domingo, 11 de septiembre de 2011

El mar como la muerte, redescubriendo a Jorge Manrique.


Sobrino de un viejo juglar, hijo del Gran Maestre de la orden de Santiago, Jorge Manrique, fue el último gran coplista castellano y el primer poeta magno de la naciente España. Su vida fue casi tan breve como su obra y le bastaron unas cuantas coplas para ingresar al Olimpo de las letras hispanas que ya estaba ocupado por carreras breves; Fray Luis de León apenas escribió doce poemas y a San Juan de la Cruz se le recuerdan a lo mucho cinco obras. Junto a Garcilaso de la Vega, Jorge Manrique le abre al hombre la puerta del Siglo de Oro, su máxima obra, Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique, su padre, es la ruptura definitiva con la poesía religiosa que imperaba en siglos anteriores; Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique, su padre es el primer gran texto antropocéntrico en español, el primer gran paso de nuestras letras al renacimiento.


La poesía de Jorge Manrique tiene un halo de misterio que la hace única, algo especial que la hace distinta a todo lo que se ha escrito, quizás sea la sensibilidad de sus pocos versos. Jorge Manrique ha hechizado a todo tipo de lectores y escritores desde hace cinco siglos y sin su influencia, al igual que la de Garcilaso, en estilo y trama sería inconcebible imaginar la obra de los grandes clásicos, Cervantes Góngora, Lope de Vega, Quevedo, y también de la generación que lo desempolvo, la generación del 98, a la que perteneció su máximo recuperador; Antonio Machado.


En Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique, su padre vemos retratada la sensibilidad de la naturaleza de la forma más básica y sincera que existe, fiel a la costumbre de los recursos de los grandes cancioneros, la expresión es llevada al papel mediante juegos de palabras, acrósticos y sobre todo mediante una de las grandes maravillas del cancionero y que desafortunadamente desde el modernismo está en desuso; el pie quebreado, también conocida como “copla manriqueña” que revela la gran habilidad técnica y lírica del autor. Quizás Jorge Manrique no sea el primer poeta, pero sin duda alguna es el primer lírico “puro”.


Con esta sencillez casi metafísica comienza Coplas a la muerte de don Rodrigo Manrique, su padre:


Recuerde al alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando; cuán presto se va el placer,

cómo, después de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.


La sexta copla más celebre y que sin duda alguna es el primer ejemplo puro de poesía antropocéntrica:


Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos,

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.


¿Esto basta para entrar al Olimpo de las letras hispánicas?, Basta y sobra. Esa sencillez y ese manejo único de la palabra es el mejor comienzo de la evolución literaria de la posición del hombre frente al mundo, los ríos manriquíticos revolucionaron para siempre la concepción de la metafísica dentro de la poesía. Es una pena que los clásicos del Siglo de Oro hayan alejado a Jorge Manrique de los grandes mercados de la palabra y que hoy sólo sea leído por unos cuantos pero sin temor a equivocarme; Jorge Manrique es el padre literario de los padres de las Letras Hispánicas.



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Coplas por la muerte de su padre – Paco Ibáñez.



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