lunes, 26 de julio de 2010

When i'm 64.



"When I get older losing my hair,
Many years from now.
Will you still be sending me a valentine
Birthday greetings bottle of wine.
"

Ayer cumplí 64 años y no puedo mirar atrás sin preguntarme que he hecho con mi vida. Al igual que mucha gente de mi generación que crecimos con los Beatles yo también pensé que faltaban muchos años (tal como lo dice la canción) para que llegara a esta edad. Ya no tengo pelo, ya nadie me envía cartas el día de San Valentín, sólo algunos ex colegas, mi querida madre, mi mujer, mis dos hijas, sus respectivos esposos y mi nieto y mi nieta me felicitaron en mi cumpleaños. Lo único que me sigue sucediendo (siguiendo la canción) es que sigo recibiendo botellas de vino, al menos una por semana. Me he ganado fama (bien ganada, claro) de ser un amante del vino y la gente suele regalarme una botella cuando necesitan un favor mío. Siempre que mis clientes van al despacho, que mis yernos van a comer a mi casa o que me reencuentro con algún viejo amigo recibo una. Mi cava está llena de Concha y Toros que vienen en los arcones de fin de año que mi mujer usa para cocinar cuando está de espléndida o que tomamos los fines de semana cuando no tenemos visitas tan exigentes, Beaujous Nouveau listos para el próximo San Silvestre, Château Carbonnieux y château Nairac para los días que tengo sed y cinco exqusítos Latours (71', 84', 92', 93' y 95') que siguen esperando alguna fecha especial para salir de su oscuridad, ayer abrí uno (el 84') que recibí de un compañero diputado hace 15 años, cuando era miembro de la cámara alta. Estuvo delicioso, posiblemente el segundo mejor vino que he degustado en mi vida, sólo después de aquél mítico Clos De Pirque ‘74 que tuve el placer de tomar en el departamento de Javiera, exiliada chilena, ex-miembro de la UP y estudiante de pedagogía en la UNAM que conocí en una tertulia "izquierdista" en un café de Coyoacán y que a la postre sería mi esposa.

1968 está a 42 años, hace 42 años tenía 22, era estudiante de derecho en la UANL, muy cerca de titularme y a punto de partir hacia la Ciudad de México. Yo no participé en los "movimientos estudiantiles" de aquellos años, tenía asuntos más importantes que resolver y mi plan de vida no se podía mezclar con esas ingenuidades. Me convertí en abogado en 1970 y tras cuatro años de trabajar como burócrata en una secretaría del Estado de Nuevo León (gracias a mi tío Leopoldo, ex-alcalde de Monterrey y exitoso abogado litigante), emprendí el viaje a la Ciudad de México. Llegué con 5 millones de viejos pesos, no sé a cuanto equivale esa cantidad en estos días, pero eso era suficiente para pagarme un pequeño cuarto, comer más o menos bien y divertirme más o menos bien también por lo menos por cuatro meses, suficiente tiempo para encontrar un buen empleo. Mi tío Leo me dio varias recomendaciones y llegué al despacho de Mario Sáenz, un familiar lejano, primo de mi madre, hijo de un hermano de mi abuela y que por lo tanto, también era mi tío. Durante este tiempo comencé a relacionarme con personas muy distintas a mí, no eran católicas, creían en Marx, escuchaban "canción de protesta" y se reunían siempre en cafés que parecían clonados en el centro de la ciudad, en San Ángel o en Coyoacán, pero eso sí, eran abogados. Nunca pensé que ese tipo de personas trabajarían con mi tio Mario, pensé que esos solo existían en las universidades y no en la facultad de derecho. Ese despacho se dedicaba a la protección del trabajador y la paga no era muy buena, pero mis compañeros, a pesar de nuestras diferencias ideológicas, eran muy buenas personas y de ese círculo salieron dos de las personas más importantes de mi vida; Javiera, que no trabajaba en el despacho pero era muy amiga de Yola (una secretaria del despacho, licenciada en filosofía) y Manuel Carrasco, un amigo, gran colega y socio hasta su inesperada muerte en el verano del 92.

En 1977 tras una relación de dos años, Javiera y yo contrajímos nupcias, ella no era muy católica, yo tampoco lo era pero casarme ante Dios era de las cosas más importantes dentro de mi plan de vida, vinieron de Canadá los hermanos de Javiera y de Chile sus papás, por motivos de confort decidimos hacer la ceremonia religiosa y la fiesta en Monterrey, pues allí vive toda mi familia. Después de una luna de miel de un mes en Cuba (por sugerencia de Javiera), volvímos a la Ciudad de México. Nunca vivímos juntos antes de casarnos, dejé el pequeño cuarto en el que vivía, ella dejó el apartamento que rentaba y rentamos entre los dos un apartamento más grande cerca del metro Xola. La mesa de regalos de nuestra boda, más una "dote" que nos dio Don Tulio (el padre de Javiera que en paz descanse) más nuestros sueldos juntos, el de ella de pedagoga en un colegio particular al sur de la ciudad y el mio de abogado litigante en el Despacho Sánez y Asociados nos permitió comprar una sala hermosísima, un comedor de roble lindísimo y muy servicial, un televisor de 54 pulgadas, un refri de 6 pies, una estufa de 6 hornillas, un horno para hacer pasteles, una lavadora y muchos artefactos decorativos que hicieran equilibrio perfecto con nuestros nuevos muebles. Ese apartamento se volvió muy acogedor, muy cálido y sentía que era nuestro verdadero hogar. En el 79 Javiera quedó embarazada y en diciembre de ese mismo año nacería Jimena, nuestra primera hija.

En el 81 murió mi padre, con quien nunca tuve una relación muy buena, nos dejó una gran herencia a mi hermana Carmen y a mí, con ese dinero que recibí decidí independizarme y junto a Manuel formamos nuestro propio despacho de abogados, Garza-Robledo y Asociados. Del 81 al 85 hubo muy pocos cambios en mi vida. Jimena crecía, en el 83 nacería Isabel, Garza-Robledo y Asociados crecía a pasos de gigante, tenía muy buenos casos, muy bien pagados. Me compré un Grand Marquís platado (chulísimo el coche), le compré a Don Javier el apartamento (un españolito originario de Jaén dueño del edifico en el que rentábamos), Javiera dejó su empleo y se dedicó de tiempo completo a las niñas y en el 85 nuestra vida cambiaría drásticamente. Tras el terremoto nuestra vida dio un giro de 360 grados, el edificio en Paseo de la Reforma en el que estaba nuestro despacho colapsó, perdí mucho dinero en ese siniestro y Manuel tendría traumas por lo vivido pues su casa se derrumbó con ella perdió a su mujer, a sus padres y a uno de sus hijos, sólo sobreviveron el y su hija pues estaban en camino, ella a la secundaria y él a los juzgados, mi amigo nunca volvió a ser el mismo. Nuestro apartamento afortunadamente no se dañó, pero a Javiera le daba mucho miedo seguir viviendo allí, así que a inicios de 1986 nos trasladamos a Querétaro. Del 19 de Septiembre al 4 de Febrero de 1986 vivíamos gracias a los casos que tenía antes del terremoto, sólo eran dos; un edificio de apartamentos disputado entre una viuda y su suegra que para desgracia de las dos se derrumbó con el terremoto, pero para mi fortuna ambas partes me tuvieron que pagar y una herencia que no fue bien otorgada y tardó cerca de 7 años en solucionarse. Dejé a Manuel en su luto y un buen día de otoño le platiqué de nuestros planes de irnos a Querétaro, eso significaría dejar el despacho así que traté de venderle la idea de hacer una nueva vida en esa ciudad, Manuel aceptó y nos trasladamos a esa ciudad.

Vacíe mis cuentas del banco, vendí mi auto, pedí un pequeño crédito hipotecario (que creí que saldaríamos en menos de dos años) y con ello compramos una casa hermosa y grandísima en Álamos 3era Sección, una colonia bellísima en Santiago de Querétaro. Jimena, Javiera, Isabel y yo estábamos fascinados por nuestro nuevo hogar. El despacho lo instalamos en la calle de 5 de Mayo, en pleno Centro-Histórico, antes de que se convirtiera en la zona de bares de la ciudad. Manuel estaba destrozado y vivía con su hija a dos cuadras de nuestra casa en un chalet suizo que compró con lo que le dejó sus padres. Los otros abogados queretanos nunca nos vieron con buenos ojos, teníamos muy pocos clientes y los pocos que teníamos eran contactos del DF que vivían allá o acababan de llegar aquí, por ello viajaba constantemente a mi ex-ciudad. En el 87 gracias a Gustavo, un vecino que conocí en Álamos que afilié al PAN. Mi afiliación al PAN era para conocer clientes, pues los grandes abogados de la ciudad eran miembros del PRI y por lo tanto sus clientes eran simpatizantes del mismo partido. Mi estrategia funcionó, gané nuevos casos y mi cartera siguió en aumento, de nuevo tenía dinero. En el 90 Manuel decidió dejar la abogacía y me vendió a muy bajo precio sus acciones del despacho. Manuel ahora se dedicaría a las bienes raíces, se hizo de varias hectáreas de tierra al norte de la ciudad y las fraccionaría. Ahora que era el único dueño del despacho mis ganancias eran más grandes, dejé de rentar y compré un piso en Ejército Republicano, donde hoy sigo laburando de 10 a 3 y de 5 a 7.

En el 92 me consternaría la desgracia de Manuel, que se suicidó tras enterarse del embarazo de su hija a los 19 años. Eso fue el detonante de su muerte, sus negocios fracasaron, estaba sumido en el alcohol y en las deudas, seguía sin superar lo de su familia, la noticia de su hija culminó todo y lo encontraría su empleada doméstica 5 horas después del disparo que se puso en las sienes ahogado en la tina de su baño. De su hija nunca volví a saber más. Esa noticia tardó en llegar a mí, pues me encontraba con mi mujer y con mis niñas en Disney.

Del 92 al 2000 mi vida estuvo en su cúspide, una esposa que a pesar de todo me seguía amando, unas hijas que crecían poco a poco, cada vez más rápido y que ahora eran unas mujeres. Fui diputado local por el PAN en la Legislatura 94-97 y Federal en la 97-2000. En el 97 vendí el apartamento de Xola y con ello sentí que dejé una parte de mí, ese mismo año mi hija Jimena se titularía en medicina y uno año después se casaría con el hijo de un ex-gobernador de San Luis Potosí y me convirtirían en abuelo, su hijo se llamaría Juan Marcos, en mi honor.

Del 2000 al 2010 reflexioné mucho sobre mi vida, sigo en el despacho, sigo con mi familia, mi hija Isabel se casó en el 2006 con un belga, dejó la casa y actualmente vive allá, del otro lado del charco en Gante, no tiene hijos. Otra vez estamos solos mi Javiera y yo, los fines de semana viene Jimena, con mi nieto y mi nieta, Juan Marcos de 10 y Violeta de 6. Me acerqué a cosas que debí haberme acercado cuando fui joven, me metí en el mundo de Javiera, comencé a leer literatura, y por fin comprendí la música de protesta y a Marx, reeinventé mi espiritualidad y ahora que escucho esa canción de los Beatles y cumplo 64 años solo puedo decir que; "La juventud se pierde y nunca se recupera."

2 comentarios:

  1. No sé si tengo derecho a comentar el cuento, pero en fin. Me agrada, la redacción necesita revisarse en algunas partes, pero el estilo y la historia en sí son entretenidos. Tiene destellos brillantes, sobre todo la primera parte. Saludos.

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  2. Sí, eso de escribir "no se que cosas" sin dejar descansar textos no me agrada mucho. Se que nadie me obliga a publicar al instante, pero algo me dice que los haga al vapor.

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