martes, 28 de septiembre de 2010

La malinterpretación de tus acciones te vuelve apático.


Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la internacional.


La malinterpretación de tus acciones te vuelve apático. A veces me pregunto como será que aún existimos los que pensamos que el cambio es personal y que en cualquier Revolución la imposición de ideas es el principal factor del fracaso. No es falta de confianza en el cambio, simplemente pienso, siento y opino que toda transición es personal y que independientemente de cualquier subdivisión, todos los que pensamos en una sociedad más justa somos SOCIALISTAS.

He sido criticado por mi indiferencia ante "el aumento a 8 pesos" del transporte público en Querétaro (sin ningún papel que lo respalde no lo afirmaré), pero ¿qué otra postura puedes tener sin pruebas?, simplemente tenemos que ser lógicos y no nos debemos dejar influenciar por la grilla de nuestros pseudo líderes estudiantiles. Y si fuera cierto el mentado aumento, ya no estamos en tiempos de secuestrar camiones, ni de pedrearlos, ni de quemarlos. DIALOGO señores, y si no se puede buscamos alternativas, ¿dónde quedó el ideal de resistencia?, no debemos cometer los errores del pasado. Yo si soy sensible frente a la injusticia social, siempre y cuando sea realista, me parece más injusto que la principal función de los lideres estudiantiles (que no poseen ni la más mínima idea de lo que significa liderazgo) sea alborotar a los estudiantes sin sentido crítico y por tanto fáciles de manipular.

Línchenme miembros de generaciones pasadas. Pero ya no estamos en tiempos de grilla, estamos en tiempos de razón, siguen siendo unos imbéciles los que están en el poder, pero ya no son unos perros represores.

Unámonos pero para tener bases, yo no pienso ser compañero de lucha de borregos, pseudointelectuales y "líderes" estudiantiles que fueron puestos por los mismos borregos.

sábado, 18 de septiembre de 2010

En el manto de la noche. (Notas lánguidas de hace unos meses)


Allí estaba la sombra de la noche esperando en el umbral de la puerta, cuando del quinto piso un pájaro de fuego cayó estrepitosamente... Un sonido ensordecedor llenó el ambiente y tu maquiavélica risa retumbó como oleaje con vientos del norte.

Sostén tu posición y tus palabras nucleares ahora, que tengo el escudo fluorescente y el cadáver en mis pupilas rosas... ¿por qué aun tiemblo ante tu presencia pixelada? (deberías lavarte la memoria más seguido y guardar tus melodías en tus zapatos), pero sabes que no puedes porque al salir corriendo y al doblar la esquina esas corcheas te sacarán ampollas en los pies. Y cargarás la penitencia eterna del zumbido maldito que intriga y destruye todo recuerdo tuyo en mi memoria. Esperas... miradas, caricias heladas, caricias de pierda, palabras, poetas muertos entre comillas, sabor a menta en los labios y besos de cenizas (tal vez otra lengua junta a la mía te mate) y ¿cuántas cometas de sal me quedan? tú ya no vuelas sobre mis sabanas de verano, ni quitas los pétalos de mis rosas..

Pero te miro y tiemblo, me derrites de la base... Como si fueras una luz destrozadora que cubre mi espacio y mi tiempo con tanta luminiscencia que quema la razón de toda idea, de todo juicio y de todo sueño que tenga con respecto a ti. Si no te hubieras ido aquella noche, tus ojos seguirían velando mi sendero, y tu fuerza de cedro amortiguaría toda caída. Goteas de mis pupilas, tu vapor se derrite en mis versos y tu esencia en mi almohada... Llévame en tus bolsillos esta noche... deseo estar contigo en tus palabras y deslizarme lentamente en tu ventana mientras rompes la celulosa de mi fotografía...
Quiero ser esa nebulosa que vele tu universo, ese pequeño picaporte que decida si se abre o se cierra la puerta, tus insignificancias.. tu estúpido gesto al sonreír, tu manera tan burda de caminar y ese aire de grandeza que solo tu sabes explicar. Pequeña con complejo de garza... tan viva y vanidosa como un pavorreal. Descorre tu mirada, descorre tu piel y lléname de tinta. Para que recupere la que estoy gastando en estos versos.

Convierteme en algo tuyo,me separo para mirarte sin estas pupilas rosas.... espero que me empujes en tu delicioso abismo, mirarte desde abajo la sonrisa clandestina de tus manos en mi rostro que cae en los delirios de este veneno de primavera... mientras tanto sigues hieriendo con tu amor de intento de cirujano.

Gracias Rosi! (Parte Roja - Mía, Parte Amarilla Rosi)

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sonetitón No. 1


Los Muros de mi patria - Francisco de Quevedo.

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de mi anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;
vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

La última puerta abierta de la casa de mi vecina recién muerta se ha cerrado. Molía tomillo y romero para hacer ese menjurje que revive a los angelitos, a los asmáticos y aDios.

Se quedó sin voz, se cerró la puerta y la casa de la vecina muerta se cansó de ser blanco de pensamientos melancólicos de bohemios escritores de sonetitones modernos. Sus muros se llenaron de hierba y de musgo ocre que también creció sobre el banco de roble que tenía en el jardín para contemplar la desembocadura del callejón.

Periódicos antiguos tirados en el armario, los lentes modernos de la nieta modernilla para ver en sepia abandonados en la mesa, la imagen del sagrado corazón vigilando como halcón la entrada de la estancia que hace tiempo dejó de oler a café y galletas.

Sonaba El Fonógrafo, un danzón y su recuerdo...


lunes, 6 de septiembre de 2010

El pinacate. (Extraído de El País Edición Catalunya del 3 de Mayo de 2006)


Navegando por la internet encontré este artículo que me recuerda a cierto profesor. (por chiquito, negro y apestoso)

Escrito por Jordi Soler:

El pinacate es un "insecto áptero, de color negruzco, que vive en lugares húmedos". Esto según la edición latinoamericana de El Pequeño Larousse Ilustrado que utilizo cada vez que alguna palabra rebasa el ámbito lingüístico peninsular. Áptero, que es un término que rebasa casi cualquier ámbito lingüístico, quiere decir que carece de alas, como nosotros mismos, que en eso de volar somos tan sosos como el ápterix, esa ave neozelandesa que posee unos rudimentos de alas que le sirven para abanicarse, espantarse una mosca o saludar de lejos a sus congéneres, y poca cosa más, nada que ver Astérix, su primo fonético, que después de un cucharón de la pócima mágica da unos saltos por los aires que se parecen al vuelo y que lo alejan de su condición de héroe áptero.

Alguna lealtad nos debíamos el pinacate y yo tras cruzar el océano Atlántico y la jungla de Barajas

Pues resulta que hace unos días vacacionaba en un pueblo mexicano lleno de pinacates, esos bichos que, con el ánimo de ampliar la información, son arañas con el cuerpo del tamaño de un punto, seis patas desproporcionadamente largas y la virtud de la valentía pues, a diferencia de la mayoría de los bichos, no se espantan ni salen corriendo cuando se les acerca una persona; al contrario, son criaturas confianzudas que sestean en tu rodilla o antebrazo cuando estás leyendo en el retrete, o que a media noche se acurrucan en la cuenca del ojo de un individuo dormido. Así son los pinacates y explico los detalles de su conducta para que más adelante se entienda cómo es que uno de estos ápteros de pueblo mexicano vagabundea y probablemente se reproduce por las calles de Barcelona. Como estoy más cerca del ápterix que de Astérix, tuve que subirme a un avión para cruzar el océano Atlántico en 12 horas eternas, que terminan siendo un viaje de 15 o 16, porque, como ustedes saben muy bien, para salir de Barcelona rumbo a América es necesario volar primero a Londres, o a París, o a Amsterdam, o incluso a Francfort, o ya en un caso muy extremo al desastroso Barajas, ese aeropuerto que es un agujero negro por donde se pierden maletas y pasajeros. La verdad es que no se entiende por qué no se puede volar a la ciudad de México directamente desde Barcelona, El Prat tiene dimensiones internacionales, y aun cuando no las tuviera, nunca podría funcionar tan mal como lo hace hoy Barajas. Pero estábamos en el tema de los pinacates, esos bichos valerosos y confianzudos con los que conviví durante la Semana Santa, con tal intensidad que cuando venía cruzando el mar de regreso, sentado en mi espacioso asiento de Boeing 777, vi que por uno de los bolsillos de mi chaqueta se asomaba un ejemplar, con mucha cautela y algo de desconcierto porque el entorno de la cabina del avión le resultaba desconocido y quizá hostil. El pinacate se asomó brevemente y un instante después regresó al fondo del bolsillo, al rincón oscuro donde debía sentirse más cómodo, y ahí durmió una siesta de nueve horas mientras yo leía un libro de Ivo Andric y veía dos películas, La joya de la familia, que es bastante mala y está protagonizada por la rubia de Sexo en Nueva York, y la historia del cantante Johnny Cash, que tampoco está muy bien, pero tiene una gran banda sonora. En el televisor que tienen los asientos de la clase turista del cómodo Boeing 777, hay un canal que le enseña al pasajero una imagen del avión visto desde arriba, desde la altura de un satélite, y el punto de la ruta en que se encuentra; se trata de una imagen vertiginosa aderezada con datos tales como los kilómetros que se han recorrido y los que faltan, la hora estimada de llegada y la temperatura en el exterior. Cuando íbamos pasando sobre Nueva York (la tierra de esa rubia estelar) miré en el mapa nuestra posición e hice un acercamiento hacia la nave, una, tres, cinco veces, hasta que llegué al fuselaje y luego moví un poco la cámara del satélite para verme a mí mismo por la ventanilla, en la desasosegante actividad de estarme viendo a mí mismo por la ventanilla. Una enloquecida visión, un juego de espejos del que ahora, mientras escribo estas líneas, dudo.

Cuando el Boeing tocó tierra volvió a asomarse el pinacate y ahí permaneció, con la cabeza y dos patas al aire como si fuera un muchacho en un balcón, mientras yo recorría a zancadas la inconcebible distancia que hay que caminar en Barajas para hacer la conexión con otro vuelo. Cuando por fin despegábamos rumbo a Barcelona, el bicho se desinhibió y salió a estirar las patas con cautela, caminó un poco por mi antebrazo y husmeó la bolsita de cacahuetes que me habían dado como premio por comprarle a la aerolínea la cerveza más cara y más caldeada de España. Lo normal cuando se tiene un bicho encima es desterrarlo del cuerpo mediante una sacudida, pero a mí me parecía que después de cruzar juntos el océano Atlántico y de sobrevivir a la jungla de Barajas, alguna lealtad nos debíamos el pinacate y yo. En cuanto aterrizamos salí del aeropuerto y cogí un taxi rumbo a casa y al llegar, mientras pagaba lo que debía, el pinacate brincó fuera del bolsillo y se alejó corriendo por la calle de Muntaner, dispuesto a hacer de Barcelona una ciudad más mestiza todavía.



jajaja en fín...