta soledad que hace que jamás esté solo, me habla de aquellos efectos colaterales que ya he conocido y que no quiero volver a padecer: no es un intento de ascesis, tampoco es un ideal egocentrista, es un reflejo contra el sufrimiento, una forma de engañar al dolor con los placeres. Sentirme más allá de lo «humano», creer que tengo mi propia forma de percibir el medio, a veces, tratar de imponer un punto de vista que ni yo mismo comprendo. «Todo pasa y todo queda», inventar nuevas realidades, restarle al cero, buscarle otra pata al gato. Entonces, salgo de mis vicios y me interno en vicios ajenos, que a veces confundo con virtudes.

No puedo engañar a la gente, no fui programado para soportar la desdicha, pero a veces tengo que mentir para poder mantenerme a flote en éste mundo tan incomprensible. Pensar demasiado, esperar poco, querer mucho: ¿dónde está mi coherencia si realmente me siento «dependiente»?

Quiero creer que mañana será mejor que hoy; ayer dije lo mismo. Me burlé de los «enamorados», hoy soy uno de ellos. Me burlo de los que viven en el futuro, quiero vivir mi futuro con ella. Ella no lo puede saber, no puedo mostrar debilidad, eso no lo hace la gente «pensante». Detesto que ella dude tanto como lo hago yo, y me veo del otro lado. Escribir «poesía» «romántica», olvidar mi esencia crítica sobre el amor, abusar de sus narcóticos y querer aprender: no juzgar, no esperar, querer «racionalmente», atormentarme con mi pasión por la tragedia; esa que siempre llegará, esa que siempre espero, incluso de ella...

Seguiré, nos han engañado con el porvenir, pero yo viviré lo que me toque; estaré conforme con aquello que suceda: creo que a eso le llaman madurar.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sin título.

Perderme en el clamor de tu mirada, en sus destellos de futuro,
ignorar mi itinerario y viajar por la senda que siempre he querido recorrer.
Llenar de poesía cada nervio de tus pupilas y recordar mi origen, saber que eres mi Ítaca,
la tierra prometida a la que vuelvo. 
Besar tu talle, recorrer tus caminos, y como un pionero, archivar cada ruta en nuevos mapas,
en cartas de una geografía desconocida que se descubre a cada instante.
Dejar el exilio y volver a tus labios, ansioso de liberarme de las cadenas que tanto me han reprimido.
Viajar por tus mares violentos, guiado por el faro de tu puerto que juro ya conocer.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Qui peut dire?





Les jours, tous, plus ou moins se ressemblent et les nuits. Mais qui peut dire, demain sera comme aujourd'hui? Qui peut être assez sûr? - Françoise Hardy. 

(Los días y las noches, todas, mas o menos se parecen, pero quiero que me puedas decir: ¿mañana será como hoy? ¿Qué tan segura estás de que lo sea?)

Si basta decir que no tengo palabras para explicarte el éxtasis que esa noche sentí a tu lado, me resigno a vivir para siempre en el barrio de los corazones abandonados, esos seres que no pueden beber las mieles agridulces que emanan de la fuente del pecado. Un escritor checo, que tiene mucha responsabilidad de mi extraña concepción de amor, citaba en su obra más famosa: [...] - El tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir [...] Si, efectivamente, la felicidad es el deseo de repetir: quiero que mis manos, durante un tierno y largo beso, acaricien de nuevo tu cintura, que sientas como se desliza cada uno de mis dedos a través del frío suéter que supuestamente te protegía de las inclemencias del clima. Estrecharte en mi pecho, besar tu cuello y prometer que el momento es el momento; que no existen mañanas, mucho menos pasados. Que el tiempo es un simple espectador de esa escena que permanece filmada en nuestras pupílas, más allá del trajín rutinario de una noche de sábado. Morirme de nervios cada vez que tratas de encontrar mi mirada, acariciar tus manos, robarte el aliento, robarte un poco de aquello que tanto me falta y darte un poco de aquello que tanto necesitas. Contar nuestras penas, nuestras inquietudes, saber que estamos, y aunque no debamos quererlo, pretender que todas las noches sean como esa noche; llenas de pasión, de ilusiones, de tener los pies en la tierra y pretender que las cosas sean mejores. 

Yo no quiero que tu amor sea como la lluvia de esa noche, intermitente. Tampoco quiero que tu pasión se quede almacenada en mi baúl de recuerdos, porque mi irracionalidad precisa más. Más de ti, más de tu voz, más de tu aliento. Estamos parados, en medio de la noche, esperando el adiós, queriendo que el tiempo se pueda detener, que la lluvia no nos moje, que la humedad del ambiente permanezca ajena a lo que es esencialmente nuestro. No sé si habrán más noches como esas, pero créeme, mujer de piernas largas, que lo deseo con la misma pasión que me nace cada vez que te retrato en mis textos...

Y el mundo seguirá su curso, como siempre lo ha hecho, pero quedan nuestros besos, las palabras que te di, tus caricias, aquello que no me quisiste decir. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Tratado de noche de domingo.


¿Sabes? Detesto que desnudes mi mirada, soy un tipo que no mira a los ojos por el temor a ser descifrado, realmente estoy convencido de que los ojos son el espejo del alma.

Tal vez soy una de esas aberraciones populares que afirman que verbo mata carita; y no te lo negaré, pero considero que soy mejor escritor que discursista y por eso narro el momento, esperando a que sólo tu puedas codificar el verdadero sentido de éste «tratado de noche de domingo», mis lectores, si es que tengo, tal vez considerarán que soy un cínico, tampoco lo niego, lo soy y disfruto serlo.

A la mala aprendí que en el «amor», las casualidades no existen. Vamos ligando suceso tras suceso y siempre le queremos dar, a todo lo que hacemos, ese toque de «diferencia», también a todos los momentos que consideramos trascendentales, incluso a las personas que se nos cruzan por la senda que vamos trazando a cada instante. Pero realmente sería un patán si no te dijera que disfruto mucho de lo que «depara» el destino, de observar todas las cadenas de sucesos y procesos que desembocan en pequeños golpeteos sobre el teclado de mi laptop que posteriormente, por un shock eléctrico, se codifica en una letra «virtual»; que en conjunto codifican, de nuevo la palabrita, mis pensamientos más sinceros en palabras que tratan de convertir fenómenos cotidianos en literatura pura. Yo desconfiaría de los escritores, solemos confundir la literatura con la realidad y te pido disculpas, como a todas las musas, de tener la morbosa necesidad de retratarlas en mis relatos.

Un escritor portugués, Fernando Pessoa, escribió lo siguiente:
Todas las cartas de amor son ridículas. No serían cartas de amor si no fuesenridículas. También escribí en mi tiempo cartas de amor, como las demás, ridículas.Las cartas de amor, si hay amor, tienen que ser ridículas.Pero, al fin y al cabo, sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amorsí que son ridículas.Quién me diera en el tiempo en que escribía sin darme cuentacartas de amor ridículas.La verdad es que hoy mis recuerdos de esas cartas de amor sí que son ridículos.(Todas las palabras esdrújulas, como los sentimientos esdrújulos,son naturalmente ridículas).


Soy un hombre ridículo, y naturalmente, esa es mi forma de ser. No escribo cartas de amor porque el medio ha evolucionado, y con ello, también su grado de ridiculez. Exhibo al mundo mis epístolas y me muestro como lo que soy: un simple sujeto que disfruta de «explayarse» a través de lo que podría ser considerada como literatura adolescente. Nadie sabe quien eres, nunca te exhibiré, pero estarás entre mis lineas taciturnas.

No desesperes, ni te des por vencida. Que si buscabas un poeta; ya lo tienes. Puedo ser tu poeta, tu juglar, tu cuentista, tu ensayista, tu novelista, tu pareja, tu novio, tu amante, lo que decidas que sea. Pero no me pidas que no te escriba, que no habites en éste mundo que es un poco más lindo que el que está allá afuera. Rómpeme las rimas, los paradigmas, los clichés, pero no destruyas mi ilusión de ser rehabilitado. Atrévete, tienes mucho que perder, lo sé; pero salta al vacío y no te arrepentirás, que muchas veces, las malas compañías son las mejores.

«Por decir lo que pienso sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron (y más de un bofetón).» - Joaquín Sabina en «Tan joven y tan viejo». 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Esa noche abrió mis ojos.




Esa noche abrió mis ojos.

04:15 a.m, muerto de frío; sentado en el borde de la fuente olvidada que se ubica en un callejón desolado del casco viejo de mi ciudad. Sale vapor de ella, la temperatura del agua es superior a la del ambiente y me es inevitable sumergir mis manos yertas en esa especie de pequeño mar calmo. Suena el ringtone de mi celular y demoro en atender la llamada, quiero disfrutar los primeros acordes de This Night Has Opened My Eyes de los Smiths, leo su nombre en la pantalla del aparato y contesto:
̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣̣—Te dije que vinieras, llevo horas esperando—. Dijo su voz plagada de clichés de intrigas y misterios.
Sabes que no me gusta tener que localizarte, pero esta vez me tienes preocupada, aún no apareces—. 
Cambió a un tono que seguía sin mostrar la preocupación adecuada a lo que trató de decirme.
Lo siento, no vi pertinente visitarte ésta noche, me falta valor—. Contesté seguro, a pesar del frío y de mi estado de ánimo, apenas terminé mi intervención y estrepitosamente su voz interrumpió el diálogo que pretendía continuar:
Sabes que siempre te espero con la ventana abierta y que, en el lado derecho de mi cama, guardo tu lugar, realmente quiero que estés aquí.
¿Hablabas en serio cuando me dijiste que querías que saltara por tu ventana al estilo de Otto de Los Amantes del Círculo Polar?— Le pregunté, tratando de moldear mi voz y evitando sonar hostil; sollozó y continuó, aumentando la violencia de su reclamo:
Pensé que eras valiente y que todo lo que me dijiste era con intención de que sucediera, pero veo que no; eres cobarde y no tienes palabra. Tienes muchas palabras para tenerme cual Penélope esperándote acurrucada en mi cama a la expectativa de que saltes y te acuestes a mi lado derecho—. Sin más terminó la llamada. 

Me lamenté unos segundos, me encontraba sentado, titiritando, en ese borde de cantera desgastada porque había decidido ir a visitarla, pero no consideré que ella hablara en serio. Es muy complicado que pueda percibir cuando la gente afirma o pide y que realmente no tiene intenciones que suceda. Si siempre me guiara con lo que dice la gente, tendría muy buenas relaciones con amigos del pasado con los que he quedado para tomar unas cervezas o con la ex-novia con la que prometí tener un viaje carretero al estilo Thelma y Louise. Declaramos muchas cosas y nunca definimos el sentido, siempre lo relegamos al sentido común, y al menos de mi parte, sé que no sucederá. Sería como pedirle matrimonio a esa muchacha de ojos tristes con la que prometí encontrarme, cuando pasen los años y estemos cansados del mundo, en Trafalgar Square. Siguiendo mi intuición ,que a veces confundo con aquello que no haría siguiendo mi lógica tradicional, decidí salir de mi casa al filo de la media noche después de que ella me indicara por messenger que la fuera a visitar.  

Tomé un suéter, salí a la calle, paré un taxi y le dije al conductor que me condujera a casa de ella. El viaje fue breve, a pesar de que no es una distancia muy corta, pagué el importe, descendí de ese Tsuru aromatizado con esencia de vainilla y me congelé unos instantes frente a su casa. Según el instructivo que me había dado horas antes en nuestra rutinaria charla vía messenger, tendría que ir al callejón que da a la parte lateral de su casa, escalar un pequeño muro, llegar al patio trasero y, con cautela, subir la escalera de caracol que utilizan para subir a la azotea. Nada de eso, me postré delante del árbol que da hacia la salida de su cochera y me intimidé por la cantidad de luces que aún permanecían encendidas. En un momento de incertidumbre con sabor a miedo, decidí continuar sobre la acera en la que se ubica el callejón indicado en el instructivo. Me topé al callejón, pero decidí seguir caminando en linea recta, caminé unos 200 metros y entré a un pequeño minisuper que, para mi sorpresa, seguía abierto a pesar de ser poco más de la media noche. El olor penetrante de la fruta, del día que recién finalizaba, se mezclaba con el de los químicos de limpieza que se venden en grandes bidones de plástico y con el de las corrientes croquetas para perro que se desparraman de esas débiles cajas de cartón, la luz amarilla y tenue que se reflejaba en el viejo enfriador de Coca-Cola le daba ese toque de magia que rara vez se encuentra en los lugares cotidianos:

Ya no puedo vender cerveza, son más de las 12—. Dijo una vieja de cabello blanco, con voz enérgica y cara de pocos amigos, al ver que me acercaba al enfriador de Coca-Cola que realmente estaba relleno de caguamas. No le contesté, apenas volteé lo suficiente para ver su rostro.
Me sentí presionado para comprar, y conjugado con mi nerviosismo por lo que tenía que hacer y con mi timidez, casi paranoica, que surge después de la media noche, ocasionó que rápidamente y  de forma casi mecánica tomara un Orange Crushal tiempo y de lata, que encontré en un estante lleno de refrescos. Mi torpeza y  la actitud de mosqueo que auto percibí, ocasionó que me pusiera aún más nervioso. Caminé al mostrador, pregunté el precio y me sentí ridículo; tanto tiempo de silencio había ocasionado que no me saliera la voz. La señora dijo $7.50, saqué de mi bolsa el importe exacto, puse las monedas sobre esa tabla gastada de madera que estaba debajo de esas ridículas rejas de metal hechas para servir de protección en caso de asalto y sin más, di las gracias y caminé con sentido a su casa.

Camino a mi objetivo, pensaba en lo arriesgado que sería cumplir con la misión, pero sabía que le molestaría que no la hiciera. Entre olor a tacos al pastor y otros antojitos nocturnos, pensaba en la siguiente escena: Yo, subiendo la escalera de su casa, siendo observado por los ojos rabiosos de su padre, su rostro de sorpresa y de furia al verme allí, parado en la escalera de su casa, visitando a su princesa.  Mi imagen mental tenía todos los detalles para que me intimidara: su ridícula pijama con estampados de algún equipo de fútbol americano, el relamido de su bigote al finalizar su grito lleno de insultos, que diría al verme y antes de ir por su escopeta de caza. Después el grito chillón de su madre diciéndole: —¿Qué sucede, mi amor?—. y para finalizar, el gato burlón que camina de azotea en azotea indicándome lo ridícula que será mi muerte.

Me paré frente a su casa, vi la hora en mi celular: 01:02 a.m, las luces estaban apagadas y decidí encaminarme hacia el callejón que da hacia la parte lateral de su casa. Apenas llegaba la luz de la farola que se ubica en la esquina del mismo callejón, pero del otro lado de la calle sobre la que se encuentra su casa, los tacos al pastor y el minisuper. Lo primero que encontré fue un gran contenedor de basura del que no podría determinar su color, la oscuridad del callejón lo impediría. Me fui internando en el lóbrego pasadizo, de un lado tenía la pared de la casa de sus vecinos, de la cual colgaba un gran higuera, que pude determinar gracias a que pisé un higo y su suave textura hizo que me preguntara lo que había pisado, me animé a investigar porque sabía que no eran heces de perro, crujió al momento en que mis pies se postraron sobre aquella materia misteriosa. Llegué al pequeño muro que había indicado, ni tan pequeño, medía más de 2 metros y medio, soy un hombre alto, 1.95, y mis brazos no alcanzaban su borde más alto. Eso, sumado con mi temor, mi nerviosismo y lo ridículo que me sentía, ocasionó que decidiera abortar la misión. Para examinar, saqué el celular de mi bolsillo y con su débil luz, traté de ver la altura real del sitio. Al salir de ese sitio, un gato saltó sobre los contenedores de basura y se me pusieron los pelos de punta. Continué caminando por su calle hasta la avenida principal, las luces de los coches indicaban que era viernes, el tránsito era constante.
Llegué a la avenida y decidí cenar algo, fue fácil encontrar un lugar, mi hambre era grande, mi presupuesto corto, por lo tanto, disminuyeron mis exigencias gastronómicas.  Arribé a esa taquería oaxaqueña para borrachos que se ubica en la delimitación del centro histórico y su colonia, supongo que es de oaxaqueños por el nombre y por la apariencia de la gente que labora allí, y es de borrachos porque es la única taquería, en la ciudad, abierta hasta las 5 de la mañana. Me senté en una de esas mesas de plástico blanco con propaganda impresa de cerveza Carta Blanca, ¿por qué Carta Blanca, si no la venden en mi ciudad? (tampoco en Oaxaca), ordené 9 tacos, 6 de bistec y 3 de pastor. Afortunadamente, para mi bolsillo, en esa taquería de mala muerte, los tacos se venden a 3 por 10 pesos, la pequeña mesera de piel morena y cabello negro como el barro que se elabora en su Estado natal, pequeña por su estatura, me tomó la orden, no ordené bebida, porque recordé que en un bolsillo de mi sudadera, guardaba el Orange Crush que había comprado para matar el tiempo. Saqué la lata, la puse sobre la mesa, y de forma odiosa, la mesera me dijo que no podía introdujir bebidas ajenas al local (sic), no le dije nada, entendía que era su trabajo y recordé la ocasión en la que siendo mesero, le escupí al té chai de un cliente porque había sido grosero conmigo al indicarle que en el establecimiento no se podía fumar. Me trajo mis tacos y saboreé esa carne horrorosa, de dudosa procedencia, con mucho limón y guacamole licuado.

Terminé, pedí la cuenta y al momento de sacar el dinero, noté que mi billete había desaparecido. ¡No podía ser peor!, moría de pena, no tenía idea de lo que tendría que hacer. No tengo familia en la ciudad, y si la tuviera, no son horas para pedir ayuda, no cuento con tarjeta de débito, mucho menos de crédito y tendría que ir a mi casa por dinero. Busqué el billete en todas mis bolsas, sabiendo que era inútil, siempre guardo mis billetes en la bolsa izquierda de mi pantalón, en la derecha siempre guardo mis llaves. Pensé en dónde pude haberlo extraviado, a pesar de que era en vano, no sabía si lo extravié al momento de pagar el taxi, cuando compré el Orange Crush  o cuando saqué el celular para alumbrar el muro de su casa. Muerto de pena, le dije a la mesera que había extraviado mi dinero. No cargo cartera, sé que debería tener una. Me dijo que no me preocupara, pero que le dejara algo de valor y una identificación, lo único de valor superior a mi cuenta, $3o pesos, que cargo es mi celular, que es uno de esos que la vox populi a denominado “del Oxxo” y sólo cargo identificación cuando es necesario, afortunadamente, tuve un momento de lucidez y me le acerqué a un joven con apariencia de godinez que cenaba solo en una mesa cerca de los baños. Le pregunté si tenía Telcelobviamente me vio con cara de muérete, no son horas, ni el lugar, para hacer cambios de compañía de telefonía móvil. Soy pésimo para hablar con desconocidos, y mas en situaciones de alta pena, le dije:
Te seré franco—. Después me di cuenta que era innecesario mostrar esa franqueza.
—No tengo para pagar la cuenta, perdí mi cartera. Si tienes
Telcel, en Plan Amigo, te transfiero $150 pesos a cambio de $100—. Le pedí $100 pensando en el importe del taxi que tendría que pagar para volver a casa.

El joven godinez me dijo que sí, lo cual me sorprendió y alivió mi gran pena interior. Al momento de comenzar la transferencia de saldo, no podía recordar ni el número para enviar el mensaje, ni el procedimiento. Dichosamente, pude recordarlo. Le pedí su número, me lo dio, tecleé lo siguiente y lo envié al 7373: 442 371 32 43 100. Al poco tiempo, me llegó un mensaje diciendo que no se podía transferir mi saldo, no podía ser peor, tuve que consultar mi saldo y noté que era de $55, por lo que tuve que disculparme y sólo pedirle el importe de mi cuenta. Repetí el procedimiento y en esa ocasión fue satisfactorio. El oficinista amablemente sacó tres monedas de $10 pesos, las tomé, le dije gracias a la cajara y se las di.
Saliendo de esa taquería de mala muerte comencé a preguntarme donde debería pasar la noche. Decidí caminar hacia el centro de la ciudad, atravesé esas calles que de día están llenas de movimiento, pero que por las noches están muertas y también por esa que de día están muertas pero que por las noches están llenas de ruido, autos y gente. Crucé la calle principal y en la esquina de un Oxxo me encontré con un grupo de travestis que me dijeron algo pero que decidí ignorar, para mi mala fortuna, sólo faltaba que me persiguieran y que me filerearan para después mancillarme. Afortunadamente no fue así, caminar por esas calles, de mala fama, a altas horas de la noche nunca estuvo en mi itinerario de vida. Andar por esas aceras estrechas, caminando sobre cloacas malolientes y esquinas mudas en las que dentro de pocas horas se improvisarán puestos de tamales y donde las doñas indígenas pondrán sus largos manteles de tela colorida para ofrecer hierbas medicinales y frutos silvestre, hace que el temor disminuya, a pesar de que mi respiración se aceleraba a cada instante.

Salí de ese barrio populoso de día y sombrío de noche, llegué a la avenida principal de esta parte de la ciudad, la crucé y por fin pisé tierra conocida. Ya estaba en el Centro Histórico, continué por la misma calle de cloacas malolientes y me percaté que de noche, esa parte de la calle no cambia a la de la calle anterior. En la banqueta del otro lado, caminaba un señor que vestía camisa de cuadros, pensé que quizás se encontraría en una situación similar a la mía y traté de imaginar su historia, pensé en los detalles de su historia: Posiblemente, salió de uno de esos hoteles baratos que se encuentran sobre ésta calle. Pensé en dos posibles escenarios: acaba de contratar a una prostituta y vuelve a casa, pero lo descarté porque lo lógico sería pasar la noche allí, después pensé en que quizás salía porque tenía esposa y precisaba volver a casa. El señor no se veía con buena pinta, y traté de crearle un escenario con menos carga de prejuicios, pues su facha: camisa de cuadros, vientre chelero, pantalón de gabardina, cerca de 50 años y que posiblemente huele a loción corriente mezclada con alcohol de la misma calidad, me hizo ver que soy un gran tipo para retratar personajes tipo. Después añadí que posiblemente trabaja de godinez en el despacho de su compadre, que tiene que humillarse con su amigo para pagar el internet que utilizan sus dos hijas para utilizar su Metroflog, que asisten a un bachillerato técnico, que escuchan reggeaton y música de banda, que posiblemente quedarán embarazadas en poco tiempo, que su esposa lo engaña con su primo y que no tiene más motivación para evitar el suicidio que gastar lo poco que le queda para él en una prostituta que siempre le hace el feo cuando él le pide besos, pero que no le dice nada, cuando por 100 pesos extras, lo deja venirse en su cara y en reunirse con sus amigos en la cantina de muerte lenta, que se ubica cerca de allí, en la que los jueves, por 50 pesos, puedes tomar dos cervezas y comer una comida de tres tiempos que finaliza con un delicioso chamorro adobado. Posteriormente me di cuenta que aún no cambiaba el prejuicio y pensé que quizás es un tipo que trabaja en el hotel y que camina hacia la avenida para tomar un taxi, me pareció que mi personaje tipo anterior era más acordé y agregué que no salió del hotel, sino que atravesaría la avenida para encontrase con los travestis que, minutos antes, había encontrado afuera del Oxxo.  Terminé de imaginar la historia y cuando me di cuenta, me encontraba frente a la plaza en la que en su subsuelo se ubica un estacionamiento que está abierto las 24 horas. Inicialmente la idea era caminar hasta mi casa, que aún estaba lejos, pero el cansancio y mi miedo por caminar por rumbos desolados era mayor que mi pena por pernoctar en la vía pública.

Me senté en una banca de la plaza y decidí pernoctar en ella, tomé un par de cartones que estaban debajo del bote de basura que se sitúa en la esquina suroriente de la plaza, lo puse uno sobre la banca y el otro lo improvisé como cobija, como almohada tomé una pelota desinflada que encontré entre las plantas de ornato de una maceta. Me coloqué los audífonos, empecé a escuchar un playlist de Bob Dylan y a propósito comencé con Like a rolling stonedebo confesar que me encantan los momentos cargados de clichés literarios. Terminó la canción y volvió a mi mente la historia de aquél señor, que de alguna manera, tenía el tipo de vida más miserable que yo podía tener, hice cuentas: una prostituta decente, $700, una habitación en un hotel de ese tipo, $200 la noche, el taxi de la prostituta, $50, la comida semanal con los amigos, $200, la cuenta de internet de sus hijas, $700, tomando en cuenta que también tienen contrato telefónico con Telmex, los gastos necesarios para poder pagar prostitutas sin ser considerado un patán, comida, luz, agua y extras, $3000 mensuales. En total, todo eso sumaba cerca de $5000, $1500 más de lo que yo gano en la librería en la que trabajo después de ir a la facultad, donde gano menos que de mesero o de bellboy, pero donde tengo la vaga creencia de que un día allí conoceré un editor y se animará a publicar mis relatos, aún sabiendo que difícilmente, iba a suceder. La única forma de ganar un dinero extra era sacando, clandestinamente, libros muy vendidos o libros que nos solicitaban en la facultad y venderlos a precio más bajo entre mis amigos o quien resultara interesado, no podía anunciarlos, en la librería llevan un estricto control y me da miedo hurtar libros de Filosofía, para mi suerte, el compañero con quien rolo turno también estudia Filosofía, por lo que con él no hay peligro, pues él también es sospechoso. Con los Bestsellers no hay problema, son robados muy a menudo. Éste mes hurtaron dos Rayuelas, seis libros variados de Murakami y 3 ejemplares de La Insoportable Levedad del Ser; por mucho, Kundera, Cortázar y Murakami son los más robados. En el mes de su muerte, Carlos Fuentes fue el más robado, en el mes de su Nobel, lo fue Vargas Llosa. Cuando trabajas en una librería es fácil conocer los gustos de las ratas de librería, muy distintas a los ratones de biblioteca, en la librería donde laboro suele robar un anarcosindicalista, siempre desaparecen libros relacionados a ello, desde Bakunin hasta Chomsky.

Ese pensamiento hizo que viera mi realidad: Tengo 25 años y apenas estudio el primer semestre de Filosofía, salgo con una chica de 17 que apenas terminará la prepa, vivo en una ciudad que no es la mía y en la que yo sé que no pasaré mucho tiempo. Estudio Filosofía pero carezco talento y tengo montones de libros sin leer, suelo leer autores que no comprendo y  me gusta presumir libros que jamás he leído. Que muero de envidia de uno de mis amigos, que también estudia Filosofía, pero que realmente sabe lo que hace, que es de mi edad y que está por concluir, que habla 4 idiomas y que sus padres lo apoyan de tiempo completo. Me daba rabia pensar en él, lo imaginaba en su cama, quizás teniendo sexo con alguna chica francesa que llegó de intercambio. Yo, en cambio, estaba pernoctando en una plaza pública, quizás no era vagabundo por convicción y que por azar terminé allí, pero algo en mi vida estaba mal, descubrí que quizás estaba viviendo algo que en otras circunstancias me encantaría vivir, pero que mi pequeña burguesía me lo impedía. Ese reallity-checkla intensa iluminación de la plaza, mis ganas de orinar  y que cerca se encontraba durmiendo un grupo de vagabundos, lo que me intimidó, hizo que me levantara de la banca y continuara caminando, decidí bajar al estacionamiento para pasar al baño, lavarme la cara y prepararme para una larga noche. Me preguntaba si el baño se encontraba abierto, vi el reloj y eran las 03:24 a.m, después me enteré que tanto el estacionamiento, como el baño, están abierto las 24 horas.

Generalmente, tienes que pagar para pasar, yo no tenía ni un peso, por lo que agradecí que a esa hora no hubiera nadie vigilando y cobrando en la entrada. Al subir las escaleras, hacia la plaza, vi una pelea de juniors borrachos que salían de un antro que se sitúa enfrente. Sus novias gritaban, los amigos más o menos sobrios, trataban de calmarlos, uno de los tipos me gritó algo, yo lo ignoré y caminé en sentido contrario, hacia el jardín histórico de la ciudad que se sitúa al poniente, al final de un pasaje de adoquín, donde se encuentra la farmacia en la que fuera de ella, y de día, un marimbista ciego interpreta un repertorio de bellas canciones chiapanecas.  Allí también vi movimiento de gente cotidiana, un matrimonio caminaba cargando bolsas, de nuevo pensé en hacer una historia, pero la temperatura, que descendía, hacía que sólo me preocupara por encontrar un sitio decente en el que pudiera pasar la noche.

El jardín del que les hablaba, ya estaba ocupado. En sus bancas pernoctaban indigentes y marías con sus respectivas crías, el olor a orines era intenso, entonces quedó descartado. Entonces opté por buscar un sitio más seguro y sólo en el que pudiera pasar la noche y protegerme del frío, ya no pensaba en dormir. Pensé en un cajero automático, ya tenía uno en la mente, uno que se encuentra sobre la calle del jardín en dirección al norte, caminé poco más de 100 metros, a causa del frío, del dolor y del hormigueo que comenzaba a paralizar mis piernas, me senté en una banca de cantera que está empotrada en la pared de una casona que se encuentra frente al bistrot al que suelo ir con mi amigo de la facultad al que le tengo envidia y donde una vez  encontré a mi amor platónico platicando con el imbécil de mi amigo que después sería su novio y que la cambiaría por una mujer a la que embaracé y que le haría creer que el hijo realmente era suyo. Entre el bistrot y la casona hay un callejón en el que me han sucedido infinidad de cosas, hoy de nuevo estaba allí, pero por primera vez era de madrugada y también, por vez primera, estaba sentado en esa banca de cantera de que no había percatado su existencia. Comencé a divagar; sin cigarrillos, ni café, no tuve que matar el lugar común debido a la falta de dinero y al horario.   De día, frente a la banca, suelen haber dos mesas que pertenecen al bistrot, cuando tengo dinero, me gusta leer mis libros que, sinceramente, no entiendo. Pido un café americano, no le pongo azúcar, a pesar de que me sepa a rayos, saco mi cajetilla de Lucky Strikes, a pesar de que prefiero infinitamente a los Marlboro rojos, y sólo leo en caso de que pase alguna chica que me resulte interesante, mientras eso no sucede, me gusta ver la textura del papel, principalmente de los editados por Alfaguara. Me veía ahí, sentado y solo, fingiendo que no pasaba nada, que todo lo tenía bajo control, que era un hombre guapo e interesante para las mujeres, más profundo que los demás por ser estudiante de Filosofía, sin dinero, pero tratando de darle su toque bohemio, a pesar de que había comprobado que me sentía fatal al no tener nada. Vi mi ropa, mis camisas deslavadas y mis pantalones rotos: ¿qué necesidad?, recordaba cuando tenía que vestir traje para ser bellboy y para ocasiones especiales en la cafetería. No me disgustaba vestir traje, ya era mayor para cambiar de licenciatura, ¿qué solución había si realmente lo que me mueve es el dinero?  Antes de mi culturalización era un vago egresado de una secundaria pública que en su vida había tomado un libro, ahora los tomo, pero no los leo. Comencé a investigar de libros porque me enamoré perdidamente de una intelectual a la que solía citar en ese bistrot, escucho música que a veces no me gusta, pero que me hace ser diferente, detesto a aquellos que saben lo que dicen que no tienen que fingir, que pueden decir la expresión «dialéctica» sin sentirse ignorantes. Cuando soy descubierto, trato de ser visceral con los conceptos y me burlo de quienes los aplican correctamente, no tengo opinión, sigo la de los que considero, intelectualmente, superiores a mi. Maquillo mi desconocimiento con opiniones poco moderadas, a veces utilizo palabras altisonantes para mostrarme visceral. Siendo sincero, nunca lo había notado.
Recordé que sobre ese pasaje hay un hostal en el que trabaja un compañero del hotel de cadena, en el que solía trabajar de bellboyme lamenté por no haberlo pensando antes y decidí caminar hacia allí, estaba cerrado, ni siquiera había alguien en la recepción. El frío cada vez era menos soportable y no tenía con qué abrigarme, desesperado, me senté en la fuente de cantera, metí mis manos al agua, que para mi sorpresa estaba más caliente que el ambiente, vi el reloj, eran 4:14 a.m y yo sólo esperaba el amanecer y así poder caminar a casa. Me senté, en su borde, suena This night has opened my eyes de ringtone, de lo poco placentero que me había sucedido en la noche, demoré en atender su llamada, fingí que todo era normal y que felizmente estaba acostado en mi cama. Por primera vez no detesté su maldita llamada de madrugada, esa noche había abierto mis ojos.

Colgó su llamada, no habían pasado más de 5 minutos, metí mis manos en mis bolsillos para matar el frío y descubrí que el derecho estaba roto, como por arte de magia, sentí algo pinchado mis piernas, metí más mi mano, empujé y por la parte baja de mi pantalón salió el billete de $500 que había tomado antes de salir de casa. No me sorprendí, me sentí privilegiado,de madrugada, el dinero no sirve de mucho, todo está cerrado, puedes tener hambre, pero a pesar de que estés dispuesto a pagar, los demás no están dispuestos a venderte. Caminé, de nuevo, hacia el jardín plagado de indigentes y marías, puse el billete en el bote de limosna que uno de ellos tenía cerca de su cartón y decidí caminar a casa, llegué hasta donde mis piernas y el frío lo permitieron, me senté en una banca del paseo del río y descansé un poco. Dormí cerca de una hora, comenzaba el trajín mañanero, las ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, cantaría Sabina. Yo agregaría al sin hogar, al vagabundo y al que abre los ojos al mundo por vez primera. Esa noche abrió mis ojos y no debería dormir de nuevo. El cielo era muy oscuro, señal de que se aproximaba el amanecer, en pocos minutos, el cielo se tornó púrpura y por el Este aparecieron las primeras llamaradas fulgurantes. Me levanté y no sentí el regreso a casa, a pesar de que era de subida, con un sol casi radiante llegué a mi casa tras una hora de ardua caminata, encontré a mis vecinos preparándose para ir a trabajar, puse la llave en la cerradura de mi casa, apenas la abrí y sentí una paz interior, un gran alivio y sabía que no sólo era por haber llegado sano y salvo, sabía que mi vida había cambiado, ahora sólo tenía que comprobarlo. Subí a mi cuarto, apenas me acosté en la cama, caí dormido, desperté hasta las tres de la tarde. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Sueños lúcidos


Para los ojos  inspiradores que más me ha dolido perder...
Sueños lúcidos

Te encuentro entre telarañas oníricas, desafiando sus tejidos con mis dedos cansados de no sentirte. Sueños en los que tus ojos fulminan mi olvido con su mirada de ayer. Tus manos que conservan esa tersa textura de tela fina, y ese agite, como estuviesen a la expectativa de algo, de alguien. Repaso el cuerpo que hacía años que no conocía: los pequeños pechos de piel manzana, sus perfectos pezones violáceos, su cuello de frágil calada, la boca violenta que endurece cómplices. Se rompe la red, ya no te veo. De nuevo la triste realidad, como cantara Serrat: “Entre la almohada y mi soledad”. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Cuál es el límite de la poesía?

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto, un fruto perfecto.
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. 
Es algo como el aire que todos respiramos.
Fragmento de "La poesía es un arma cargada de futuro" de Gabriel Celaya.

¿Cuál es el límite de la poesía?, ¿Qué se considera dentro de ella?, ¿Qué es la anti-poesía?, ¿La poesía tiene reglas? Éste tipo de preguntas, casi siempre, nacen de una inquietud estética. Es parte de la dialéctica del arte, de la magia de las letras, por lo que es imposible determinar que es "poético" y que no lo es. El gusto rompe géneros, y los géneros rompen versos: así se podría resumir la historia de la poesía.

Soy enemigo de la univocidad del arte, sobre todo de su interpretación y de su limitación a través de «lógicas normas estéticas», que surgen de la limitación interpretativa a la semántica, omitiendo, completamente, el sentido semiótico de la palabra: el simbolismo sui generis que cada humano es libre de interpretar. ¿Qué diferencia a la poesía de otros géneros literarios? En el año 2012 se ha tornado imposible determinarlo. La prosa poética se ha apropiado del género y las metonimias del modernismo se limitan a la "libertad", aparentemente, creativa del poeta. Pero es contradictorio, porque incluso los "modernos" se plantean su propias reglas, que, en contradicción total, destruyen el objetivo inicial de la creación literaria: la expresión, sin especificar su forma.

¿Todo es válido en la poesía?  A mi parecer lo es, y por ello, cada quién tiene el derecho de escribir y leer lo que le venga en gana, la interpretación vendrá desde el lector, y el lector es el que crea el poeta.  El escritor escribe para plasmar, pero nunca es responsable de la interpretación, el poeta lo mismo, pero es responsable de una cuestión estética que cambiará de lector en lector. No creo que la poesía se haya inventado para explicar o determinar, todo lo contrario: la poesía es el género literario en el que las palabras, por sí mismas, obtienen un significado mucho más allá de la semántica; claro que también lo permite la narrativa, pero la poesía tiene esa magia de construcción más allá del significado que aparece en el diccionario, las ligaduras, las imágenes que nos proyectan ese mundo mágico que necesitamos para existir.

El lector de poesía no busca información, tampoco entretenimiento; el lector de poesía busca deleite, busca placer a través de versos y prosas, precisa intensidad en las palabras porque necesita sentir. Entonces, ¿por qué se limita la poesía? No es cuestión de métricas, ni de construcción de figuras retóricas y musicalidad en la lectura, es una cualidad única que el lector proyecta a través de la interpretación metasemántica encausada por las intenciones iniciales del escritor, que proyectará su «mensaje» a partir de una codificación semántica, en este caso, a través de las palabras. Pero, el «mensaje semántico» está cargado de otras letras, de símbolos, de metonimias personales que rebasan la concepción lineal del lenguaje: ¿qué ese no es el objetivo final del "lenguaje" poético?





domingo, 26 de agosto de 2012

Saudade.

Entonces me vi escribiéndole al pasado, como cuando el exiliado me relataba su hazaña: ¿cuántas veces hemos contado, y memorado, los instantes que han cambiado el curso de nuestras vidas? Yo lo he hecho muchas veces.  

Recuerdo la pesadez del aire, la ingravidez de las inocentes palabras que salían de su boca, el candor de sus labios que poco sabían del sabor salado de la decepción; el tiempo pasa, la vida se va con él, pero nos queda la memoria, los besos tatuados sobre la piel, los besos que, quizás, aún no olvidamos. Eso es masoquismo, sufrimiento puro para sentirnos vivos. ¿Qué tan miserables podemos llegar a ser los humanos? 

Soy consciente de la idealización de mundo, de la espera de un "porvenir" que nunca "porvendrá", de la creencia de que mañana estaremos mejor; aunque el hoy se igual al mañana y que el mañana sea igual al ayer. ¿Por qué aún nos duele la decepción, si el mundo se alimenta de ella? No lo sé, quizás porque olvidamos que la esperanza no escapó de la caja de Pandora. Las noches siguen pasando, ella ni siquiera sospecha que estoy escribiendo para tratar de reflejar ese vació, que estoy seguro, ella también siente.

¿Qué fue de los sueños?, ¿Qué fue del amor?, ¿Qué fue del mañana prometedor? No lo sé, quizás todo sea por la mentira del éxito. Decía Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo.» La vida nos ha conducido por caminos que no llevan una ruta predecible, no sé que tanto la ha cambiado, pero sé que aún conservo esa mirada que mis pupilas no se cansan de buscar. Y no la añoro por obsesión, sino porque mi intuición me indica que tengo que ir con ella, he cometido muchas estupideces por omitir ese sentir que sólo aparece en pocas ocasiones, esa pasión por buscar, por sentir, por encontrar, por dejarnos elevar, aunque sepamos que, quizás, todo sea una alucinación, una idealizacion; una mentira.  Me pregunto si ella lo pensará igual, al preguntarme, a veces me respondo: Ella, quizás, no tiene ni idea. Tal vez piense que sigo siendo un loco obsesionado que terminará asesinándola; quizás sea una indiferencia, para ella todo lo es, a veces soy pesimista y creo que ella también se siente así, y que sólo espera que se cumpla la promesa que nos hicimos cuando éramos eternos.

Pero, ¿qué me llevó a éste soliloquio? Escarbé en mis recuerdos, Noel León le escribió y mágicamente surgieron todo tipo de casualidades que me recordaban esa mirada triste, esos ojos marrones que, sin duda alguna, son los más hermosos que he podido mirar. Después llegó la musa intuición que me dice que aguarde y que la busque. Afortunadamente, a la mala, aprendí a no confiar en las casualidades, en que nadie encuentra sin buscar, que Cortázar me mintió, y que cuando encontramos, de alguna manera siempre estuvimos buscando, porque, de cualquier forma, siempre encontramos. 

Tal vez ya está muerta, probablemente nunca pasó, tal vez si es una obsesión, quizás sólo quiero cumplir algún deseo reprimido, no importa: dejaré que el tiempo haga su trabajo y le seguiré escribiendo mientras siga viva en mi memoria. 

domingo, 12 de agosto de 2012

La habitación del Súcubo.

Canta Albert Pla:

« Sols hi ha un home que recordin les iaies ,les iaies més velles, que recordin com se'ls amorrava a les calces quan elles eren joves. Sols hi ha un home que recordin les iaies que recordin com desperta les nenes quan deixen de ser nenes.»
(« Hay sólo un hombre que recuerden las abuelas, las abuelas más viejas. Sólo hay un hombre que recuerdan les amorraba a las bragas cuando ellas eran jóvenes. Sólo hay un hombre que recuerden cómo despiertan las niñas cuando dejan de ser niñas.»)

Cuando el eco del deseo nos rebasa, y la realidad juega a tambalearnos las nostalgias, nace el anhelo más puro: el experimentar lo que no es, y que nunca será, nuestro. Quizás todo es un reflejo de ceguera involuntaria: no queremos ver que deseamos por necesidad, ni que necesitamos para desear. Evidentemente, es una completa perogrullada, pero, tal vez, sea la única explicación del deseo: ¿Puede ser el deseo el artífice de nuestras más siniestras locuras?, ¿Es el deseo una de nuestras mayores necesidades vitales? La experiencia de Oriol quizás nos pueda contestar. 

El absurdo del mundo, y el falso misticismo, provocaron que Oriol sacara, de la alacena, la botella de Koskenkorva que su hermana le trajo de Finlandia. El Koskenkorva es una especie de vodka, típicamente finlandés, que quema al tracto gastroinstestinal desde el primer  contacto de la bebida con la boca. Oriol quería embriagarse, el peso del mundo cada vez era mayor y él no quiere ser un nuevo Atlas, así que decidió abrir la botella y beberla hasta el hartazgo, para sopesar el inmenso peso de la culpa que surge por desear aquello que no se tiene, pero que se ama por mera antonomasia. Colocó la botella sobre el respaldo de su reposet, caminó hacia su reproductor de música, conectó su iPod y seleccionó el playlist para las noches de alcohol y reflexión: una lista llena de canciones de Cohen, Waits, Sabina, Goyeneche, Chavela Vargas  que finaliza con canciones tradicionales catalanas que le enseñó su abuelo y que suele interpretar en su acordeón diatónico. Volvió al reposet y guardó la botella entre sus brazos, imaginándola como esa teta materna que tanto le dolió dejar, cabe señalar que Oriol detesta su madre, a pesar de que está muerta, y que piensa que la gran mayoría de los males son producto del control materno, que el suele llamar "tetomanía". Comenzó a beber de la botella, un trago tras otro, esa bebida similar al agua lo quemaba, pero justamente era lo que buscaba, el playlist corría; terminaron los cuatro tracks de Waits ,que había seleccionado, y no notó cuando la voz aguardientosa de Waits fue cambiada por la voz tabacalizada de Cohen. La botella seguía vaciándose, hasta que se derramó completamente sobre su pecho, Oriol no protestó y se quedó dormido.

La madrugada transcurría dentro del lúgubre manto de la soledad que no se tiene a quien contar y llegaron las imágenes que sólo aparecen cuando nos desprendemos de nuestra consciencia: las pasiones prohibidas, los besos anhelados, los actos psicópatas, los deseos culposos, los cadáveres exquisitos que escribimos en sábanas y no en papel. La sala de la casa de Oriol, que todavía mantiene la decoración hecha por su difunta madre, y en la que transcurría su desgracia etílica, fue cambiada por la habitación de la cual preferiría no conocer sus secretos,  allí estaba él, como un espectador más: como aquél taurómano que observa la faena desde la barrera de toriles. La habitación roja se ampliaba como un caleidoscopio al ser girado: de fondo, una pared rojo que recordaba la escenografía de alguna representación vodevil de La Divina Comedia; frente a ella, una cama semidesnuda que presumía sus sábanas de satén aperlado dignas de alguna puta aristocrática; al lado, un buró de caoba pintado con laca negra sobre el cual descansaban una lámpara y una botella de tequila barato. Oriol entró en pánico, por su perspectiva visual era complicado determinar su posición, así que decidió entrar en la habitación para descubrir, en primera persona, sus secretos; era un lugar completamente desconocido, pero igualmente excitante. Se recostó sobre las sábanas de satén y notó el espejo que reposaba sobre el techo tirolado con pasta blanca, no vio su reflejo, lo cuál alarmó, en primera instancia, su situación: Escuchó pasos, risas, sollozos y alaridos, dignos de alguna comedia veneciana del siglo XVII, al voltear hacia la orilla izquierda de la habitación, encontró su botella de Koskenkorva descansando por el reposet de su sala y que alguna vez le perteneció a su abuela. Se sentó allí, y confiado por su invisibilidad, se arriesgo a presenciar, morbosamente, lo que acontecería. 


El silencio evolucionó en el vació solemne que suele existir antes de que comience una ópera, chilló la puerta y entró un hombre rubio, con músculos marcados y rostro casanovesco. Con un lenguaje incomprensible llamó a su concubina, la cual resultó ser su compañera de tertulias, esa a la que le ha dedicado muchos versos, y también a esa, que desea embriagar con los licores de la pasión. Oriol se sorprendió al verla, ella vestía un liguero, incorporado a un corset, de seda negra que remataba en unas medias que recordaban las piernas de un ave dispuesta a volar muy lejos tras robar la comida de un nido de un pájaro más pequeño. Allí estaba ella sensual y amenazante, emitiendo un candor que sólo emiten las vírgenes más anheladas, el hubiese estado dispuesto a muchas cosas por ser el protagonista, y aunque sabía que ésta noche sería un simple espectador, la sensual imagen que presenciaba vigorizaba sus pasiones más carnales, sin embargo, no envidiaba al que hoy satisfacería a su musa. Comenzó la lid, como una obertura de Verdi: juguetonamente, pero sin perder el oficio. El casanova comenzó a besar el cuello de esa mujer fatal, sonreían y disfrutaban, pero no despertaban ningún tipo de envidia en nuestro entrometido protagonista. Ella quitó la camisa de su semental, que tenía un cuerpo muy torneado, el la tomó de las piernas y la subió a sus caderas, se besaban con pasión, Oriol tomaba otro trago de Koskenkorva, ella rasguñaba la espalda de su macho, mientras él comenzaba a desnudar ese cuerpo infernal de esa lasciva dama: primero descubrió su espalda, mientras detenía con su pecho los senos de ella, posteriormente comenzó a tocarlos y a lamer esos pezones tenues. Oriol no sentía ningún tipo de excitación sexual, su mente estaba casi en blanco y reflexionaba sobre lo que observaba, dos cuerpos desalmados buscando paz en la guerra, el playboy introdujo sus dedos en las bragas de la Circe de Oriol y ella tuvo una reacción que remitía al Súcubo que solían ilustrarse en las representaciones demoníacas que hacían los pintores eclesiásticos medievales. Por fin la bajó de sus caderas, a Oriol le sorprendía la fuerza de ese hombre, ni en sueños Oriol podría sostener, por tanto tiempo sobre sus brazos.

Se postraron en la cama, y sin tacto alguno, tiraron las delicadas sábanas de satén. Ella también, sin sofisticación alguna, quitó el pantalón de su hombre y comenzó a devorar su falo. Él parecía una estatua, tanta musculatura lo privaba de sentir, pero sabía muy bien lo que hacía, se aprovechaba de su víctima que buscaba exactamente lo mismo: buscar paz en la guerra. Hubo un cambio de posición, desnudó completamente a la consorte, y de nuevo, sin tacto alguno, empezó a penetrarla. Oriol se mantenía reflexivo, notaba lo absurdo de la situación y comenzaba a preguntarse si debería tener algún tipo de reacción: celos, furia, envidia. Camus le había enseñado, vía Meursault, que no existe mayor crimen que llorar en el funeral de su madre; Oriol tampoco lo hizo. Ahora se encontraba en una situación igualmente absurda: Si esa mujer es su máximo deseo, y ahora la tiene enfrente y desnuda, siendo complacida por su amante: ¿por qué no experimenta ninguna clase de celos?, ¿es también un crimen?

 La musa de Oriol gemía, cada vez más fuerte, el semental la penetraba con mayor vehemencia, pero distaba el paroxismo, los ojos de ambos amantes eran grises: estaban llenos de simulaciones, de culpas, de roles y frases hechas. Ella llegó a su orgasmo, físicamente complacida, pero era evidentemente que no podía ser complacida más allá de su cuerpo, él tardó un poco más, se desprendió de la vulva, que anhelaba Oriol, y caminó hacia el baño, que estaba justamente frente al reposet de Oriol, por lo que vio pasar frente a él al cuerpo desnudo del tipo que complace a su musa; no sintió asco, al inicio se sintió culpable por que quizás debería parecerle una escena agradable, después comprendió que no era ningún tipo de desviación homosexual, pues al verlos descubrió que mucha veces es mejor el deseo que la experimentación. 

La moradora de la habitación del Súcubo se levantó, caminó hacia el perchero que estaba en contra esquina al palco de nuestro quasi-voyeurista, Oriol observaba esas nalgas recién tomadas, esos pechos recién complacidos, ese cuerpo recién enloquecido y respiraba ese olor a sexo ajeno, por fin sintió excitación, su musa llegó al perchero, accidentalmente se cayó su bolsa al piso, por lo que pudo contemplar ese culo con mayor detenimiento, ella abrió su bolsa, sacó de ella una cajetilla de Lucky Strike, un Zippo rojo y un libro, tomó un cigarrillo, lo encendió con su Zippo, dio una bocanada, tomó la cajetilla, el Zippo y el libro. Caminó hacia la cama, se acostó en el lado derecho, pegada al buró, se metió entre las sabanas de satén aperlado, puso la cajetilla y el Zippo sobre el buró, en el cual estaba expectante la botella de tequila barato que permanecía cerrada debajo de un lámpara. Mientras colocaba sus vicios junto a la botella de tequila, descansaba sobre sus senos el libro que había tomado. Siguió dando bocanadas, su amante volvió a pesar frente a Oriol y se quedó mirando, fijamente, el reposet, su amante lo ignoró, ella seguía dando bocanadas, abrió su libro. Él, extrañado, volvió a la cama, apagó la luz, ella encendió la lámpara, Oriol notó que leía El Decamarón de Bocaccio, cláico que hacía no mucho que comentado con ella [...]

Oriol de pronto despertó por un que vibraba su celular, lo tomó y se sorprendió al notar que había entablado una conversación, vía SMS, con su compañera de tertulias. El último mensaje recibido era un alarde, enviado desde el número de su compañera, el cual describía lo privilegiado que era al ser su amante, extrañado por la redacción, Oriol revisó el restos de los mensajes: Descubrió que él había comenzado, por efecto del alcohol le envió un SMS diciéndole a su musa que él era feliz haciéndola suya en versos. Ella contestó con cierta indiferencia, supongo que le comentó a su amante, él, molesto, comenzó a detallar lo que Oriol anhelaba, Oriol concluyó con lo siguiente: «Podrás darle su mejor orgasmo, yo puedo escribirle los mejores versos».

Malditas alucinaciones hipnogógicas.